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Mireia Velasco, nutricionista: "El SIBO es la parte visible de que hay un problema, pero lo importante es detectar qué lo causa"

Mireia Velasco, nutricionista y naturópata
Mireia Velasco, nutricionista y naturópata. Marta Frances Curull
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Falta de energía, migrañas, dolores articulares, patologías intestinales, niebla mental... Estos son algunos de los síntomas que van asociados a la inflamación, uno de los problemas de salud más comunes en la actualidad y base de muchas otras enfermedades crónicas, pero ¿sabemos realmente a qué se debe? ¿Cuál es el origen de la inflamación? ¿Es tan mala como la pintan? ¿Y cómo nos desinflamamos? Estas son algunas preguntas que resuelve en su nuevo libro 'La inflamación no es la cuestión' (Roca Editorial, 2026) Mireia Velasco, nutricionista, naturópata, psiconeuroinmunóloga (PNIE) y dietista integrativa, y autora de 'Acaba con el SIBO'. Con este libro, que incluye además recetas y menús realistas, quiere que los lectores aprendan ellos mismos a detectar lo que realmente es la inflamación y cómo mejorar su salud digestiva. Charlamos con ella en esta entrevista en exclusiva a la web de Informativos Telecinco.

Pregunta: Como explicas, el ser humano ha batallado toda su existencia contra bacterias y parásitos solo que según “el siglo” se han ido cambiando. Ahora nos enfrentamos a aquellas que se encuentran y nacen en las ciudades. ¿Cuáles son para ti las que más nos inflaman en general?

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Respuesta: A lo largo de la historia, el ser humano ha convivido y combatido bacterias, virus y parásitos que venían principalmente del agua, de los animales y del entorno natural. Nuestro sistema inmunológico se desarrolló precisamente para eso, para adaptarse, aprender y defenderse. El problema es que el contexto ha cambiado radicalmente en muy poco tiempo. Hoy ya no vivimos expuestos a los mismos microorganismos, sino a lo que podríamos llamar “agresores modernos”, muy ligados a la vida urbana. 

La inflamación actual no viene tanto de una infección concreta, sino de una suma constante de factores del entorno como el exceso de alimentos ultraprocesados, de azúcar, el estrés crónico, la falta de descanso y uso de pantallas, la exposición a contaminantes, el abuso de antibióticos y un ritmo de vida que mantiene al cuerpo en alerta permanente. No es una amenaza puntual, es un goteo constante, y eso mantiene al sistema inmunológico activado sin descanso.

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P: ¿Por qué la inflamación es nuestra aliada? Cambias el paradigma o la visión que se está dando actualmente sobre ella... 

R: La inflamación tiene muy mala prensa, pero en realidad es uno de los mecanismos más inteligentes y necesarios del cuerpo humano. Gracias a la inflamación cicatrizamos una herida, combatimos una infección o reparamos un tejido dañado. El problema no es inflamarse de manera puntual, el problema es no saber apagar esa respuesta. Durante miles de años la inflamación era un proceso puntual: aparecía, hacía su trabajo y desaparecía. Hoy muchas personas viven con una inflamación de bajo grado constante, silenciosa, que no duele de forma clara pero va desgastando el organismo poco a poco. Cambiar el paradigma significa entender que no hay que luchar contra la inflamación, no se trata de “apagarla” a base de medicación o suplementación, sino aprender a regularla. Cuando la inflamación está bien controlada, nos protege; cuando se cronifica, nos enferma.

P: ¿Cómo funciona el sistema inmunológico?

R: El sistema inmunológico no es un ejército que solo ataca, como muchas veces se explica, sino un sistema de vigilancia, comunicación y equilibrio. Está constantemente recibiendo información del intestino, del sistema nervioso, de las hormonas y del entorno. Su función no es vivir en guerra permanente, sino decidir en cada momento cuándo actuar y cuándo retirarse. Un sistema inmunológico sano no es el más agresivo, sino el más preciso, por eso hoy vemos tantas reacciones exageradas, alergias e intolerancias: no es un sistema débil, es un sistema desorientado.

P: ¿Qué es necesario saber de él que desconozcamos?

R: Algo que mucha gente desconoce y que me parece increíble, es que entre el 70 y el 80% de nuestro sistema inmunológico se encuentra en el intestino, y es que es la mayor superficie de contacto entre nuestro interior y el exterior, con una extensión enorme que puede alcanzar varios cientos de metros cuadrados. A través de él entran los alimentos, los microorganismos y múltiples sustancias, y por eso necesita un sistema de defensa muy sofisticado. El epitelio intestinal, que es la capa que recubre el intestino, no solo se encarga de digerir y absorber nutrientes, sino que es la primera barrera inmunitaria frente a patógenos. Allí se encuentra el llamado sistema inmunológico de las mucosas, que decide qué es seguro, qué no lo es y cómo debe responder el organismo. 

