A los 15 años empezó a colaborar en El Progreso de Lugo, y aprendió el oficio de grandes maestros como Pedro Rodríguez y Manuel Alcántara
Escribe en periódicos, fue directivo y conductor de programas de radio y de televisión y colabora en tertulias de opinión
Ónega fue una importante figura en la Transición: redactó discursos, aportó templanza en situaciones tensas y tendió puentes entre enemigos históricos
MadridEs Galicia el país de las dualidades: de subir y bajar simultáneamente, responder preguntando, de bandera azul y blanca, paisajes de interior y de costa, de nortes y sures, de dos mares, del Celta o del Depor, de blancos y tintos, donde un sí puede ser un no te digo que no, donde lo urgente es esperar, o donde te pueden responder: si le digo la verdad le mentiría. Fernando Ónega es también ciudadano de dos patrias: Galicia y el periodismo, con más de medio siglo en esa doble nacionalidad: “Siempre digo que soy gallego y periodista -comienza contándome- aunque no sé en qué orden pero me traiciono a mí mismo porque llevo siempre por delante lo de gallego”. Resuelto el tópico de la escalera.
Nació en Mosteiro, Pol (Lugo), y tardó bastante en saber que iba a ser periodista porque aunque empezó a escribir en los periódicos a la edad de 13 años, cuando se examinó por primera vez para entrar en la Escuela Oficial de Periodismo le suspendieron. “Así que solo lo supe un año más tarde -me dice-, a los 19 años, que fue cuando conseguí aprobar”.
Fernando me dijo un día, cuando compartíamos travesía profesional en Telecinco, que no eras nadie hasta que no lograbas publicar en el periódico de tu pueblo. Se aplicó el cuento, porque a los 15 años empezó a escribir en el El Progreso de Lugo. “Hay que ver qué buena gente es la de nuestros pueblos -continúa- pues no había artista que pasara por la ciudad, por el Gran Teatro, que aquel chico con una gabardina vieja y los zapatos rotos no entrevistara; por ejemplo a Antonio Machín. Por eso le guardo tanta gratitud a ese periódico que me publicaba a pesar de que presentaba mis trabajos escritos a mano y para aquella gente que veía a aquel chaval y se lo creía”.

Tener maestros significa haber tenido cerca a alguien en quien fijarse, es construirse con la experiencia de otros que con generosidad te la han transmitido. Fernando Ónega es maestro de periodistas que un día aprendió de otro, de otros. Le pregunto de quiénes: “Empecé a tener envidia de periodistas al ver a los de El Progreso, era una envidia física, es decir: me parecían todos guapos y elegantes, maravillosos, buenos hijos de familia y muchas veces me paraba a verlos porque me parecían admirables, eran los Robert Redford y Paul Newman de la época.
Después el maestro que tuve fue Pedro Rodríguez, un paisano al que tuve el honor de sustituir dos veces: la primera fue en el diario Pueblo, donde hacía una columna histórica que yo heredé, y luego le sustituí en el periódico Arriba cuando se murió. Ese fue mi gran maestro.
Manuel Alcántara escribía en la mesa de al lado donde yo corregía teletipos. Él entraba siempre tan elegantemente vestido, se pedía un whisky y escribía su maravillosa columna que yo al día siguiente leía y me decía: ¿cómo puede haber escrito esto este hombre en la media hora que estuvo aquí? Y lo hacía. Era maravilloso. Para mí han sido maestros del periodismo. También de muchos otros he ido aprendiendo y aprendo muchas cosas día a día”.

