Noelia Bonifacio, especialista en acompañar bien a enfermos oncológicos: "No todos saben cómo funciona su cuerpo"

Noelia Bonifacio dejó la televisión tras superar un linfoma y hoy es psicóloga y acompaña a pacientes oncológicos con su método
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Un día cualquiera, Noelia Bonifacio se levantó, se miró al espejo y se encontró un bulto. Lo primero que pensó fue lo que piensa tanta gente más por ganas de que así sea que por un convencimiento real: será un quiste, nada, ya se irá. No se fue. Vinieron los médicos, la cirugía, la biopsia y, casi sin tiempo para respirar, un diagnóstico con la peor de las noticias: linfoma. "Al día siguiente de que te digan lo que tienes, ya estás con tu oncóloga viendo tratamientos, haciéndote todas las pruebas para ver la extensión del cáncer. Ahí te cambia la vida", recuerda. Era un linfoma, y ella, que trabajaba entonces en los informativos de televisión y pensaba jubilarse allí, no volvió a ser la misma. Ni quiso.
De aquello han pasado años y tres carreras —Comunicación Audiovisual, Trabajo Social y Psicología—, y hoy Noelia es terapeuta, da clase y publica ‘Método Noebo’, el libro que da nombre a la terapia que ha ido construyendo a lo largo de la última década.
Es un terreno delicado, y ella lo sabe mejor que nadie, porque uno de los pilares de su método es la biodescodificación, esa corriente que lee los síntomas del cuerpo como el eco de un conflicto emocional. Antes de que nadie se lo reproche, lo dice ella: "Hoy en día la biodescodificación está muy renegada, es una pseudociencia, no se quiere mirar, no se quiere contemplar que la experiencia humana pueda tener una influencia a nivel biológico. Yo no lo veo tan lejano", apunta.
Merece la pena detenerse un segundo aquí, porque la biodescodificación bebe de la llamada Nueva Medicina Germánica, ideada por el médico alemán Ryke Geerd Hamer, considerada en España como una pseudoterapia con riesgos reales: el más grave, que alguien lea su enfermedad como un asunto solo emocional y suelte la mano del tratamiento que puede salvarle. Noelia lo sabe y por eso apuesta por trabajar de la mano de la medicina, de los oncólogos (tiene tres en su equipo), pero sin dejar de lado la posibilidad de mirar más allá en paralelo.
De hecho, cuando se le plantea la objeción más incómoda —que buscar el porqué emocional de un cáncer puede hacer que el enfermo se sienta culpable de haberlo tenido—, no la esquiva: "Esto es muy importante; creo que es una de las preguntas más importantes, porque nosotros hablamos de sentido biológico, no de culpabilidad. No estamos buscando que la persona sea la causa consciente de la enfermedad. Nadie elige caer enfermo y nadie debería considerarse moralmente responsable de estar enfermo".
No estamos buscando que la persona sea la causa consciente de la enfermedad
No se queda ahí: "Responsabilizarse de nuestra vida no es culpabilizarse. En terapia no vamos a decirle al paciente: 'Tú has enfermado por lo que has pensado, o has sentido, o has vivido'. Eso, para mí, sería muy reduccionista y muy injusto. Lo que buscamos es devolverle a la persona la capacidad de acción". La enfermedad, para ella, siempre es "multifactorial", y por si quedaba alguna duda lo deja escrito en una sola frase: "Una persona necesita al médico".
Nuestro cuerpo, nuestro coche
Sin embargo, ella aboga por no quedarse quieta y se pone práctica y busca enganchar a cualquiera que haya cumplido años y haya empezado a mirarse por dentro: "Al fin y al cabo, si yo me compro un coche, tengo que saber cómo conducirlo. Nuestro coche es nuestro cuerpo, y no todo el mundo sabe cómo funciona. Se lo dejamos al médico, me parece muy bien, pero es mi biología: tengo que conocer mi fisiología y mi anatomía".
