Entrevistas

Cristina Landete, la primera persona sordociega que compite a caballo en España con 18 años: "Siento que puedo volar"

Cristina en una competición. Ángel Mora
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Hay un instante, justo antes de que suene la campana y comience la carrera, en el que Cristina Landete, de 18 años, acaricia el cuello de Rayo. Respira hondo. Siente la inercia de su caballo sobre su cuerpo. Ella es la primera y única persona sordociega que compite en paraecuestre en España.

Cristina nació con apenas 500 gramos de peso. A los siete meses perdió la visión por un desprendimiento de ambas retinas. A los 11 años comenzó a quedarse sorda. 

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Sin embargo, esta joven de Albacete no solo ha conseguido hacerse un hueco en un deporte donde nadie con su discapacidad había llegado antes, sino que ha impulsado cambios en el reglamento de la Real Federación Hípica Española para que otras personas puedan seguir sus pasos.

María Ángeles Prieto, su madre, todavía recuerda la incertidumbre del nacimiento de su hija. “Las primeras horas fueron decisivas. Cristina volvía se debatía entre la vida y la muerte. Solo podíamos verla unas horas al día. El resto del tiempo era esperar una llamada y confiar”, cuenta María Ángeles en una entrevista con la web de 'Informativos Telecinco'.

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La historia de superación de Cristina Landete

Cuando Cristina tenía siete meses, sus padres comenzaron a sospechar que algo ocurría con sus ojos. Fue trasladada de urgencia a Madrid. Allí volvió a ponerse gravemente enferma tras sufrir una hemorragia intestinal que obligó a retrasar cualquier intervención oftalmológica.

Cuando por fin pudieron explorarla, el cirujano les comunicó que su hija estaba completamente ciega y que nunca vería la luz. "Fue uno de esos golpes que te dejan sin respiración. Le dije al médico: 'Cuando tenga 15 años volveremos a hablar'. No sé de dónde salió aquella frase. Simplemente sentí que la historia no podía terminar allí”, recuerda María Ángeles.

A los tres años, Cristina empezó a distinguir luces. Más adelante reconocería bultos y algunos colores. Nunca recuperó una visión funcional, pero sí lo suficiente para demostrar que incluso los diagnósticos más contundentes pueden dejar espacio a la esperanza. "Aprendimos a celebrar cada pequeño avance como un auténtico milagro”, dice la madre.

"Mamá, ¿es que además de ciega me voy a quedar sorda?"

Sin embargo, cuando parecía que la familia había aprendido a convivir con la ceguera, con 11 años, Cristina comenzó a perder audición. “En apenas dos semanas había perdido 85 decibelios en un oído y 90 en el otro. El otorrino nos dijo que tenía que ver con el sistema nervioso y que era algo degenerativo”.

En la consulta del especialista, la niña hizo una pregunta que su madre nunca ha conseguido olvidar. "Mamá, ¿es que además de ciega me voy a quedar sorda?". Las dos salieron del hospital abrazadas, llorando. "Sentí que el mundo se me venía encima”, cuenta María Ángeles.

Pero aquella familia ya sabía que, después del dolor, siempre llegaba el momento de buscar soluciones. Cristina empezó a utilizar audífonos. Los quiso azules, inspirados en Frozen, y si podían llevar luces, mejor. Era una forma de seguir siendo niña, a pesar de todo.

Hoy, la joven puede oír gracias a los audífonos, pero la pérdida de comprensión del lenguaje ha obligado tanto a ella como a su familia a encontrar una nueva forma de comunicarse. Para ello utilizan el sistema dactilológico en palma, un método empleado por las personas sordociegas que consiste en deletrear cada palabra sobre la mano de quien recibe el mensaje.

"Encima de Rayo siento que puedo volar"

La hípica siempre había estado presente en la familia. María Ángeles montaba desde pequeña a caballo y Cristina había comenzado a practicar hipoterapia siendo muy niña para mejorar el equilibrio y la coordinación.

Sin embargo, tras la muerte de su pony, dejó de montar. Fue precisamente después de perder audición cuando su madre le propuso volver a intentarlo. "No quería obligarla. Solo le dije que probara una vez más. Si no sentía nada especial, se bajaría".

