¿Puede el sueño revelar el alzhéimer antes de los primeros síntomas?

Un estudio relaciona determinados microdespertares nocturnos con la predisposición genética a desarrollar alzhéimer
El hábito nocturno que podría anticipar la demencia, según un estudio
Durante años, dormir mal se ha considerado una consecuencia frecuente del envejecimiento. Despertarse varias veces durante la noche, pasar más tiempo en fases ligeras del sueño o levantarse antes de lo previsto parecían formar parte del peaje de cumplir años. Pero la investigación sobre el alzhéimer está obligando a mirar las noches con otros ojos. El sueño podría contener información sobre lo que ocurre en el cerebro mucho antes de que una persona note que su memoria ya no funciona como antes.
El último indicio llega de la Universidad de Lieja, en Bélgica. Un estudio publicado en la revista 'Sleep' ha encontrado una relación entre determinados microdespertares nocturnos, la predisposición genética a desarrollar alzhéimer y la evolución posterior de algunas capacidades cognitivas.
No todos los microdespertares son iguales
El equipo dirigido por Nasrin Mortazavi estudió mediante electroencefalografía el sueño de 453 adultos jóvenes, con una edad media de unos 22 años, y de otros 87 adultos de mediana edad, alrededor de los 59 años. Los investigadores analizaron los llamados despertares espontáneos, pequeños cambios en la actividad cerebral que pueden producirse durante el sueño sin que necesariamente lleguemos a ser conscientes de ellos.
Los investigadores distinguieron los despertares según estuvieran acompañados o no de una transición entre fases del sueño y según aumentara o no el tono muscular. En los participantes de mayor edad, un determinado tipo de microdespertar, asociado a una transición de fase pero sin incremento del tono muscular, apareció relacionado con una mayor puntuación de riesgo poligénico para alzheimer. En los más jóvenes, en cambio, no se detectó esa relación.
La conclusión desplaza el foco desde la cantidad de sueño hacia su microarquitectura. Dos personas pueden dormir ocho horas y, sin embargo, sus cerebros pueden estar desarrollando durante esas ocho horas una actividad muy diferente
“Los microdespertares no son insignificantes. Ciertos perfiles podrían favorecer la acumulación de proteínas implicadas en la enfermedad de alzhéimer y estar asociados con una mayor vulnerabilidad”, explicó Puneet Talwar, investigador del laboratorio GIGA ULiège.
En cualquier caso, el trabajo no demuestra que un determinado patrón de microdespertares permita diagnosticar alzhéimer ni que prediga de manera individual quién desarrollará la enfermedad. Lo que encuentra es una asociación entre determinados rasgos del sueño, el riesgo poligénico y la evolución cognitiva.
El sueño y el tau
Otros trabajos están encontrando alteraciones del sueño relacionadas con proteínas y cambios cerebrales característicos del alzhéimer.
Un estudio publicado en 2024 por investigadores vinculados a Harvard y al Massachusetts General Hospital analizó a 39 adultos cognitivamente sanos mediante polisomnografía realizada en casa, neuroimagen PET para beta-amiloide y tau y resonancia magnética. Encontraron que una mayor cantidad de sueño N1, la fase más ligera del sueño, se asociaba con una mayor señal de proteína tau y con un menor grosor cortical en regiones temporales vulnerables al alzhéimer.
También observaron que una menor cantidad de sueño de ondas lentas se relacionaba con una mayor carga de tau y con un menor grosor cortical, incluso después de tener en cuenta la presencia de beta-amiloide.
Esto apunta a que el sueño podría estar reflejando diferentes etapas o mecanismos de la enfermedad. No sería simplemente cuestión de dormir poco. La distribución entre sueño ligero y profundo, la actividad eléctrica cerebral durante la noche y la manera en que se producen las transiciones entre estados podrían contener información biológica mucho más fina.
La conexión entre sueño y alzhéimer tampoco se limita a lo que sucede mientras estamos dormidos. En 2024, un estudio publicado en JAMA Neurology siguió durante una media de casi ocho años a 319 adultos sin demencia y observó que una mayor fragmentación de los ritmos de actividad y reposo de 24 horas se asociaba con una mayor carga posterior de beta-amiloide.
El mensaje que empieza a emerger es, por tanto, bastante más sofisticado que el conocido 'dormir mal aumenta el riesgo de alzhéimer'. La pregunta actual es qué características concretas del sueño y del ciclo de 24 horas están relacionadas con las primeras alteraciones de la enfermedad, cuándo aparecen y si pueden utilizarse para identificar a personas que todavía no presentan síntomas. Lo que está claro es que el futuro de la detección temprana depende de algo que la ciencia del alzhéimer conoce bien: tiempo.
