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Manu Leguineche, ¡adiós al Jefe!

Manuel LeguinecheEFE
La primera vez que hablé con él estaba escondido detrás de varias montañas de periódicos. Su despacho en la agencia Fax Press, que había fundado en los años 80, era un cubículo donde se amontonaban centenares de diarios apilados en altísimas columnas: era la prensa que Manu siempre tenía por leer.

Él mismo hacía el trabajo de revisar uno a uno los periódicos regionales que se nutrían de los teletipos de esa vieja y clásica agencia en la que muchos aprendimos los rudimentos básicos del oficio. El propio Manu se molestaba en estudiar qué era lo que más se publicaba, cuáles de las notas habían funcionado mejor en aquellos veranos madrileños a medio gas, en los que los periódicos tenían que llenar sus páginas con la mitad de la plantilla tostándose al sol.
En esa época no era habitual que los becarios o las cuqis (como nos llamaban cariñosamente a las becarias en Fax Press) hablásemos directamente con el “jefe”. Manu se dejaba ver poco en aquella redacción del año 96, sus apariciones eran escasas pero estelares. Recuerdo bien un día que trajo paella para toda la redacción y empezó a departir sobre la actualidad mundial, lo mismo disertaba acerca del curso de la guerra en el Congo o sobre la muerte de Lady Di y su escandaloso romance con Dodi. En otra ocasión trajo una caja llena de gatitos y nos invitó a adoptar uno. Yo salí de allí con mi primera mascota: Perry Mason nacido en los pechos de Leguineche. 
Los becarios de entonces sumábamos admiración y temor a partes iguales hacia su imponente figura de reportero-jefe-hombre. Fernando Lussón, el redactor jefe, que durante años fue su mano derecha e izquierda, se entretenía divertido en alimentar nuestros temores ante “el gran jefe”.
Cierto día de mi primer tórrido verano en Fax Press me tocó ir a entrevistar a mi paisano Arturo Pérez Reverte que presentaba uno de sus primeros libros. Al saber que trabajaba para Fax me encomendó saludar a su viejo amigo Manu con un mensaje textual: “Un abrazo Manu, de parte de la puta más grande del periodismo español”.
Al llegar a la redacción le conté aterrorizada a mi querido Fernando Lussón la tarea que me había encomendado el cabrón de mi paisano. Mi redactor jefe me dijo que fuera valiente y que entrara a trasladarle el mensaje: “ánimo Pilar, no creo que te vaya a despedir”. Llamé a la puerta del despacho y me dijo que pasará, a través de los periódicos vi su silueta, con las gafas puestas y las tijeras en la mano, examinando al detalle cada página y recortando las noticias firmadas por Fax Press o alguno de los periodistas de la agencia.
Trastabillándome le trasmití el mensaje de Pérez Reverte que había insistido en la importancia de ser fiel a la literalidad de sus palabras: “Un abrazo Manu, de parte de la puta más grande del periodismo español”. Manu emitió un graznido: “la putaaaaaaaaaaaaaaaa, la putaaaaaaaa, la putaaaaaaaaaaaa más grande del periodismo español, será cabrón”, clamó a voz en grito, “la puta más grande del periodismo español soy yo”, bramó soltando el periódico que tenía entre las manos. Me quedé clavada en el suelo, no sabía si darle la razón en cuanto al título de prostituta absoluta de los plumillas españoles u opinar que no, que Arturo era mucho más puta que él.
Tras unos eternos segundos me dio las gracias y me dijo que me podía marchar. Nerviosa me fui hacia la puerta, no sin antes tropezarme con un hatillo de periódicos y tirarlos al suelo, mientras los recogía escuché su voz detrás de mí: “Oye, puta sí, pero con gusto, eh” y me regaló una de sus deliciosas sonrisas.
Lo hizo todo en el reporterismo en este país cuando ser reportero no era ni si quiera un título del que enorgullecerse. Algunos privilegiados tuvimos la suerte de estar en las periferias de su vida, saboreando alguno de esos momentos tan “Manu”.