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Dos decisiones judiciales opuestas reabren el debate sobre la eutanasia en Reino Unido

La decisión tomada por un jurado popular respecto Gilderdale a contrasta con el veredicto del pasado jueves de otro jurado, que condenó a Francis Inglis por matar con una inyección letal de heroína a su hijo Thomas, también paralizado en una cama desde julio de 2008.
En el caso de Gilderdale, ésta administró a su hija, Lynn, que padecía una encefalomielitis miálgica incurable, un cóctel de fármacos y le inyectó en vena tres jeringuillas de aire para provocarle la muerte después de que la joven intentase sin éxito quitarse la vida con una sobredosis de morfina y pidiera a aquélla expresamente que la ayudara a morir.
El juez encargado del caso criticó a la fiscalía por insistir en el procesamiento de la madre mientras que alabó la labor del jurado: "Nunca hago declaraciones sobre las decisiones de los jurados pero esta vez debo decir que demuestra sentido común, decencia y humanidad".
Muy distinta fue la reacción que suscitó el veredicto del jurado que declaró culpable a la otra madre, Francis Inglis, por un hecho similar: el público asistente al juicio abucheó a los miembros del jurado con gritos de "vergüenza" tras escuchar la sentencia condenatoria.
En esta última decisión debió de pesar el hecho de que Inglis, madre de tres hijos, estaba en libertad condicional por haber intentado antes poner fin "al infierno en vida" de su hijo en el momento de registrarse con un nombre falso en el centro donde ése estaba hospitalizado.
La familia de Inglis, que sostiene que ésta mujer actuó sólo por amor, ha pedido la revisión de la condena.
La diferencia entre los dos casos es que mientras que Lynn había hecho público su deseo de morir en un diario on line dirigido a sus amigos más cercanos, Thomas, que sufría graves daños cerebrales, no tuvo oportunidad de pronunciarse sobre este tema y fue su madre la que, desconfiando de algunos pronósticos médicos optimistas, decidió acabar con la vida de su hijo. EPF