Elena Olmos tiene 30 años y es la única artista española en exponer en el Museo del Louvre: “He empezado de cero cien veces”

La creadora española habla sobre precariedad generacional, vocación artística y la necesidad de recuperar “la conversación, la piel y la emoción”
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De Elena Olmos podrían contarse muchas cosas. Es periodista, vinculada durante años al mundo audiovisual y al cine, pero también es una artista atravesada por la búsqueda constante de identidad, lo cual la ha llevado a conseguir su gran éxito.
Y es que, a sus 30 años, Olmos ha logrado algo que parecía reservado a unos pocos nombres consolidados del arte internacional: convertirse en la única artista española en exponer en el Museo del Louvre dentro del Salón Internacional de París impulsado por la galería Art Queens.
Pero detrás del titular hay una historia mucho más compleja que el éxito. Hay precariedad generacional, dudas, contratos que terminan, la sensación de no pertenecer del todo a ningún sitio y una pulsión creativa que se niega a desaparecer incluso en los momentos más inciertos.
Su obra “Pulse–Couleur Brute”, expuesta en París, es precisamente el reflejo de ese conflicto contemporáneo entre lo humano y lo artificial, entre la esperanza y el ruido de una época hiperacelerada.
El sí que cambió el rumbo
La llegada de Elena Olmos al Louvre fue, según explica ella misma, una mezcla de azar y persistencia. “Creo que sencillamente se unió el momento perfecto con el ímpetu de años de trabajo”, cuenta la artista en una entrevista con la web de 'Informativos Telecinco'.
La llamada llegó desde la galería Art Queens, que había descubierto su obra y consideraba que encajaba con la identidad estética del proyecto. “Me contaron que reunirían a 25 mujeres de todo el mundo en el Salón Internacional de París y que si quería formar parte de ese sueño”.
La propuesta, sin embargo, venía acompañada de una dificultad inesperada: debía presentar una pieza más pequeña de las dimensiones con las que suele trabajar. Dudó. Pensó durante días si aceptar o no aquella oportunidad. Finalmente, tomó la decisión: “Decidí decir un sí rotundo, y lanzarme”.
Ese salto no solo la llevó físicamente a París. También la colocó, emocionalmente, frente a una ilusión que llevaba años buscando. “He pasado los últimos 10 años de mi vida entre medios de comunicación y cine, mientras siempre sacaba huecos para pintar o hacer exposiciones”, explica.
Como muchos jóvenes profesionales de su generación, ha vivido la inestabilidad laboral de sectores donde la continuidad rara vez está garantizada. “Se me han acabado muchos contratos y he empezado de cero cien veces”.
Ese desgaste terminó alimentando una sensación persistente de desubicación: “Esto ha hecho que me consuma en ocasiones una sensación de ‘no pertenecer’ al mundo que estudié, el periodismo y el cine, y para el que me preparé”. La pintura, sin embargo, permanecía. “La pintura siempre llegaba para abrigarme y reconfortarme, ya que no me pedía nada más que estar ahí”, dice.
Y entonces llegó el Louvre. “Cuando vi mi obra en el Louvre, quizá suene triste o melancólico, pero sentí, por primera vez, ese sentimiento de formar parte de algo real, eterno, con peso en el tiempo. No tenía que demostrar nada, solo sentir y dejarme llevar por un momento único e irrepetible”, añade.
La generación del “velo”
“Creo que mi generación ha pasado por una década de mucho movimiento e inestabilidad laboral”, reflexiona. “Sentíamos esa promesa de salir de la universidad y comerte el mundo que después se desvanecía en el tiempo por el choque con la realidad”.
Por ello, explica la existencia de una especie de “velo” frente a esas oportunidades que hace que “no terminen de asentarse y dar seguridad". “Creo que eso ha forjado parte de mi identidad artística también, la búsqueda constante de un lugar en el que ser comunidad y solidificar la creatividad intrínseca”.
Por ello, lejos de plantear una visión amarga, Olmos defiende una aceptación de los propios límites y destinos. “Algunos espacios no los ocuparé, pero sé que, gracias a oportunidades como la de París, habrá otros que formarán parte de mí desde la ternura y el trabajo. No somos para todos, y está bien también”.
El colapso contemporáneo convertido en pintura
“Pulse–Couleur Brute”, la obra presentada en París, nace precisamente de esa tensión entre presente y futuro, entre humanidad y tecnología. “Esta obra une lo artificial a través de colores poco orgánicos con lo natural a través de otras gamas cromáticas reales”, explica. Su intención era “conectar lo líquido del futuro con la naturalidad del pasado”.
Así, la pieza funciona como un mapa emocional del presente. Un presente que observa con preocupación. “Quiero contar a través de Pulse–Couleur Brute cómo me aterra que se pierdan los valores esenciales que nos hacen más humanos: el cuidado, el trabajo, el estudio, el amor, la bondad, el cariño”.
El resultado, según define ella misma, es “una obra muy tecnológica pero arraigada en la esperanza de creer, y crear. Creo que es una obligación construir frente a la destrucción inminente”, señala.

