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El Che Guevara y el Pasillero: tal para cual

Siempre pendiente de los movimientos de las celebrities que se cuecen en los pasillos de Telecinco o en los de donde sea: si ayer me hacía eco del regreso de María Teresa al mundo de la información y de la renovación de los muebles de Ana Rosa (que son celebridades en sí mismas, si no que se lo digana las señoras del público que al llegar al plató sufren desmayan nada más ver la mesita o el chaise longue), hoy he de hablar de una celebridad de todavía mayor alcance.
El Che.
Aquellos que no tengan mucha noticia de sus actos y apariciones y no se hayan decidido todavía sobre si el muchacho fue un alma incorruptible y justiciera o un asesino desalmado que no se peinaba, les dejo las siguientes ilustraciones que seguro que sí les pondrán en antecedentes sobre quién era el Che:
cheito.JPG
El Che es, según un estudio de VH1, el icono pop nº 48 más usado del mundo. El nº 47, por si interesa a los lectores, son los Teleñecos. En la siguiente foto podemos ver reflejada la opinión de uno de ellos, la rana Gustavo, al conocer semejante dato:
ranagustavo.jpg
Pues total, que ahora Telecinco Cinema ha participado en la producción de una película de Steven Soderbergh sobre la figura de este, nuestro amiguito revolucionario, y como había canapés y copas de cointreau gratis, allá que me fui.
El estreno de Che. El argentino, en la Gran Vía madrileña, fue un evento muy bonito y hermoso. Las últimas veces que Telecinco me mandó a un estreno me encontré con Alberto San Juan, con un chico de un anuncio de Coca Cola y algunos actores de Escenas de matrimonio. Hoy, en el de Che, el argentino, me encontré con el ganador del Oscar Steven Soderbergh, el ganador del Oscar Benicio del Toro y con Rodrigo Santoro, o séase Paulo en Perdidos.
Vaya, que algo está cambiando en el mundo.
También estaban mis amados jefes, entre ellos Paolo Vasile. Y también J.A. Bayona, director de un montón de famosísimos videoclips como Cuando zarpa el amor de Camela, El cielo no entiende de OBK o El orfanato de Belén Rueda. Y también estaba allí Lolita. Ana de Armas, que intepreta a Carolina en El Internado (una serie que dicen que está bien pero ni los lectores de este blog ni yo la podemos ver porque la emite Antena 3), llegó, la vio y le dijo:
-¿Y no ha venido Elena?
Carolia se refería a Elena Furiase, su compañera de reparto en la serie.
-Pues no -le respondió Lolita.
Voy a dejar aquí una reflexión que espero que haga pensar a los departamentos de prensa de productoras y televisiones, porque yo esta noche he vuelto a casa con la cabeza como un bombo (y no por los gin tonics, que también). Verán, amiguitos organizadores de eventos, a partir de ahora clasifiquen a la gente que acude a sus saraos con tres denominaciones:
1. Prensa
1. Público
3. Pasilleros
Resulta que cuando estaba yo pululando por el interior del cine una amable señora de prensa me ordenaba que me sentase. Pero cuando le decía que no, que yo era de prensa, me ordenaba que saliese fuera. Cuando salía fuera, y por ser yo de prensa, sólo podía estar o bien en el photocall o dentro.
¿Y PARA QUÉ COÑO QUIERO CONTAR YO LO QUE PASA EN EL PHOTOCALL SI ESO, COMO SU NOMBRE INDICA, YA SE VA A VER EN LAS FOTOS?
Un pasillero está en todas partes, como Dios. Pero eso en los cines no cuela. Ante semejante injusticia y con las orejas echando humo no pude más que exclamar:
-Ay omá.
Había muchos invitados de otras cadenas que NO eran Telecinco (casi me tienen que hacer la respiración artificial de la rabia que me entró, ¿cómo osan?). Estaba Raquel Sanchez Silva, esa chica tan simpática que presenta absolutamente todos los programas de Cuatro, y también un actor de Física o química vestido con pantalones pirata (ay omá, me tuve que repetir). También estaba Soraya Sáez de Santamaría con un amigo suyo flaquiiiito, flaquiiiito, y también Carme Chaparro (de la que, recordad, sabéis gracias a mí que tiene un GPS con la voz de Chiquito de la Calzada). También estaba Marian Álvarez, una de las protagonistas de Hospital Central y, por si alguien no lo sabe, actriz premiada en el festival de Locarno por la película Lo mejor de mí, y también Maxim Huerta, y Lucía Riaño y Emilio Pineda.
Emilio Pineda llevaba una camiseta con la cara de Che, es lo que mandaba este evento. Obviamente si el estreno fuese de Buscando a Nemo lo suyo sería llevar una camiseta con la cara de un mero.
Cuando empezó la película, una señorita presentó a todo el equipo artístico, que estaba subido al escenario. Todos, uno a uno. Cuando llegaron a Rodrigo Santoro (recordemos una vez más, Paulo en Perdidos), uno que estaba detrás de mí explicó a sus amiguitos:
-Ese es el director de la película.
La cinefilia se respiraba en el ambiente.
Tras la película había dos fiestas. La cutre, en el Larios Café. El Larios Café, en la calle Silva, es el sitio donde se celebran todos los estrenos de la Gran Vía madrileña. ¿Y por qué? Pues será porque sólo dan ginebra Larios, que es como lo peor, o porque sólo ponen música de bakalas, o porque sólo hay a menos de cien metros cinco sitios mejores donde podrían celebrarse los estrenos. En cualquier caso, fue allí.
En esa fiesta estaban las actrices que desean ser la nueva Penélope Cruz -como Dafne Fernández- o los directores que un día iban a ser el futuro más grande del cine español -como Julio Medem-. El lenguaje corporal en ese tipo de fiestas responde a muy curiosas particularidades. Las cosas que hacen sólo un poco de gracia provocan en el otro el efecto de haber hecho muchísima gracia. La gente que casi te da igual ver provocan en el que se la encuentra el efecto de actuar como si llevase años buscándola. El mínimo dato que otorgue un poco de poder en el mundo audiovisual garantiza al que lo emite una hora de conversación entusiasta, cuando no un rato de sexo oral en el cuarto de baño.
Pero ojo, yo todo esto lo digo sólo como una posibilidad. ¿Qué sabré sobre este mundo si a mí lo que me gustan son los pasillos?
La fiesta chula, por cierto, estaba en el Me de la Plaza de Santa Ana. Por allá andaba Benicio del Toro y el equipo de la película, pero esa es una fiesta a la que yo no fui. A Benicio del Toro (al que yo admiro por Exceso de equipaje, su comedia romántica del 97 junto a Alicia Silverstone) ya me bastó verlo recibiendo un aplauso al término de la película que era igualito, igualito al que en la película recibe personificando al Che, cuando un montón de cubanos le aplauden por haber liberado a su pueblo.
Quiero decir, es curioso que el aplauso tenga exactamente el mismo sonido cuando va dirigido a alguien que salva a tu pueblo y a alguien que sencillamente te excita. Pensando en estas cosas me fui yo a casa, no sin antes parar en el VIPS a comprarme patatas fritas. Estas películas sobre revoluciones sociales me dan un hambre que me muero.