Pero bastaron unos minutos para comprender que el caballo seguía ocupando un lugar especial en su vida. Volvió a entrenar y, un día, Cristina le preguntó a su madre por qué ella no podía competir. Su madre respondió sin dudar. "Pues, es verdad... ¿por qué no?". Y así fue.

Desde entonces, Rayo, su caballo, se ha convertido en un compañero inseparable. Cuando monta, dice la propia Cristina durante la entrevista con este medio, deja de “pensar en todo lo demás”. "Me siento libre. Soy yo quien monta, quien siente cada movimiento y quien intenta sacar lo mejor de nosotros".

En competición nunca está sola. La acompañan su entrenadora, los voceadores y una voceadora-mediadora que la orientan durante el recorrido. Pero las decisiones las toma ella. 

"Cuando monto siento paz, alegría y una felicidad muy difícil de explicar. Encima de Rayo siento que puedo volar”, expresa la joven. "Allí no soy la chica sordociega. Soy una amazona (mujer jinete)".

Abrir un camino donde no existía

Antes de Cristina, no existía ninguna persona sordociega que hubiera participado en paraecuestre en España. No había reglamentos específicos. No había adaptaciones. Había que construirlas desde cero.

Junto a la Real Federación Hípica Española comenzaron un largo proceso de pruebas hasta desarrollar un sistema basado en un intercomunicador. A través de él, su entrenadora únicamente le indica la posición dentro de la pista, pero nunca el recorrido ni el ejercicio que corresponde ejecutar.

"La adaptación está para compensar las dificultades que provoca la sordoceguera, no para dar ninguna ventaja”, apunta María Ángeles.

Ese trabajo terminó incorporándose al reglamento federativo, junto al distintivo blanco y rojo que identifica a los deportistas sordociegos. "Si mañana otra persona quiere competir, ya encontrará una puerta abierta”, exclama María Ángeles.

Eso sí, cada campeonato implica una importante inversión económica. Mantener al caballo, entrenamientos, desplazamientos y el equipo humano necesario multiplica los costes habituales de cualquier deportista. Aun así, la familia nunca ha dejado de encontrar personas e instituciones dispuestas a apoyar el proyecto

La Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha ha confiado en este proyecto y les presta un apoyo muy importante. También cuentan con el respaldo económico de empresas privadas que han querido aportar su granito de arena. 

“Da igual que sean pequeños negocios o empresas de mayor tamaño; para nosotros toda ayuda tiene el mismo valor porque detrás de cada una hay personas que han creído en Cristina y en su proyecto”, explica María Ángeles.

Sin embargo, dar el salto a la competición nacional supone que todo el gasto se multiplica. “Miramos hacia delante con la esperanza de seguir encontrando personas, empresas e instituciones que quieran caminar a nuestro lado, igual que lo han hecho quienes han confiado en Cristina hasta ahora”, expresa la madre.

“Muchas veces los límites están en la mirada de la sociedad”

Para María Ángeles, sin embargo, el mayor éxito de Cristina nunca ha estado en los resultados deportivos. "No me siento orgullosa de las medallas. Me siento orgullosa de la mujer en la que se ha convertido”, explica su madre, emocionada.

La describe como una joven sensible, empática y tremendamente generosa, capaz de preocuparse antes por los demás que por sí misma. "Nunca ha permitido que todo lo que ha vivido la convierta en una persona amarga".

Cristina tiene un gran sueño deportivo: competir algún día en unos Juegos Paralímpicos. "No busco los aplausos. Me gustaría que un niño o una niña con discapacidad pudiera verme y pensar: 'Si ella ha podido, quizá yo también'”, dice Cristina.

Ese es el mensaje que lleva años transmitiendo. Que la discapacidad no determina “hasta dónde puede llegar una persona". “Muchas veces los límites están en la mirada de la sociedad”, señala la joven.

María Ángeles comparte esa misma convicción. Después de una vida entera acompañando a su hija entre hospitales, diagnósticos, entrenamientos y competiciones, asegura que la mayor enseñanza la ha recibido ella.

"La felicidad no consiste en tener una vida perfecta. Consiste en aprender a vivir plenamente la vida que te toca sin dejar de luchar por aquello que sueñas”, concluye María Ángeles, sonriente, sin apartar la mirada de su hija.