Ictus

Volver a casa tras sufrir un ictus con 32 años: "Te tratan las secuelas físicas, pero nadie te habla de las emocionales. Caí en depresión"

Raquel Membrado sufrió un ictus a los 32 años
Raquel Membrado sufrió un ictus a los 32 años. Cedida
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Era mayo de 2020 y España estaba inmersa en el confinamiento por la pandemia. Como cualquier otra mañana, Raquel Membrado se levantó a eso de las 9:30 y su primera parada fue el baño. Estaba sentada en la tapa del váter cuando notó que no podía mover el cuerpo. No le respondía. Era como una roca. Y las órdenes que intentaba enviarle a sus músculos parecían llegar a puerto desconocido.

"Me quedé paralizada de cuello para abajo. Todos mis músculos estaban súper tensos y empecé a tener sudores fríos", recuerda en una entrevista con la web de 'Informativos Telecinco'.

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Raquel vivía sola, no tenía el móvil a mano y necesitaba pedir ayuda. No recuerda cómo consiguió tirarse al suelo, donde cayó como un bloque y quedó tendida boca abajo. Entonces, su cuerpo empezó a moverse con fuertes sacudidas sin que ella pudiera impedirlo. "Intentaba controlar las manos, sin mucho éxito, para golpear el suelo a ver si algún vecino me escuchaba".

Nadie respondió. Su cuerpo seguía moviéndose sin que ella pudiera dominarlo, pero comprobó que podía hablar y decidió gritar. "Ayuda. Necesito una ambulancia", repetía una y otra vez.

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De esta manera tampoco obtuvo respuesta, hasta que se le ocurrió llamar a sus vecinos por sus nombres. Esta vez sí la oyeron. Algunos tenían llaves de su casa, pero cuando acudieron a rescatarla no consiguieron abrir la puerta porque ella había dejado las suyas puestas por dentro. Mientras tanto, Raquel seguía boca abajo en el baño y tenía que conseguir llegar hasta la puerta. "No sé cómo pude sentarme e ir a rastras por todo el pasillo hasta la entrada".

No sabe cuánto tiempo transcurrió desde que su cuerpo se quedó paralizado hasta que consiguió llegar a la puerta. "Creo unos 45 minutos", calcula.

Cuando llegó el servicio de emergencias, ella ya estaba sentada en el sofá y empezaba a recuperar parte de la sensibilidad, sintiendo un hormigueo le recorría todo el cuerpo. Fue entonces cuando le comunicaron que probablemente estaba sufriendo un ictus y que tenían que darse prisa. "Yo no me lo podía creer, si tenía 32 años".

En España se produce de media un ictus cada seis minutos. En los 45 minutos que Raquel calcula que tardó en conseguir ayuda, aproximadamente hubo siete más. En total, en nuestro país se producen alrededor de 90.000 nuevos casos al año y unas 23.000 muertes, convirtiéndose en la primera causa de muerte en mujeres. Además, en los últimos años se ha visto un incremento en personas jóvenes (de ente 30 y 50 años).

Según la Sociedad Española de Neurología, más del 30% de quienes sobreviven queda con secuelas que provocan algún grado de discapacidad o dependencia, lo que convierte al ictus en la primera causa de dependencia en el país. Sin embargo, hasta un 90% de los casos podrían prevenirse mediante hábitos de vida saludables y el control de los factores de riesgo vascular.

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Cuando un ictus atraviesa tu vida

Raquel no se lo podía creer. No identificaba en sí misma los factores de riesgo que asocian a un ictus, -—"para mi eso era algo que solo ocurría en personas mayores"— y, de pronto, se vio en una silla de ruedas, preguntándose si volvería a bailar alguna vez. En el hospital confirmaron el diagnóstico: ictus isquémico —una arteria que lleva sangre al cerebro se obstruye y una parte del cerebro deja de recibir el oxígeno— aunque no consiguieron determinar la causa.

Pasó siete días ingresada en el Hospital Universitario Vall d'Hebron. Las restricciones sanitarias impedían las visitas, pero recuerda que estuvo "muy mimada". Después llegó el alta hospitalaria. Y, con ella, una etapa de la que apenas sabía nada: aprender a vivir con lo que había ocurrido y empezar a recuperar todo aquello que el ictus había cambiado.

Había perdido la movilidad del brazo y de la mano izquierdos, así que centró buena parte de sus esfuerzos en la recuperación física. Era también la prioridad de los profesionales sanitarios después de salvarle la vida. Los meses fueron pasando y Raquel se sentía cada vez mejor. Estaba motivada con los avances y empezaba a recuperar terreno.

Pero, meses después, sufrió una infección renal y algo cambió. Aparecieron miedos y fantasmas que hasta entonces no habían ocupado un lugar tan evidente en su vida. Raquel empezó a hundirse emocionalmente, hasta caer en una depresión.

