“Yo compartía con Miguel Ángel ejecutiva en las Nuevas Generaciones del Partido Popular en el País Vasco", ha afirmado
La verdadera relación de Borja Sémper y el socialista Eduardo Madina más allá de la política
El asesinato de Miguel Ángel Blanco es uno de los momentos más trágicos que España ha vivido desde la llegada de la democracia. El concejal, que se había afiliado a las Nuevas Generaciones del Partido Popular del País Vasco ante la insistencia de su amigo Iñaki Ortega, fue secuestrado y asesinado por ETA. Todo ocurrió en un plazo de 48 horas que paralizó el país, causando una conmoción que sigue siendo difícil de comprender para los jóvenes que no lo vivieron en primera persona.
Uno de los políticos actuales que más se ha esforzado por explicar el caso Miguel Ángel Blanco es Borja Sémper. El diputado del Partido Popular vivió la situación de cerca, ya que ambos eran compañeros de ejecutiva de las Nuevas Generaciones y ambos sabían que ese cargo ponía su vida en peligro. “Yo compartía con Miguel Ángel ejecutiva. Suena muy serio, pero éramos unos chavales todos en la ejecutiva de las Nuevas Generaciones del Partido Popular en el País Vasco. Nos conocíamos, éramos todos veinteañeros. Fue un impacto terrorífico, porque fue la primera vez que ETA fue narrando un asesinato”, explicó el diputado en una entrevista.
Para Borja Sémper uno de los asuntos más indignantes del suceso es el hecho de que Miguel Ángel Blanco ni siquiera fuera una persona particularmente relevante en el Partido Popular. Hijo de un albañil y una ama de casa, el concejal fue víctima de la “democratización del terror”, un proceso en el que ETA intensificó sus ataques indiscriminados. Dejó de atacar a policías y militares para fijar como objetivo también a políticos locales o periodistas. El otro gran factor que diferenció el secuestro de Miguel Ángel Blanco, según Sémper, fue que ETA lo convirtió en un asesinato mediático. La banda terrorista, tras notificar el secuestro a las autoridades, informó de que, si no se llevaba a cabo de forma inminente el acercamiento de presos, ejecutarían al rehén en 48 horas. El gobierno de José María Aznar, sin embargo, no cedió ante el chantaje.
Fueron muchos quienes, viendo la reacción social, esperaron que ETA rectificara. Sin embargo, la banda terrorista no se detuvo. El secuestro de Miguel Ángel Blanco tuvo lugar apenas una semana después de que Ortega Lara fuera liberado tras ser retenido forzosamente durante 532 días. La banda terrorista buscaba venganza y, por algún motivo, consideraba que asesinar a Miguel Ángel Blanco sería una victoria.

“El conjunto de la sociedad española salió a la calle y no hubo ni el más mínimo gesto de compasión o de humanidad por parte de ETA. Sabíamos la crueldad de la que eran capaces, pero nunca nos lo habían anunciado de tal manera. Nunca nos habían narrado un asesinato (...) Hizo que la sociedad se movilizase en Euskadi de manera masiva, mayoritaria, que ocupase espacios que hasta entonces estaban vetados como la parte vieja de San Sebastián”, explicaba Sémper.
ETA no solo no consiguió su objetivo, sino que, con su frialdad, consiguió hacer cambiar de opinión a muchos simpatizantes del grupo terrorista. Incluso quienes consideraban que la violencia podía ser una vía legítima para conseguir el cambio social se situaron en contra de un proceso de democratización del terror que el grupo no dejaba de acelerar. El asesinato marcó el inicio de un declive político y social que, junto a la mayor colaboración entre España y Francia y las negociaciones con el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, dio lugar al cese de la violencia.
El propio Sémper pudo haber sufrido un destino muy parecido al de Miguel Ángel Blanco. En 1997 ETA tenía previsto asesinarlo de un tiro en la cabeza en la facultad en la que, por entonces, estudiaba derecho. “Yo me salvé porque ese día no fui a clase”, decía tiempo después. “No siento odio hacia ellos, pero sí quiero que respondan ante la justicia. También me gustaría un cara a cara para preguntarles por qué querían matarme y qué creen que habría cambiado conmigo muerto”.
De hecho, tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco, Borja Sémper tuvo que volver a recurrir a un escolta que anteriormente había rechazado. “En aquel Euskadi donde todo estaba invertido, éramos nosotros los que generábamos incomodidad cuando llegábamos a un sitio, y no los que nos querían matar”, recordaba.
Todos esos capítulos, por suerte, son ya historia de España y no un evento de actualidad.

