Residencias

Estancias temporales en residencias: cuánto cuestan y cuándo pueden salvar el verano de una familia

La supervisión y el contacto son esenciales para tu tranquilidad y la de tu familiar.. Magnific
Compartir

Cuidar a una persona dependiente es un esfuerzo que resulta agotador, y que requiere descanso físico y mental. Cuando llega el verano tanto familiares como cuidadores profesionales se enfrentan a la pregunta de cómo compatibilizar descanso y cuidado y las alternativas no son muchas cuando la persona dependiente no puede quedarse sola ni siquiera unos días.

Buscar un nuevo cuidador para pocos días no es sencillo, en especial si la persona cuidada tiene problemas de demencia. Y pedir a otro familiar que se ocupe de los cuidados no siempre es factible.

PUEDE INTERESARTE

Para estos casos existen las estancias temporales en residencias. Se trata de ingresos de unos días o semanas en los que la persona recibe alojamiento y cuidados profesionales, con la previsión de volver después a casa. ¿Cómo funciona? ¿Cuándo hay que pedirlo? ¿Cuánto vale? ¿También se pueden pedir en residencias públicas? ¿Cómo se lo digo a mi familiar? Vamos a verlo.

Descanso imprescindible

En el mundo de los cuidados donde la responsabilidad familiar y el trabajo en negro se imponen, los derechos de los trabajadores quedan en el aire, y a menudo se dejan las vacaciones para cuando ya no se puede más. Craso error.

PUEDE INTERESARTE

Muchas personas llevan meses durmiendo mal y renunciando a su vida por cuidar a un familiar. Aun así, sienten que pedir descanso es egoísta. No lo es. Una persona agotada cuida peor y nadie puede atender a otra las 24 horas del día durante todo el año sin apoyo.

La gerontóloga Lourdes Bermejo, especializada en atención a personas mayores y sus familias, lo resume con una pregunta muy sencilla: “¿Cómo puede cuidar bien alguien que ya ha llegado al límite de sus fuerzas? Hay que estar atentos si hay episodios de insomnio, irritabilidad, ansiedad o abandono de la propia salud. Si existen estos síntomas, hay que parar”.

La Sociedad Española de Geriatría y Gerontología insiste además en que dejar temporalmente los cuidados en manos de profesionales no significa renunciar al familiar. Significa proteger la salud física y mental de quien cuida para que pueda seguir haciéndolo después.

Cómo hacerlo

Así es que necesitas descanso y has decidido un ingreso temporal de tu familiar en una residencia. ¿Qué debes hacer?

Si pides plaza temporal en una residencia pública los plazos se alargan. El primer paso es acudir a los servicios sociales del ayuntamiento donde vive la persona mayor. Allí informarán de las opciones disponibles, los requisitos, el precio y la documentación necesaria.

Las condiciones cambian según la comunidad autónoma. En algunos territorios se exige tener reconocido un grado de dependencia. En otros también pueden acceder personas mayores que atraviesan una situación familiar excepcional. Es el trabajador social que redacta el informe quien facilitará el ingreso temporal por necesidad de descanso en una residencia pública, pero los trámites pueden alargarse, por lo que hay que ser previsor y anticipar la jugada incluso varios meses.

Las plazas para estancias temporales en residencias públicas suelen ocuparse por casos de urgencia, como caídas o accidentes inesperados, o para recuperaciones post hospitalarias. Si surge una urgencia, como la hospitalización repentina del cuidador, hay que contactar cuanto antes con los servicios sociales municipales. Podrán valorar una plaza urgente, aunque dependerá de los recursos disponibles.

El ingreso en residencias privadas no requiere esos requisitos y dependerá de si existen plazas vacantes o no.

Cuánto cuesta

En las plazas públicas o concertadas, la aportación suele calcularse según la capacidad económica del dependiente: pensión, otros ingresos y, según la comunidad, patrimonio. Algunos programas fijan una cantidad diaria y otros establecen un copago personalizado. En el precio también influye el grado de dependencia del familiar, y las necesidades de atención que precise.

En el sector privado tampoco existe una tarifa fija. Como orientación, el precio medio de una plaza residencial privada en España supera los 2.300 euros mensuales.

Una estancia corta puede salir proporcionalmente más cara por la tarifa diaria, el periodo mínimo o los gastos de ingreso. Si una plaza cuesta unos 2.300 euros al mes, quince días rondarían los 1.250 euros, pero es solo una referencia.

La letra pequeña

El precio puede aumentar por la habitación individual, el nivel de dependencia, los cuidados de enfermería, la fisioterapia o la atención especializada en demencias. También pueden cobrarse aparte pañales, farmacia, material sanitario, peluquería, podología, transporte, fianza o reserva.

Por eso hay que pedir un presupuesto escrito para las fechas exactas. No basta con preguntar cuánto cuesta al mes. Conviene plantear el caso completo y pedir el precio total, con todos los suplementos.