La pérdida de la emoción
Además, la reflexión artística de Elena Olmos conecta directamente con la preocupación de sentir que estamos perdiendo la capacidad de relacionarnos emocionalmente de manera auténtica. “Sí, lo creo”, responde cuando se le pregunta si estamos perdiendo la facultad de conectar entre nosotros.
Aunque no es “negativa al respecto”. Lo que percibe es una necesidad colectiva de volver a creer en algo más humano. “Cada vez hay más personas que me dicen casi con un grito que necesitan esperanza”.
Sin embargo, considera que vivimos atrapados en la necesidad de demostrar constantemente. “Parece que lo real es un fracaso y la demostración una obligación”. Frente a eso, propone hacer un trabajo por “el regreso de la conversación, de la piel, de la emoción. Sin miedo ni expectativa más allá de ser lo que una es”.
Crear con las manos como acto de resistencia
En el universo conceptual de Olmos, el arte plástico no es únicamente estética. Es también una forma de oposición cultural. “Es un gesto político porque es un gesto contrario”, afirma sobre el hecho de crear con las manos en pleno siglo XXI.
La artista percibe una tendencia social que premia la productividad mecánica y sospecha de la sensibilidad. “Parece que el mundo te pide que sigas una corriente opuesta a lo creativo: trabajos mejor vistos cuanto más metódicos y serios sean”.
Incluso la emoción parece haber adquirido mala reputación en determinados entornos laborales: “‘No seas muy sensible’ porque a la empresa no le convence que se pierda dinero en la reflexión”, apunta.
Por ello, reivindica una idea radicalmente humanista del trabajo: “Creo firmemente que todo trabajo debe llevar poesía, pues todo trabajo pasa por el acto humano de ser atravesado. Si no, significa que quien lo ejecuta no está vivo”.
Eso ayudaría a crear "redes verdaderamente sociales", y limitaría los problemas de salud mental porque "silenciaríamos un poco a los avatares que viven por nosotros y nos permitiríamos el descanso".
Asimismo, su definición de fe nace de la idea de recuperar lo verdadero en un contexto marcado por guerras y tensiones políticas: “La urgencia de creer en la recuperación de lo verdadero, la conversación y la sensibilidad entendida como capacidad de percibir el entorno y ser afectado por él”.
La periodista que escribe antes de pintar
La formación periodística de Elena Olmos no desaparece cuando entra al estudio. Al contrario: vertebra profundamente su proceso creativo. “Antes de hacer una entrevista sueles estudiar al entrevistado. Pues lo mismo con mis obras”, explica.
Cada pieza nace de una investigación previa casi obsesiva. “Me paso semanas investigando mitos, leyendas, filosofías y teoremas que ya hayan buceado en esa obra”.
Después aparece el lenguaje. Literalmente. “Todas mis obras empiezan con una frase en el lienzo pintada que después taparé con la mancha, el color. Me gusta que periodismo y arte se unan”, dice. “Creo que es como unir el azul con el blanco y crear un cielo limpio, honesto”, expresa.

Extremadura como raíz emocional
La identidad artística de Elena Olmos está íntimamente ligada a su origen. “Diría que un 80%”, responde cuando se le pregunta por el peso de sus raíces y su familia.
La artista reivindica una infancia construida desde el afecto. “Me crié en amor y desde tal están concebidas las obras y su objetivo”.
Habla de Extremadura como un territorio que impregna su manera de mirar y de pintar: “El campo, los olivares, las pozas, las calles medievales, la piedra… creo que se impregna también en la disposición de las pinceladas”.
Nueva York y el futuro
Después del Louvre, la pregunta inevitable es qué viene ahora. “Por el momento, seguir teniendo proyectos”, responde.
Aunque sí existe un sueño concreto: Nueva York. “Siempre me sentí muy conectada con la ciudad y la época artística que me fascina es la revulsión del siglo XX neoyorquino”.
La idea de participar de una nueva efervescencia cultural la seduce profundamente. “Formar parte de ello y ser testigo de un nuevo tiempo a través del arte sería una delicia”.
El lugar de las mujeres en el arte
Olmos considera que la reivindicación feminista en el arte sigue siendo necesaria porque aún existen enormes vacíos históricos. “Seguimos sin conocer bien qué fue de la mujer en la historia del arte”, afirma.
A su juicio, muchas creadoras fueron nombradas demasiado tarde o continúan insuficientemente estudiadas. “Nos debemos a ellas y a las que no pudieron tener su espacio a pesar de lo que llevaban dentro”.
Por eso entiende su propio recorrido también como una responsabilidad colectiva. “Haré todo lo posible para alentar a aquellas que quieran dedicarse al arte”.
El miedo a perseguir una vocación
Aunque hay circunstancias personales y profesionales que no permiten dedicarnos a nuestra pasión, Elena cree que “los sueños te acaban comiendo por dentro si no los alimentas día a día”. “Se puede tener un trabajo de 8 a 6 y a la vez sacar una hora para dibujar, bailar, actuar, sentir”.
Porque, según explica, mantener viva esa parte termina generando un punto de inflexión inevitable: “Llegará una oportunidad que te hará elegir entre los dos mundos”.
Y entonces, asegura, será imposible seguir negándose a uno mismo. “Esta vida es para fallar y arriesgarse. Regresarás con una sonrisa por haberlo intentado y haber conocido gente bellísima gracias a la experiencia”, concluye.
