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Inmigrantes y maltratadas: el eslabón más frágil

A Benito Domínguez se le pone la piel de gallina cada vez que piensa en algunas de las mujeres que protege. Tiene miedo por ellas: "hablas tanto sobre sus problemas, lo que han pasado, lo que están pasando y lo que les queda por delante que sufres mucho, aunque más sufren ellas". El contacto es tan estrecho entre protector y protegida que este agente de la Guardia Civil, uno de los dos que hay en la localidad murciana de Torre Pacheco especializados en violencia de género, es, a menudo, más psicólogo que policía: "No desconectas nunca. Estás en casa y piensas en un caso o en otro. No paras de darle vueltas y te preguntas si estará bien esa a la que no has podido localizar; si la habrá llamado su agresor y, lo peor, si se está planteando volver con él".
Najat por fin tiene claro que no volverá con su maltratador. Tiene 26 años y hace uno que su marido la abandonó en medio de una carretera en Marruecos y le quitó a su hijo, gracias a la policía marroquí y al consulado español pudo recuperar a su niño y volver a España, donde vivía desde hacía siete años y donde ahora se plantea empezar de cero: "Quiero mi vida con mi hijo. Tener un trabajo, una casa, estar tranquila. Aunque mi hijo está muy nervioso desde que no tiene a su padre". El pequeño Mohamed, de cuatro años, todavía sufre las secuelas de las palizas que sufrió su madre estando embarazada: "Él siempre me pegaba, también cuando tenía a mi hijo dentro por eso nació a los cinco meses pero yo nunca me quejé. Pensaba que mi hijo necesitaba a su padre y no quería que creciera sin padre".
Cati no se resignaba al maltrato aunque pasó cuatro años sufriéndolo: "siembre tomaba y después me pegaba. Era muy agresivo y ya al final no lo aguantaba más, sobre todo cuando me enteré de que tenía otra mujer". Ahora está sola y en paz: "No tengo que cocinar para nadie, ni lavar para nadie, ni que nadie me mande ni me ordene".
Ester Soto, psicóloga del Centro de Atención a la Mujer Maltratada de Torre Pacheco, tiene claro que la cultura y la educación son el gran impedimento para que estas mujeres denuncien y acudan a los recursos que tienen a su disposición: "El problema es que la mayoría no se plantean que están sufriendo maltrato".
Para ellas es normal que su marido les pegue, lo han visto siempre y asumen "que es así". Por eso insiste en que hay que trabajar mucho para llegar a ellas con las campañas de concienciación y a través de las asociaciones de inmigrantes: "Deben entender que en España no es así, que el maltrato condenado por la sociedad y por la ley". Al miedo de cualquier mujer maltratada se une, en el caso de las inmigrantes, el miedo a la expulsión: "A mi me caducaron los papeles y después de denunciar me denegaron los papeles. Ahora he tenido que pagar una abogada para que me los componga. A ver si puede porque si no tendré que volver a Ecuador y allí sacar adelante a mis cuatro hijos", explica Cati. Mabel, la trabajadora social del CAVI (Centro Atención Mujer Maltratada) insiste ante las mujeres que acuden a pedir información que denunciar no significa expulsión: "Les decimos que les atendemos desde tres ámbitos. Tenemos una psicóloga, una trabajadora social y una abogada y precisamente la abogada les ayuda a buscar la manera de poder quedarse. Siempre hay alternativas pero para encontrarlas tienen que pedir ayuda".
Pero el verdadero drama del maltrato entre las inmigrantes no son las mujeres que denuncian sino sobre todo las que no lo hacen. Es un colectivo que sufre un maltrato silencioso, explica la psicóloga Ester Soto. "A las que no llegan al sistema es imposible ayudarlas", añade el agente Benito Domínguez. Detrás de las puertas, en el interior de las casas donde se hacinan familias, se reproduce el infierno más íntimo. "A mi me ha llegado a decir un agresor que él estaba haciendo lo que debía, que no estaba haciendo nada malo, que era su mujer y por eso la agredía..."