Cocinas

La cocina donde Carla Pereyra y Simeone preparan los alimentos de su propio huerto

Cholo Simeone y Carla Pereyra
Carla Pereyra y Simeone. Getty Images
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Hay hogares que se diseñan para ser admirados y otros que nacen con una intención mucho más profunda, para ser vividos. La cocina de Carla Pereyra y Diego Simeone pertenece a esta segunda categoría. Es un espacio donde la estética se pone al servicio del bienestar, donde cada decisión responde a una filosofía de vida y donde la familia se sitúa en el centro de todo.

La cocina forma parte del proyecto transformación integral de una casa que compraron en 2016 y que, en palabras de la propia Carla, poco tenía que ver con lo que es hoy. Durante un año completo, se volcaron en una reforma que redefinió por completo los espacios, apostando por la luz, la amplitud y, sobre todo, la funcionalidad. “La compramos en 2016, y era otro tipo de casa, totalmente. Estuvimos un año reformándola por completo. Yo me impliqué mucho en todo. Era importante para mí que fuese una casa muy limpia, con espacios muy amplios, con mucha luz natural, y que fuese funcional. También me preocupé muchísimo porque fuese lo más sostenible posible”.

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La cocina no es un espacio aislado, sino el reflejo de una manera de entender el hogar. Abierta, consciente, conectada con el entorno. Aquí, cocinar no es solo una necesidad, sino un acto cotidiano que se convierte en experiencia compartida. Y es que este espacio no solo alimenta el cuerpo, sino también los vínculos. Es el escenario donde la familia se reúne, donde las niñas participan, donde los ingredientes llegan directamente del huerto y donde cada receta tiene algo de historia.

Sostenibilidad y alimentación

La cocina de Carla Pereyra y Diego Simeone no se entiende sin su compromiso con el medioambiente. Aquí, sostenibilidad y alimentación forman parte de un mismo relato. Todo está conectado. La energía que consume la casa, los alimentos que llegan a la mesa, la forma en que se producen y se consumen. Un sistema donde cada elemento se retroalimenta. El dato es revelador, el 75 % de la energía que utilizan es autoproducida. Una cifra que no solo habla de eficiencia, sino también de responsabilidad. La instalación de placas solares y sistemas de aerotermia supuso una inversión importante, pero para Carla era una cuestión de coherencia. Tal y como aseguraba en una entrevista a Hola: “Me preocupé mucho porque la casa fuese lo más sostenible posible. Instalé placas solares y aerotermia. Fue una gran inversión, pero para mí era una especie de responsabilidad personal”.

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Este compromiso se traslada directamente a la cocina. La pareja apuesta por una alimentación basada en productos orgánicos y de proximidad. En casa, lo que se come es, en gran medida, kilómetro 0. Tienen dos huertos que cuidan durante todo el año, y además cuentan con proveedores locales que les traen productos frescos de granjas cercanas a Madrid.

Luz, materiales nobles y vida en común

Cocina, comedor y salón dialogan entre sí, creando una sensación de continuidad que favorece la convivencia. A pesar de estar abierta, el ambiente no resulta frío. Al contrario, es cálida, acogedora y llena de matices. La clave está en la elección de materiales. La madera, protagonista indiscutible, aporta textura y calidez. Los materiales nobles refuerzan esa sensación de hogar vivido, auténtico.

La luz natural es otro de los grandes aciertos. Los amplios ventanales, que se abren directamente al jardín, permiten que la cocina se inunde de claridad durante todo el día. En el centro, una isla multifuncional se convierte en el eje del espacio. No es solo un lugar para cocinar, es también punto de encuentro, espacio de conversación, rincón donde reconectar en pareja tras una jornada intensa. Es, en definitiva, el corazón de la cocina.

Las islas de cocina, durante años símbolo de modernidad, han encontrado aquí un complemento perfecto como mesa de cocina. Líneas rectas, muebles panelables y una estética depurada conviven con materiales cálidos y detalles que aportan personalidad.

Una cocina con múltiples zonas

Uno de los aspectos más interesantes de esta cocina es su organización en diferentes zonas. Aunque el espacio es abierto, está cuidadosamente estructurado para adaptarse a las distintas necesidades de la familia. Las puertas de cristal permiten delimitar sin cerrar, manteniendo la sensación de amplitud, pero ofreciendo cierta independencia cuando es necesario. Esta solución aporta versatilidad y dinamismo al conjunto.

Existe, además, una zona especialmente pensada para las niñas, una pequeña mesa de comedor, de formato redondo, acompañada de una televisión. Es un rincón acogedor, casi íntimo, donde pueden jugar, dibujar o simplemente estar mientras se prepara la comida.

Del huerto a la mesa: una experiencia que educa y conecta

Pero si hay algo que define verdaderamente esta cocina es su conexión directa con el huerto. En el jardín, la familia ha creado un pequeño espacio donde cultivan sus propios alimentos. No es solo una cuestión práctica, sino también educativa y emocional.

El huerto está dividido en pequeñas parcelas donde plantan distintas verduras. Las niñas participan activamente en todo el proceso, desde preparar la tierra hasta cuidar las plantas. Rastrillo en mano, se convierten en pequeñas hortelanas, descubriendo de forma directa de dónde vienen los alimentos.

Este contacto directo con el origen de los alimentos transforma la experiencia de cocinar. Lo que llega a la cocina no es solo un ingrediente, sino el resultado de un proceso compartido. Y eso cambia completamente la manera de entender la comida y como gira todo entorno a la cocina.