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Paul McCartney en Madrid: la jovialidad atemporal del Beatle perpetuo

Doce años y tres días después de su último concierto en Madrid (y en España), Paul McCartney hizo este jueves las paces con el público patrio, que aunque no llegó a abarrotar el Vicente Calderón, sí consiguió que el coliseo rojiblanco mostrara el saludable aspecto de las grandes ocasiones con 45.000 personas entregadas a la causa.
Y es que ante un público absolutamente intergeneracional, con todos los rangos de edad imaginables representados, el Beatle perpetuo tenía la partida más que ganada antes de que 'el balón comenzara a rodar'. Ambiente de las grandes ocasiones, de las que se quedan guardadas más allá de la retina, a buen recaudo en el rincón de los recuerdos a los que recurrir en momentos de necesidad.
Ya la ovación que McCartney se llevó nada más poner los pies en el escenario reconfirmó que el gentío acudía a la llamada de la fiesta, y a partir de ahí, con A hard day's night sonando, todo se desarrolló en un abrir y cerrar de ojos. Con el sonido inicialmente embarullado y algo falto de volumen, si bien esto mejoró paulatinamente durante las dos horas y medias de recital hasta llegar a niveles de excelencia.
El ímpetu inicial se apoya en Save us, tema rockero reciente indudablemente guitarrero, al que sucede la jovialidad atemporal de Can't buy my love, segunda canción de los Beatles en una velada que aunque repasaría todas las etapas del liverpuliano, alcanzaría repetidamente diversos clímax al recuperar el viejo cancionero de los escarabajos. "Hola Madrid, hola España, ¿qué pasa troncos?", grita McCartney ante la algarabía y el jolgorio generalizado.
Porque Paul, con permiso de Ringo y ante las tristes ausencias de John y George, es el Beatle perpetuo, referente de toda una era encargado de refrescar cada noche el repertorio de la legendaria banda que cambió las reglas del juego de la música pop. Una banda que dejó un legado de valor incalculable y que, como bien comprobó el público madrileño, todavía palpita.
Cierto es que el McCartney, quien cumplirá 74 años el próximo 18 de junio, no empezó en las mejores condiciones, con cierta afonía y regalando 'adorables gallos' al personal, pero supo suplir esto con carisma y oficio, arengando insistentemente y haciendo evidentes esfuerzos por hablar en español (leyendo notas que alguien le había escrito).
Después del inicio avasallador, se reivindica a sí mismo con un tramo un tanto disperso con temas como Letting go, la loca electrónica de Temporary secretary, Let me roll it, I've got a felling, My valentine, Nineteen hundres and eighty-five y Here there and everywhere. Canciones de su etapa solista, de su segunda banda Wings y otras no precisamente principales del catálogo Beatle.
Pero vuelve a recuperar el pulso Paul con ese baladón que es Maybe I'm amazed, al que siguió el inevitable coro colectivo con We can work it out, antes de retroceder en el tiempo hasta su propia prehistoria para interpretar In spite of all the danger de The Quarrymen, la banda preludio de los Beatles en la que ya estaban también Lennon y Harrison allá por finales de los cincuenta.
Triada de Beatles con You won't see me, la saltarina Love me do y And I love her, antes de quizás el momento más revelador de la noche con McCartney cantando solo con su guitarra sobre una plataforma las delicadas Blackbird y Here today, que generaron un sentimiento de recogimiento e intimidad impensable apenas cinco minutos antes mientras todo el estadio bailaba al ritmo de Love me do. Y para rematar, un guiño al Give peace a chance que pareció improvisado y quedó tan emotivo como simpático.
De nuevo dos temas de su último disco de 2013, Queenie eye y New, para proseguir después con The fool on the hill y Lady Madonna, a la que sigue FourFiveSeconds, su colaboración con Kanye West y Rihanna, que marca el punto de inflexión del concierto, pues llega el momento de Eleanor Rigby, Being for the benefit of Mr Kite, Something (con cariñoso recuerdo a su compositor, George Harrison) y Ob-La-Di Ob-La-Da. Ya no hay vuelta atrás, una vez en este punto, la ascensión es fulgurante.
Incluso el sonido va subiendo progresivamente para dotar de músculo al tramo definitivo del concierto, en el que se suceden el clásico de Wings Band on the Run, el poderío rockero de Back in the USSR y la infinita emotividad de Let it be, con Paul sentado al piano y las 45.000 personas congregadas en el Vicente Calderón disfrutando profundamente de la liturgia, antes del estruendo de Live and let die, con festival pirotécnico y llamaradas de esas que tanto gustan en directo.
Cuando aún quedan ardorosos rescoldos en el despejado cielo de la noche madrileña, comienza a sonar el piano de Hey Jude y todo el Vicente Calderón se pone en pie sin que el párroco lo pida, sabedor de la solemnidad del momento y perfectamente preparado para cantar a pleno pulmón uno de esos himnos del siglo XX que todavía ahora siguen partiendo estadios en mil pedazos. Un momento de escape y de impagable optimismo vital.
Hasta aquí han sido 33 canciones en las que todo ha discurrido de menos a más, sin duda perfectamente calculado, con un Paul especialmente simpático, que hace gestos sin parar, que bromea con el público y que hace fácil lo difícil. A esto, sin duda, también aporta una banda más que solvente integrada por Paul Wix Wickens (teclados), Brian Ray (bajo, guitarra), Rusty Anderson (guitarra) y Abe Laboriel Jr (batería). Todos saben lo que tienen entre manos y le sacan el máximo jugo posible.
Pero no se vayan todavía, que aún hay más. Queda nada menos que Yesterday interpretada por McCartney solo con su guitarra en el centro del escenario, con su voz prácticamente sepultada por las de los asistentes, que en este punto se abrazan, se tocan, se sienten. No cuesta demasiado ver lágrimas asomando en multitud de pares de ojos que tratan de retener el momento para siempre. Ojalá lo consigan.
En este ambiente de emoción comunal suena Hi Hi Hi y aparece una pareja en el escenario para comprometerse matrimonialmente ante los presentes. Y a modo de celebración llega el turno de la ruidosa Birthday, antes de la traca final con Golden slumbers, Carry that weight y la perenne The End, que marca el punto y final a una velada de dos horas y media de nostalgia con presente.
Porque aunque vaya rumbo a los 74 años, en realidad Paul McCartney dio en Madrid una clase magistral de jovialidad atemporal, de esas que hacen pensar que realmente la edad es un estado mental. Y en su caso, por momentos sigue pareciendo aquel muchacho que hemos visto millones de veces flanqueado por sus compinches John, George y Ringo. Será la magia del rocanrol o será, quizás, que efectivamente es el Beatle perpetuo.