Entrevistas

Aida González Rossi, escritora, sobre el impacto de la palabra 'gorda' en su vida: "Ha significado muchas cosas a la vez"

Aida González Rossi
Aida González Rossi, escritora. Sofía Crespo Madrid
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Para la RAE, la palabra gorda tiene un significado claro "de abultadas carnes, muy abultado, corpulento, que excede del grosor corriente en su clase". Estas acepciones, lejos de ser algo escrito, pueden significar para muchas personas vergüenza y estigma. Ser gordo en esta sociedad que premia una belleza estandarizada, de ahí que pocas veces queden representados de manera involuntaria en películas, publicidad, etc. ¿Por qué se ha normalizado que ser gordo es algo malo? Los cuerpos deberían ser lugares que habitemos con disfrute y felicidad, no como espacios de lucha. Pero, como sabemos, eso es complicado... Lo sabe bien la periodista y escritora canaria Aida González Rossi. Escritora nacida en Santa Cruz de Tenerife, formada en Periodismo y en Estudios de Género y Políticas de Igualdad en la Universidad de La Laguna, Aida González Rossi que aborda, no solo su propia experiencia personal, sino esta problemática en 'Gorda sinvergüenza' (Debate, 2026), un ensayo en el que aborda la conversación cotidiana sobre el peso y la necesidad de habitar el cuerpo sin pedir permiso.

El libro también se niega a vender una solución individual. Ser una gorda sinvergüenza no elimina la violencia gordofóbica, y la autora lo dice sin rodeos: sabe que la insultarán, sabe que habrá que mentalizarse, sabe que el dolor sigue. Pero frente a ese horizonte, la respuesta no es callar ni volver al escondite, sino no darle credibilidad al marco que castiga. Charlamos con ella en esta entrevista para la web de 'Informativos Telecinco'.

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Pregunta: ¿Qué ha significado para ti la palabra gorda en tu vida?

Respuesta: Muchas cosas a la vez. Silencio, ruido. Amenaza, huequito en el mundo. Justo ayer me preguntaban cuándo me di cuenta de que era gorda, y yo respondía que tal vez la pregunta está más bien en cuándo me di cuenta de que ser gorda era algo malo. Hay un momento, breve pero poderoso, en el que muchos niños gordos aún no han absorbido del todo la cultura de la gordofobia y son capaces de ver sus propios cuerpos, sus propias subjetividades, sin esa mirada. Yo de pequeña sabía que era gorda, pero me parecía una particularidad de mi cuerpo, nada más, y disfrutaba de habitar esa corporalidad, de explorarla y entenderla, de significarla. Siempre pienso que para mí la idea es recuperar esa forma de existir.

P: ¿Cómo la has transformado en un libro? 

R: Creo que el libro parte de ahí: la neutralidad corporal como un enfoque que nos permite ser nosotras mismas de forma radical, sin contemplaciones ni pegas, acogiendo los cambios por los que pasemos a lo largo de nuestras vidas y entendiéndonos siempre como lugares habitables, disfrutables y únicos. Solo nosotras somos nosotras. Eso es valiosísimo y hermosísimo.

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P: ¿Cómo ha sido todo ese proceso de transformar algo que duele en algo que ayude, conseguir que sea provechoso para los demás?

R: Difícil. Yo quería partir justo de ahí: explorar lo gozoso de la gordura, los valores positivos que nuestros cuerpos gordos encarnan aunque nos repitan todo el rato que encarnamos lo peor de lo peor. Pero el peligro de eso es el de pasar por encima de tanto que tenemos que contar sobre lo doloroso de la gordofobia y la opresión que sufrimos. Lo que intenté fue confiar en que hay otras compañeras que cuentan todo eso muchísimo mejor que yo, que han dedicado mucho tiempo a pensar en ello, compañeras de las que yo he aprendido muchísimo. Yo no quería escribir “un libro total” sobre la gordofobia, sino repasar lo que ha sido para mí nombrarme como gorda a lo largo de mi vida, y quitarme de encima esa pretensión me ayudó mucho: confío en que la gente que lea el libro acuda luego a otras fuentes, si no lo ha hecho ya, y profundice en un tema del que yo doy una especie de "picoteo autobiográfico" que al final lo que busca es llegar al lugar al que yo quería llegar, el goce, la euforia, la fiesta. Este fue el quebradero de cabeza teórico, pero luego estuvo también el emocional, claro.

Creo que pocas veces en mi vida volveré a escribir sobre un tema que me importe tantísimo. Todo el rato todo lo que escribía se teñía de esa emoción, de ese querer hacerlo bien por ser consciente de que este libro sí que puede acompañar a alguien en un proceso difícil e importantísimo, y no intenté dejar esa emoción fuera, sino acogerla en el proceso de escritura. Qué bueno escribir así, sin considerar los desvíos un fallo, sin intentar acudir a una racionalidad sagrada despojada de todo llantito. Eso me liberó mucho, y el libro me enseñó que el proceso también es texto, que el cuerpo también es texto, en el sentido de que al escribir estamos intentando “traducir” unas impresiones corporales ajenas al lenguaje y, por ello, debemos escucharnos mientras lo hacemos. Borrar capítulos completos si nos da una cosita en la barriga que nos hace pensar que igual por ahí no aunque la cabeza nos diga que sí. Nos enseñan a entender el cuerpo como algo ajeno a nosotras, pero nosotras somos nuestros cuerpos y lo que se piensa con el cuerpo es pensamiento también.

