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Jairo Miguel, el torero más joven en matar seis toros

El diestro cacereño Jairo Miguel, de dieciséis años, triunfó en la plaza de toros "Era de los Mártires", de donde salió a hombros tras cortar tres orejas, después de encerrarse con seis toros en una corrida celebrada a beneficio de la Asociación de Familias de Personas con Trastornos del Espectro Autista (Aftea).
Jairo Miguel ha logrado además establecer un nuevo récord en la historia de la tauromaquia, al convertirse en el matador más joven en lidiar en una corrida seis astados.
En una tarde soleada, que a medida que fue transcurriendo se fue tornando gélida, los espectadores -casi tres cuartos de entrada (cerca de 2.500 personas)-, esperaban una gran tarde de toros y nada más aparecer el diestro para realizar el paseíllo, le tributaron una sonora ovación.
El matador cortó una oreja al tercer morlaco, sin duda la mejor faena y dos al quinto, al único al que consiguió matar a la primera, lo que llevó a la presidencia a otorgarle un segundo generoso trofeo.
El diestro se mostró durante toda la tarde voluntarioso, elegante e hizo una exhibición de una forma física formidable. Incluso con algunos de los toros, sobre todo el primero y el tercero, su torero llegó a destilar pequeñas dosis de arte, en varias tandas de muletazos, tanto con la derecha como con la izquierda.
Sin embargo, su falta de acierto con el estoque le impidió recoger un premio mayor.
Con el tercero del lote, un astado de 440 kilos, Jairo Miguel vio rápidamente que tenía su oportunidad de abrir la puerta grande, no se lo pensó y decidió dar el todo por el todo.
Recibió al morlaco con una bella tanda de "verónicas" y logró trenzar un quite por "chicuelinas" que arrancó las palmas de los asistentes, que a esa alturas del festejo se encontraban ya rendidos a su nuevo héroe.
Jairo Miguel cuajó varios meritorios lances con la muleta, sobre todo por la derecha, pero la falta de acierto en la suerte final le impidió que la faena recibiera mayor tributo.
Al final de la corrida, los espectadores despidieron al torero con una estruendosa ovación, que no amainó ni cuando éste iba desapareciendo a hombros del gentío.