Tiene otra metáfora, la que más le gusta, y la pasea por toda la conversación: la del barco. El casco es el cuerpo; las velas, las emociones; el timón, la cabeza. "El barco es el cuerpo físico y las velas son un poco nuestras emociones. La emoción la tenemos en cuenta porque es muy importante saber en qué momento vital estamos", dice. Y avisa de que el mar en calma también hay que leerlo, no solo la tempestad: "Cuando van bien las cosas es cuando tenemos que ser conscientes de lo que nos está diciendo nuestro barco. Estar navegando no significa estar tomando el sol: hay que estar siempre atentos a cómo va el navío".
Su método
¿De qué está hecho, entonces, el método? Ella misma enumera los mimbres sin esconder el más espinoso: "Tengo la Nueva Medicina Germánica, que se conoce como biodescodificación, y la hipnosis clínica. Esas serían las principales, pero no son las únicas: utilizo psicología, algo de evolución de la especie y filogenia, embriología del ser humano, algo de anatomía, algo de transgeneracional, de psicoanálisis". Un cajón amplio, en el que conviven herramientas con siglos de fuentes y de avales y otras que no han pasado (al menos de momento) el filtro de la evidencia.
Donde Bonifacio marca distancias es con la cara más dura de la biodescodificación, esa que llega a decirle a un enfermo que abandone la quimio. Ella lo rechaza de plano. "El método no excluye otras terapias, sino que suma. Es que lo que no entiendo es por qué hoy en día piensan que cualquier terapia va a excluir a la medicina. No es así; al contrario, creo que podemos buscar una alianza que sume. El médico tiene su camino y su propósito, y en ningún momento nosotros nos entrometemos ni ocupamos su dirección", zanja.
No entiendo por qué hoy en día piensan que cualquier terapia va a excluir a la medicina. No es así
Lo que no hace Bonifacio, y hay que reconocérselo, es venderse más certezas de las que tiene. Dice estar peleando una investigación —nombra a la Universidad de Valencia— para buscar un patrón común en las pacientes oncológicas, y separa con honestidad lo que ve de lo que puede probar: "Lo he observado en terapia, pero no es suficiente para poderlo sacar a la luz; por eso mi siguiente paso es adentrarme más en el campo de la investigación para hacerlo demostrable". Sabe cómo suena, y se adelanta a la crítica: "Hoy no te lo puedo decir a ciencia cierta, y aunque te lo diga, tú dirás: 'Bueno, una falacia', pues podría ser".
En ese "podría ser" cabe casi todo el debate. Porque hay una zona, o varias, en las que la ciencia y ella sí se dan la mano: nadie discute, por ejemplo, que el estrés y las emociones dejan huella en el cuerpo —de eso se ocupa la psiconeuroinmunología—. La grieta se abre un paso más allá, cuando de esa influencia general se salta a poner un conflicto emocional detrás de cada enfermedad, un salto que la evidencia no acompaña.
Al final, cuando se le pregunta para qué sirve todo esto, su respuesta es más corta y más difícil de rebatir de lo que cabría esperar. "Mi propósito final es que la persona se conozca mejor", dice. Su expresión talismán es "habitarse en paz", y se apresura a bajarla del pedestal: "No estoy diciendo que sea feliz todo el día, estoy diciendo habitarme en paz dentro de las circunstancias que la vida nos pueda traer. Nos volvemos seres más resilientes, más capaces".
Queda, cómo no, la pregunta de siempre, la que separa el consuelo de la promesa. Bonifacio la devuelve al único sitio donde puede resolverse, que es una mesa con un médico al otro lado. "No he tenido ningún médico que me haya dicho 'qué locura' cuando se sienta a escuchar. Pero hay muchos que no se sientan a dialogar, que directamente lo rechazan", afirma. Con el tratamiento por delante, siempre, escucharla no cuesta nada. Y quizá tenga razón en lo más sencillo de todo lo que dice, que es también lo más antiguo: "Creemos que nos conocemos, pero no nos conocemos tanto como creemos".