Hay que comprobar si el precio se calcula por día, semana o mes y qué ocurre si la persona vuelve antes, es hospitalizada, cancela o necesita ampliar la estancia. El centro podría seguir cobrando por reservar la habitación. Todo debe quedar por escrito.

Cómo elegir bien

La residencia más barata no siempre será la mejor. Tampoco la más bonita o la más cercana. El centro debe poder atender las necesidades reales del familiar. Una persona autónoma no necesita lo mismo que otra con demencia avanzada, movilidad muy reducida o problemas para tragar.

Hay que preguntar si existe enfermería, quién administra la medicación, qué personal trabaja por la noche y cómo actúan ante una caída o una urgencia.

También conviene saber si ofrecen fisioterapia, actividades adaptadas y atención específica para personas con deterioro cognitivo. Antes del ingreso hay que visitar el centro y observar el trato, la limpieza y el estado de los residentes, no solo la decoración.

Cómo se lo digo

Esta es una de las partes más delicadas. Muchas personas mayores relacionan la residencia con un ingreso definitivo. Si la familia anuncia la decisión de golpe, puede provocar miedo, enfado o sensación de abandono.

No conviene decir: “Te vamos a meter en una residencia porque no podemos más”. Tampoco conviene engañarla y marcharse sin explicaciones. Siempre que conserve capacidad para decidir, debe participar y conocer el motivo, la duración y el centro elegido. El mensaje debe ser sencillo y honesto: “Vas a estar aquí dos semanas mientras yo estoy fuera. Después volveremos a casa”, advierte la gerontóloga Lourdes Bermejo.

Bermejo advierte de que el riesgo de desorientación aumenta cuando la persona no ha participado en la decisión o no entiende qué está ocurriendo. Para reducir la ansiedad recomienda implicarla todo lo posible, permitirle conocer previamente el centro y mantener una comunicación sencilla. Si existe una demencia avanzada, convienen mensajes cortos y tranquilos, sin entrar en discusiones que la persona no puede comprender o recordar.

Llevar un poco de casa

Los objetos conocidos pueden facilitar la adaptación. Procura que pueda llevar fotografías, una manta, su bata o algún objeto familiar, además de gafas, audífonos, prótesis y ayudas técnicas. La ropa debe estar marcada.

Además del informe médico, resulta muy útil entregar una pequeña guía sobre sus costumbres: cómo quiere que la llamen, a qué hora se acuesta, qué le gusta desayunar, qué música escucha y qué cosas la tranquilizan.

Bermejo explica que los problemas de adaptación son menos frecuentes y menos graves cuando la persona se siente a gusto en el lugar donde vive. Por eso el centro debe conocer sus horarios, preferencias y costumbres, no solo su diagnóstico. “Una persona con demencia sigue siendo quien era. Conservar su identidad, su historia y sus gustos puede ayudarla a sentirse más segura. No basta con entregar una lista de enfermedades: también hay que contar quién es esa persona”, explica.

Visitas y llamadas

No existe una regla válida para todos. Algunas personas se tranquilizan viendo a su familia. Otras se alteran cada vez que termina una visita y pasan horas intentando marcharse.

Lo mejor es acordar un plan de contacto y un profesional de referencia que informe sobre el sueño, la alimentación, el estado de ánimo y la adaptación. Bermejo también destaca la importancia de coordinarse con las familias y explicarles qué pueden esperar durante los primeros días. “No se trata de desaparecer ni de llamar continuamente. El contacto debe ayudar, no aumentar la ansiedad”, asegura.

Señales de alarma

Es normal que durante los primeros días exista tristeza, nerviosismo o cierta desorientación. Pero hay situaciones que no deben ignorarse: rechazo persistente de comida o agua, somnolencia excesiva, caídas repetidas, pérdida rápida de peso, hematomas sin explicación, falta de higiene o cambios importantes de medicación sin informar a la familia.

También es preocupante no poder contactar con ningún responsable o recibir explicaciones contradictorias. Si el centro no puede atender adecuadamente al familiar, habrá que valorar un cambio o el regreso a casa.

Descansar también es cuidar

El descanso del cuidador, ya sea familiar o profesional, es imprescindible. Muchas familias sienten culpa, pero una estancia temporal bien organizada no es abandono. Preparar el proceso, elegir el centro, hablar con los profesionales y mantener el contacto sigue siendo cuidar. La estancia puede permitir que el cuidador duerma, atienda su salud y recupere fuerzas.

No es una solución perfecta para todo el mundo. Algunas personas se adaptan bien y otras lo pasan peor. Por eso hay que prepararla con tiempo y valorar cada caso. Pero pedir ayuda no es fracasar. A veces, parar unos días es precisamente lo que permite seguir cuidando después.