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La república independiente de Molenbeek


Que lo que pasa en Molenbeek no cruza el canal de vuelta al centro de Bruselas es un mantra silencioso que, de una u otra manera, trasmiten todos los que se atreven a conversar entre susurros con un periodista, en este gueto de gesto amable que ha alumbrado a los hijos (de puta) más ilustres del nuevo yihadismo.

En los últimos quince años buena parte de los delincuentes de poca monta, reconvertidos en terroristas de medio pelo, que han esparcido desastres en estaciones de metro, aeropuertos, terrazas de verano o salas de conciertos, han pasado por este suburbio, separado del centro de Bruselas por un canal artificial que parece un abismo natural.

María Victoria suspira aliviada cuando llega a la parada que marca los límites del barrio. La república independiente de Molenbeek es un lugar seguro para esta manchega que tuvo varias vidas antes de soñar el Islam tres noches seguidas e interpretar después, ya despierta, que esta vida era la única que deseaba. Hace tres años, la crisis económica barrió su futuro y el de su esposo Mohammed, como imán en la localidad vinícola de Valdepeñas, y miraron hacia el lluvioso norte belga.

Él hablaba el francés de su viejo Marruecos y el suburbio más densamente poblado
de la región de Bruselas le pareció un lugar mejor que cualquier otro para reinventar nuevas esperanzas. Buscando el calor de algunos de los, al menos cuarenta mil marroquíes que viven aquí, recalaron en este singular santuario que se ha convertido en su hogar y fortaleza.

Casi todo el mundo sospechaba que Salah Abdeslam estaba escondido en el territorio amigo de Molenbeek. Su familia es conocida y querida por unos y desconocida o despreciada por otros pero ahora se ha puesto de moda, sobre todo entre los más jóvenes, decir que eras uno de los que sabía que Abdeslam estaba oculto en el entresuelo del número 79 de la calle de los Cuatro Vientos. Fue una mera casualidad que la policía lanzara cuatro granadas, justo cuatro, para hacerle salir del edificio. También debió deberse al azar que el bloque de pisos escogido como refugio perteneciese al ayuntamiento. Pero no había azar sino certeza en el hecho de que todos sabían que si cogían sería en una de las animadas calles de Molenbeek.

El día de la redada sobre el sótano-refugio del terrorista, el antiguo imán de Valdepeñas fue antes de la hora habitual a buscar a sus dos hijas al colegio. Se perdió el espectáculo de las fuerzas especiales belgas atrapando por fin al fanático más buscado pero merendó con sus niñas, sanas y salvas en casa. El colegio de pequeños y la guarida del único autor vivo de los atentados de París estaban muy cerca. A menos de medio kilómetro se encuentra la casa de la madre de los Abdeslam, y dicen los vecinos que a estos terroristas de nueva generación no les gusta mucho separarse de las faldas de la mama.

Hay quien se indigna, quizá con un exceso un tanto teatral, de que la policía no haya sido capaz de cogerle en tanto tiempo pero la mayoría confiesa que no denunciaría. Unos por miedo, otros por evitar problemas y unos pocos, quizá muchos, por una suerte de compromiso no escrito que sienten y que no les permite delatar a otro musulmán aunque le consideren un perro del infierno, que es como describe el Islam verdadero a los delincuentes ascendidos a asesinos que maltratan su nombre.

María Victoria lloró mucho el día de los atentados de Bruselas. Suele coger esa línea para hacer la casa de un funcionario de la Unión Europea para el que trabaja. Esa mañana se sentía enferma, sabe que Dios le mandó un mal catarro para no mandarla a la peor de las muertes. Se siente tranquila y segura en Molenbeek, como la mayoría de los vecinos cree que en el barrio-fortaleza nunca atentarían los fanáticos pero no se
da cuenta de que los perros del infierno no tienen amigos.