Cuidar la parte emocional como la física: una tarea pendiente

Nadie le había avisado de esa posibilidad. Mientras la recuperación física concentraba los esfuerzos, de la parte emocional nadie se había acordado. Sin embargo, la depresión es una de las posibles secuelas tras un ictus. Una revisión científica publicada en la revista Stroke en 2026 estima que esta afecta aproximadamente al 27% de las personas que han sufrido uno, y que los síntomas no tienen por qué aparecer inmediatamente después del episodio.

"Empezó a salir todo lo que había quedado detrás. Lo que nadie te explica ni te avisa que te puede pasar. Te tratan las secuelas físicas, pero nadie te habla de las emocionales. Y yo no entendía por qué me sentía así. Tenía mucho miedo de que me volviera a ocurrir", cuenta.

Raquel, que se define como una persona alegre y activa, dejó de tener interés por las cosas y solo quería dormir. Empezó a sufrir ataques de pánico, insomnio y agorafobia. "Sin duda fue la peor parte del ictus para mí", reconoce.

Tuvo que irse a vivir con sus padres. Pasaron unos meses hasta que consiguió pedir ayuda. La situación sanitaria tampoco se lo puso fácil, las consultas médicas seguían muy restringidas y el sistema estaba colapsado. "Al principio fue bastante duro porque no conseguía hablar con nadie. Entonces di el paso de buscar por mi cuenta una psicóloga y empezar terapia. No podía seguir así".

"Cuando empecé, me daba miedo salir y me tenían que acompañar a las sesiones". El trabajo psicológico, junto con la medicación, fue parte de un proceso que le permitió recuperar poco a poco su autonomía. "Logré volver a casa", dice orgullosa.

El impacto del arte

Por entonces, Raquel, que se dedicaba al diseño de vestuario y estaba en paro, también empezó a reencontrarse con el arte. Volvió a escribir, dibujar y pintar. "Me ayudó a sacar todo lo que tenía dentro".

Aquella relación con la expresión artística terminó convirtiéndose en una parte fundamental de su recuperación. Se adentró en el mundo de la arteterapia, donde encontró una vía para trabajar sus emociones y volver a encontrar el equilibrio, hasta el punto de decidir formarse en esta disciplina.

Además, en ese tiempo, mientras cursaba el máster para formarse como profesional en arteterapia, en 2023, llegó otra respuesta que llevaba tiempo esperando. Tres años después del ictus descubrieron que tenía un tumor cerebral benigno que presionaba la glándula hipófisi,s lo que provocaba una producción excesiva de la hormona ACTH y cortisol (enfermedad de Cushing). Los médicos relacionaron este problema con la posible causa del ictus.

Tuvieron que extirparle el tumor. "Fue un gran alivio tener como una etiqueta de lo que había pasado", explica. Poner nombre a la causa fue la ginda en su recuperación emocional.

Aprender a vivir a otro ritmo

Hoy, Raquel es arteterapeuta y el pasado 27 de mayo condujo un taller en el primer congreso de Cataluña dedicado a la vida después de un ictus, organizado por la Fundació Ictus.

"Es una forma de psicoterapia que usa el arte en todas sus vertientes para ayudar a autorregular las emociones", indica, y matiza que que no sustituye al seguimiento médico, sino que lo complementa.

Además, la movilidad volvió tras mucho trabajo de rehabilitación y Raquel recuperó algo que temió perder, el baile. Sin embargo, no todo ha regresado a como era antes. La motricidad fina sigue siendo diferente y las secuelas menos visibles continúan presentes, especialmente las dificultades de concentración y memoria.

Desde el ictus necesita planificar más, recurrir a recordatorios y realizar las tareas de una en una. "Tengo que tener todo muy estructurado, llevar todo apuntado y revisado asiduamente. Y, por ejemplo, ver una película entera me suele costar".

A sus 38 años, su vida es distinta. Pero, cuando mira atrás, no lo hace con pesar, sino que reconoce lo que ha aprendido y que aquella experiencia la obligó a replantearse su forma de vivir.

"Tenía una vida muy estresante y el ictus me obligó a bajar el ritmo. Seguro que el estrés influyó en lo que me ocurrió. Ahora sé que ir despacio está bien. Me ha ayudado a reconducirme, estoy agradecida a la vida y soy feliz. Lo que ha pasado no lo puedo cambiar, pero sí está en mi mano hacer algo con ello".

Con motivo del Día Mundial del Ictus, que se celebra el 29 de octubre, Raquel reclama una mayor visibilización de sus síntomas, también entre las personas jóvenes, y más apoyo emocional para ayudar a recuperar la vida tras esta emergencia médica. Pide, además, una mayor inversión que permita prolongar la rehabilitación cuando sea necesario, sin que su duración dependa de la capacidad económica de cada persona.

A quienes han sufrido un ictus les recomienda buscar asociaciones en su entorno, donde pueden encontrar recursos y acompañamiento. Ella sabe que volver a casa no significa haber dejado atrás lo ocurrido. A veces, es justo ahí donde empieza otra parte del camino, una que exige aprender de nuevo a seguir adelante.