Carlos Lozano, villano por silbar en la ducha
En la recta final, la casa ha cambiado el drama por la sospecha permanente. Y Carlos, haga lo que haga (incluso silbar), siempre es culpable.

Dijo el martes Andrea Sabatini (había puesto Botticelli, ¿en qué estaría yo pensando?) que sin Carlos Lozano nos íbamos a aburrir la última semana. Confirmo que con Carlos también. Al menos las galas están entretenidas, porque lo que es la casa trasmutó ayer en La aldea del Arce. Es eso o la versión realitera de un fin de semana en casa rural del típico grupo de amigos que no se llevan tan bien, pero disimulan a favor de mantener el bueno tono en la quedada. El día empezó pleno de críticas a un mismo concursante: Carlos Lozano, ¿cómo no? Había mucha gente convencida de que una vez expulsado Manuel González su hermana Gloria sería otra. Les faltó decir si mejor o peor, porque la vi más insoportable y criticona con Carlos que nunca. Les molesta hasta que silbe en la ducha. Como todo el mundo, ¿no? ¿Acaso hay alguien que no silbe en la ducha? Carlos es un tipo normal y cualquiera se puede identificar con él en lo de silbar. En eso y en todo, menos en lo de serle infiel a todas las mujeres de su vida, aunque parece que alguna le pagó con la misma moneda.
En realidad, más que molestarles el silbido de Carlos lo utilizan para para confirmar que es un falso. ¿Qué tendrá que ver silbar con ser falso? Le sacan punta a todo, hasta al supuesto hecho de que si estuvieran usando el secador no silbaría. Es un nivel de análisis del comportamiento humano que ni el bueno de Juan Luis Arsuaga. También tienen algo de Iker Jiménez en su vertiente sobrenatural, porque cascó la silla donde estaba sentado Carlos y lo interpretaron como “señales que te da la vida”, además de mentar el karma. El recurso del karma lo usamos todos (yo ayer mismo, por ejemplo) y es polivalente. Supongo que harto de que le acusen de convivir en la casa y usar las galas como el teatro que son, terminaba Carlos pidiendo perdón y abrazando a los ratoncitos. Le trae sin cuidado, son solo cuatro y todavía confía en cargárselos a todos. Uno a uno.

No solo se niegan a hacerle la comida y le confeccionan más trajes que Balenciaga. Además, siguen provocando la discusión y negando lo evidente. Los ratoncitos niegan haber sido un grupo, por mucho que Carlos se esfuerce en describir lo que ha sido la historia de esta edición. Respondiendo a la tendencia normal en Gran Hermano hubo dos grupos, uno más numeroso que el otro y el pequeño parece que contó con la simpatía de la audiencia, al menos de quienes se manifiestan en redes sociales. Todo en orden. Está también admitido como parte de la tradición que quienes forman parte de un grupo (todos, o casi todos, en realidad) lo nieguen mientras hablan inadvertidamente de “el otro grupo”. De esa tendencia negacionista participa Anita Williams, una ratoncita más que niega serlo.
Sigue manteniendo Anita que ella es neutral, la Suiza de GH Dúo 4. Pero, como bien le dijo Carlos, ha estado metida en la ratonera desde el principio. Se escuda en que si algo no le ha gustado de su grupo (ese que nunca existió) se lo ha dicho a ellos sin dudar. Pero no se trata de ser su conciencia crítica, sino de pertenecer al grupo o no. Tampoco he visto a Anita defendiendo ni siquiera mínimamente el sentido común, la empatía y la falta de animosidad de ese grupo contra Cristina. Y no solo eso: participó del hostigamiento continuo al que estuvieron sometidos Carlos y Cristina, principalmente esta última. Me creo que lo hizo muy a su pesar, porque llevaba una estrategia evidente, consistente en polemizar poco e intentar llevarse bien con todos. Pero le traicionó su carácter y no fue capaz de evitar sumarse a la mayoría contra dos compañeros.
No quiso hacer sangre Carlos con Anita después de haberle dicho la mayor verdad escuchada sobre ella en esa casa. Fue en la gala del domingo y sonó así: “La única que no sabe dónde está eres tú. Mira la basura de concurso que llevas haciendo estos dos meses”. Carlos para esto es como Cristina, lanza unos misiles muy acertados directamente a la línea de flotación del enemigo. Anita ha hecho un concurso horrible, pero cuenta con la habilidad suficiente para hacer creer a la audiencia, y a algunos de sus compañeros de encierro, que ella es santa mujer y merece la beatificación. Entre la falsa santa y la monja asesina (también de mentira) podríamos haber disfrutado en esta edición una película de serie Z, como las del director Mario Baba. Pero nos tendremos que contentar con sevillanas, corros de la patata y mucha mala baba. En breve me explico.