Por eso, el sistema inmunológico no solo responde a virus o bacterias, sino también al estrés, a la falta de sueño, a una microbiota alterada o a una alimentación desequilibrada. Cuidar el intestino no es solo una cuestión digestiva, es una de las bases para que el sistema inmunológico vuelva a encontrar el equilibrio y deje de reaccionar de forma exagerada.

"Cuidar el intestino no es solo una cuestión digestiva, es una de las bases para que el sistema inmunológico vuelva a encontrar el equilibrio"

P: ¿Qué síntomas nos indican que podríamos tener una inflamación crónica? 

R: La inflamación crónica no suele manifestarse con un único síntoma claro, sino con una suma de señales que muchas veces se normalizan con el paso del tiempo. Cansancio persistente, dolores musculares o articulares, problemas digestivos frecuentes, migrañas, dificultad para concentrarse, cambios de humor, alteraciones del sueño, infecciones repetidas, piel reactiva o sensación de “niebla mental” son algunos de los avisos más habituales. No es una inflamación que incapacite de golpe, sino una que va desgastando el organismo poco a poco.

Lo realmente importante es entender que esta inflamación de bajo grado no solo produce síntomas, sino que está en la base de muchas enfermedades crónicas actuales. Problemas cardiovasculares, diabetes tipo 2, enfermedades autoinmunes, alergias, síndrome del intestino irritable, depresión, algunas enfermedades neurodegenerativas e incluso ciertos tipos de cáncer. Por eso no se trata solo de “sentirse mejor”, sino de prevenir y frenar procesos que, si se prolongan, pueden acabar convirtiéndose en enfermedad. No es una inflamación que incapacita de golpe, sino una que va restando energía y calidad de vida poco a poco. Muchas personas dicen “esto es normal en mi edad”, cuando en realidad es el cuerpo pidiendo un reajuste.

P: Hinchazón o inflamación: ¿en qué debemos diferenciarlas?

R: Aunque muchas veces se utilizan como sinónimos, hinchazón e inflamación no son lo mismo. La hinchazón suele tener un origen digestivo y se manifiesta como un aumento visible del volumen abdominal, generalmente relacionado con gases, fermentaciones, digestiones lentas o cambios en el tránsito intestinal. Es una sensación localizada que se nota especialmente en el abdomen. La inflamación, en cambio, es un proceso del sistema inmunológico y puede existir sin que haya hinchazón abdominal visible. Una persona puede estar inflamada sin presentar un vientre hinchado. Es importante no confundir un síntoma con el proceso que lo origina.

"El SIBO es la parte visible, pero debajo del agua están las verdaderas causas, como el estrés crónico, una inflamación intestinal previa, una mucosa dañada o un sistema nervioso alterado"

P: ¿Y el SIBO? ¿Qué es y cuándo aparece?

R: En el caso del SIBO, que es el sobrecrecimiento bacteriano en el intestino delgado, suele aparecer una hinchazón muy evidente y molesta. Sin embargo, el SIBO no es solo un problema de hinchazón; en el fondo lo que existe es un proceso inflamatorio mantenido, provocado por un desequilibrio de la microbiota y por otros mecanismos como alteraciones del movimiento intestinal, del sistema nervioso o del sistema inmune. Cuando nos centramos únicamente en “callar” el síntoma, por ejemplo reduciendo la hinchazón, muchas veces estamos destinados al fracaso, porque el SIBO no suele ser la causa principal, sino una consecuencia.

Una forma sencilla de entenderlo es con el ejemplo del iceberg: el SIBO es la parte visible, pero debajo del agua están las verdaderas causas, como el estrés crónico, una inflamación intestinal previa, una mucosa dañada o un sistema nervioso alterado. Si solo tratamos lo que se ve (los síntomas), el problema vuelve a medio-largo plazo. Por eso es fundamental distinguir entre hinchazón e inflamación y enfocar el tratamiento en las causas reales, no solo en los síntomas.

P: ¿Cómo se cuida una microbiota?

R: Cuidar la microbiota no consiste solo en tomar probióticos. La microbiota se cuida con hábitos diarios, se alimenta con una dieta variada, rica en fibra real, con alimentos frescos y poco procesados. Necesita regularidad en los horarios, descanso adecuado y un nivel de estrés manejable, porque el estrés cambia directamente la composición bacteriana del intestino. También es importante evitar el uso innecesario de antibióticos y entender que el movimiento, el contacto con la naturaleza y una digestión tranquila son tan importantes como lo que comemos. 

P: ¿Se puede detectar que nuestra microbiota no funciona bien por las heces? ¿O en qué es más evidente?