"Las violencias estéticas son mecanismos de control"

P: Hay una tendencia en moda y redes de nuevo a la delgadez extrema que vimos en años como los 2000 y anteriores. ¿Qué hay detrás? ¿Por qué siempre el cuerpo de la mujer está en el debate, en el punto de mira?

R: Nunca se ha ido esa tendencia, lo que pasa es que ahora se va más de frente, y además ha entrado en juego el Ozempic. No es raro que todo esto haya surgido en la ola de conservadurismo que estamos atravesando ahora. Las violencias estéticas son mecanismos de control, y el hecho de que las mujeres cada vez podamos ocupar menos espacio (entendiendo también como parte de ello las tendencias relacionadas con llevar colores neutros, etc.) implica muchísimas cosas. Nada es casual, tenemos que leer las tendencias como partes de un entramado simbólico muy complejo que siempre está atravesado por las opresiones, y, por supuesto, ese entramado no es responsabilidad directa nuestra ni es culpa nuestra estar desprotegidas ante él. Sin embargo, creo que un trabajo que podemos hacer es el de preguntarnos qué significa para nosotras y para les otras que rechacemos maquillarnos de forma estridente, o que nos obsesionemos con adelgazar. O que nos parezca más bello por defecto un cuerpo delgado que un cuerpo gordo. 

P: La vergüenza es uno de los pilares de la gordofobia, que las personas gordas sienten que su cuerpo es vergonzoso. ¿Cómo rompemos con ese mensaje de una vez?

R: La vergüenza es una emoción compleja. Es muy potente y, cuando aparece, es como si ya no hubiera discusión. Yo creo que dentro de esa complejidad entra algo muy importante: la vergüenza es una emoción social, y, aunque la sintamos en nuestros cuerpos, la aprendemos y nos la crea el entorno. No es natural e inamovible. De hecho, es una especie de alarma que nos pita cuando detectamos que estamos rompiendo una norma social: este espacio no acoge a las personas gordas, yo soy una, vergüenza; no debería vestirme así, vergüenza; no debería haber dicho esto en este contexto en el que de esto no se habla, vergüenza. Creo que, entendiéndola así, podemos darle la vuelta: si yo estoy en desacuerdo con ciertas normas sociales, lo que quiero es romperlas, y tal vez la vergüenza me ayuda a detectar cuándo lo estoy haciendo. Con esto quiero decir que la vergüenza se puede atravesar, y para ello no necesitamos no sentirla, sino contextualizarla, sentarnos a preguntarnos por qué nos sentimos así y cuánto nos compensaría hacer lo que nos impide hacer. Quizá no nos compensa todo, no hace falta pasar por sufrimientos innecesarios, pero saber que la vergüenza no tiene que limitarnos y que irá bajando de intensidad a medida que vayamos ocupando espacios, normalizando situaciones, entendiendo que no pasa nada, es muy liberador.

P: ¿Qué te ha enseñado a ti la gordofobia y qué mensaje para ti ha sido poderoso para poder escribir este libro?

R: La gordofobia, muchas cosas que quiero olvidar. La antigordofobia, que la imperfección no es algo a evitar en los cuerpos, sino algo que está dentro de lo que significa ser cuerpos, que no tenerlos. No tenemos un cuerpo, somos un cuerpo, y todos los cuerpos son distintos y eso es una riqueza. Saber que podemos ser imperfectas (es decir, que no estamos sujetas a un canon al que debemos aspirar para ser válidas) nos permite vivir con menos limitaciones, con menos quebraderos de cabeza, no tener que autoexaminarnos y, sobre todo, no pensar que debemos tener un cuerpo concreto para merecernos disfrutar de tener un cuerpo. Creo que esa libertad es muy bonita, y creo que las personas gordas que no queremos cambiar nuestros cuerpos simbolizamos eso.

P: El lenguaje, como muestras, es muy útil para romper con muchas cosas. ¿Qué mensaje le darías a un joven que está sufriendo acoso verbal y físico por su cuerpo? 

R: Le diría que no todas las personas son nuestras interlocutoras. Muchas personas no nos entienden, pero eso no quiere decir que nosotras no nos entendamos o que otras no vayan a entendernos. No todas las miradas nos ven de verdad. Hay que confiar más, mucho más, en la mirada amable que en la mirada cruel, porque la mirada amable es más capaz de ver con precisión y la cruel está empañada por un montón de mitos y mentiras. Le diría que se junte con personas que le hagan sentir segura y se fíe de ellas, y que intente, también, ser ese espacio seguro para otras. Poco a poco, eso hará que todo vaya estando mejor. Mucha gente lucha por ello y mucha gente se preocupa por ello. La violencia no es culpa nuestra aunque nos quieran hacer pensar que sí, es una situación injusta de la que somos víctimas, y quien diga lo contrario o lo minimice está ejerciendo también esa violencia. Punto.

P: Llega el verano, y muchas personas quieren esconder su cuerpo porque no cumple con los estándares de belleza. ¿Cómo les puede ayudar la lectura de tu libro?

R: Yo creo que les puede ayudar a entender que no tenemos que adaptar nuestro cuerpo a los espacios, el hecho de que existamos en ellos ya hace que ese espacio sea también para nuestros cuerpos.