La poco interesante historia entre Sandra Barrios y Juanpi Vega
Poco o nada he hablado de la historia truncada entre Sandra Barrios y Juanpi Vega antes de entrar en la casa. Presupongo que los espectadores de La isla de las tentaciones la conocerán. Hago una excepción porque me llamó la atención el mosqueo de Sandra porque Cristina preguntó si volvería con Juanpi. Si no lo ha contemplado en ningún momento y bajo ningún concepto es extraño su enfado. Cuando lo considera inadecuado porque tiene un novio fuera es porque todavía existe alguna posibilidad de que eso suceda. Personalmente, solo pido que diriman el tema una vez terminada esta edición.
No sé si fue por la clase de bailar sevillanas que montaron en la cabaña del jardín o porque están todos cansados de estar en modo reality, pero por la tarde llegaron las disculpas de Carlos. “Vamos a llevarnos bien”, empezó diciendo. Demasiado tarde para empezar a llevarse bien, no les va a dar tiempo a acostumbrarse. Después de los buenos propósitos vinieron las disculpas de verdad: “Si os he dicho cosas feas lo siento”. A esto siguió el abrazo de Anita, única en tomar contacto físico, y bailar el corro de la patata. No hay mejor forma de rubricar un perdón que bailar regresando a la infancia. Les faltó ponerse el baby.
Anita siempre estuvo segura de que llegaría a la final
No se hagan líos, la seguridad de Anita y esa inquebrantable confianza en sí misma no responde a otra cosa que a un carácter sin complejos. Anoche confesaba que lleva en la maleta un modelito que aún no se ha puesto porque lo está reservando para la final. Me hizo recordar las semanas que estuvieron sin acceso a sus maletas, habiendo podido rescatar tan solo las prendas que entraban en un petate muy al estilo Supervivientes (que pronto regresa). Ya hace mucho que Anita revelaba a los ratoncitos el día que se reencontraría con su hijo, según le había dejado dicho a él mismo. O sea, venía confiada de casa, sin necesitar de ningún chute ahí dentro.

Ya por la noche tuvieron la que probablemente sea última de las fiestas en la casa. Las fiestas con cinco personas tienen siempre algo de triste. Por suerte hoy llegarán los responsables de las contracampañas y esto va a ser otra cosa bien distinta. Prueba de la insoportable nueva realidad en la casa es eso que le decía Carlos a la silueta de Manuel: “Desde que te has ido esto ha cambiado mucho”. Con su salida se ha perdido el momento de las disculpas, lo cual seguramente será motivo de celebración por su parte. Más bonito fue su baile con la silueta de Cristina. Y más feo que a la de Carmen Borrego le dijese “el ch**** de vieja”. No pasa nada si luego se hace el “corro de la patata, comeremos ensalada, lo que comen los señores, naranjitas y limones, ¡achupé, achupé, sentadita me quedé!”.
Moleskine del gato
Escucho a Carlos Lozano silbando y no puedo evitar pensar en Cristina Piaget. Porque él no silba cualquier cosa. Ayer entonaba ‘Moon River’, de Henry Mancini, tema principal de la película Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany’s). E imaginaba a Cristina mirando las joyas de ese escaparate neoyorquino mientras mordisquea un bollo, elegantemente vestida. Cristina es una perfecta doble de Audrey Hepburn y Carlos bien podría pasar por el George Peppard de ese film (no tanto el de El equipo A).
Esta noche tenemos una fiesta con aroma a despedida. Tendremos las últimas nominaciones, una nueva expulsión y proclamación de finalistas. Yo ya siento la pena por el final de esta edición tan especial.
En el vídeo de hoy hablo de expulsiones y conveniencias. Sin hacer campañas, por supuesto.