R: Las heces dan mucha información, aunque no toda. Cambios en la forma, el color, el olor, la consistencia o la frecuencia pueden indicar que algo no está funcionando bien en el sistema gastrointestinal. Diarreas frecuentes, estreñimiento persistente, heces muy malolientes o con restos de comida son señales claras de que la digestión y la microbiota (entre otras) no están en equilibrio. Sin embargo, muchas alteraciones de la microbiota no se reflejan solo en las heces ya que el intestino tiene un impacto mucho más amplio en el organismo. Un desequilibrio intestinal puede manifestarse como cansancio persistente, piel reactiva (psoriasis, rosácea…), infecciones frecuentes, dolores articulares o cambios de humor. De hecho, cada vez hay más evidencia de que un desequilibrio de la microbiota puede influir en áreas cerebrales relacionadas con el estado de ánimo, como el hipocampo, favoreciendo la aparición de ansiedad, irritabilidad o depresión. Por eso, el intestino se expresa de muchas formas, no solo cuando vamos al baño, y cuidar la microbiota es clave para la salud digestiva, inmunológica y emocional.

"Conviene aclarar que la llamada “intolerancia al gluten”, como diagnóstico médico, no existe"

P: ¿Por qué ahora hay tantas personas intolerantes al gluten? ¿Hay ahora más factores para detectarlo o es que realmente antes no era un problema por el tipo de alimentos que se consumían?

R: En los últimos años ha aumentado mucho el número de personas que refieren malestar al consumir gluten, pero es importante entender que no todas las reacciones al gluten significan lo mismo. Existen situaciones claras en las que el gluten debe eliminarse, como la enfermedad celíaca, que es una patología autoinmune, o la alergia al trigo, que es una reacción alérgica. También existe la llamada sensibilidad al gluten no celíaca, que puede ser transitoria y para la que actualmente no hay pruebas diagnósticas concluyentes. Además, hay personas con enfermedades inflamatorias intestinales o con trastornos gastrointestinales funcionales que pueden experimentar síntomas digestivos recurrentes al consumir trigo o productos que lo contienen.

Conviene aclarar que la llamada “intolerancia al gluten”, como diagnóstico médico, no existe. Por definición, las intolerancias alimentarias se producen frente a azúcares presentes en los alimentos, como la lactosa o la fructosa. El gluten no es un azúcar, sino una proteína, por lo que en su caso hablamos de enfermedad celíaca, alergia al trigo o sensibilidad al gluten no celíaca.

P: ¿Es o no un enemigo? 

R: En la mayoría de los casos, el problema no es el gluten como proteína aislada, sino el estado del intestino de la persona y el contexto en el que se consume. Hoy en día el trigo por ejemplo se ingiere de forma masiva, altamente refinado y, en muchas ocasiones, a través de productos ultraprocesados cargados de aditivos y azúcares. Además, otros componentes como los FODMAP o ciertos péptidos difíciles de digerir, también pueden provocar síntomas digestivos e incluso a nivel sistémico.

Cuando este consumo se da en personas con una mucosa intestinal ya dañada por estrés, infecciones, fármacos o desequilibrios de la microbiota, el intestino reacciona con mayor facilidad. Aparecen entonces síntomas que se atribuyen al gluten, cuando en realidad el origen suele ser una inflamación intestinal previa. Por eso, más que señalar a un único alimento, es clave entender la calidad del producto, la cantidad consumida y la situación individual de cada persona.

P: ¿Cómo debe ser una alimentación antiinflamatoria?

R: Lo primero que hay que entender es que no existe una única alimentación antiinflamatoria válida para todo el mundo. No es una dieta cerrada ni una lista universal de alimentos “buenos” y “malos”. La alimentación antiinflamatoria depende de muchos factores personales: la edad, el estado de salud, la microbiota, el nivel de estrés, los gustos, las preferencias culturales, el lugar donde se vive e incluso el momento vital de cada persona. Lo que es antiinflamatorio para uno puede no serlo para otro.

Existe una idea muy extendida de que comer antiinflamatorio significa eliminar alimentos considerados “inflamatorios” como los lácteos, el gluten o los carbohidratos, y esto no es correcto. Demonizar alimentos no es una estrategia antiinflamatoria, es una estrategia restrictiva. El cuerpo no se inflama por un alimento concreto de forma aislada (es mucho más complejo), sino por el contexto global en el que se come: la calidad del alimento, la cantidad, la frecuencia, el estado del sistema digestivo y también el estado emocional de la persona. Una alimentación antiinflamatoria se basa en alimentos reales (vamos, del mercado de toda la vida), pero también en cómo comemos y desde dónde comemos. El estrés, la culpa, el miedo a ciertos alimentos o la rigidez excesiva también generan inflamación. Comer con placer, en un entorno social, respetando las tradiciones y disfrutando de la comida es tan importante como elegir bien los ingredientes.

Por eso, hablar de alimentación antiinflamatoria es hablar de hábitos, no de prohibiciones. Incluye la relación con la comida, el entorno social, la cultura, el descanso, el movimiento y la gestión emocional. Todo eso forma parte de una verdadera estrategia antiinflamatoria, aunque muchas veces se nos venda lo contrario en forma de dietas milagro o listas de alimentos prohibidos, hay que recordar que hay mucho marketing detrás de las “dietas antiinflamatorias”. La clave no es hacerlo perfecto, sino hacerlo coherente y sostenible en el tiempo.