El bar de toda la vida con ambientazo y buen precio que se llena de cine durante el Festival de Málaga
En la 29 edición del festival de cine español, nos colamos en la historia del bar más frecuentado por la prensa especializada. Comida de siempre, buenos precios y música que une a todas la generaciones.
Antonio Banderas revela su plato favorito de Málaga: "Maravilloso"
Los invitados VIP a la 29 edición del Festival de cine de Málaga seguro que disfrutan de la alta gastronomía de la ciudad durante su visita, que no es poca y además muy variada. Habrá algunos que también quieran saborear los platos de toda la vida y acaben, como es habitual, disfrutando de las clásicas raciones de El Pimpi. No solo es uno de los más emblemáticos de la ciudad, sino que también forma parte de los negocios de Antonio Banderas, algo que impulsa que muchos de sus colegas de profesión encuentren en este espacio para el deleite de los paladares ese anonimato que buscan durante las frenéticas jornadas de festival.
Más allá de los restaurantes con estrellas Michelin de la ciudad (como Kaleja, Blosson y José Carlos García), los recomendados por la guía o los que tienen Sol Repsol, la prensa especializada —la que de verdad se 'patea' Málaga durante días entre visionados, ruedas de prensa y entrevistas— siempre se encuentra en el mismo sitio. Y no falla. Un céntrico bar que se ha convertido en un lugar de peregrinación para el que busca tapas de calidad, cocina tradicional con algún guiño 'trendy', a buen precio y algo más.
Tiene la esencia de los bares de toda la vida, la barra, la atmósfera y esa esencia que otorga el buen hacer y la cercanía. No lleva más de 100 años, aunque bien podría parecerlo, son solo 14. Un día un argentino llegó y triunfó con la idea de recrear en su local de la Málaga actual algo que rememorase esos antiguos despachos de vinos y las tabernas ya algo olvidadas... El resto es historia, historia muy del presente.
De visita en La Tranca
Se llama La Tranca y ese algo más de este conocido y querido bar malagueño, se traduce en un lugar que se define por la música ecléctica y la decoración (llena de pósters, portadas de vinilos y recuerdos de los años 50, 60, 70...), porque las comandas se cogen con tiza y porque las canciones que suenan —y que a menudo se cantan— se las saben las abuelas y los nietos (clásicos del folclore de toda la vida y de las divas de la música española).
Entre sus puntos fuertes está que no cierra, uno puede ir cuando mejor le venga, entre las 12 y la 1.00 horas, cualquier día de la semana. Además, La Tranca está en pleno centro de Málaga (c/Carretería, 92) y dispone de una amplia carta en la que es difícil no encontrar muchas opciones que despierten el apetito. Son famosas sus empanadillas (con nombres de folclóricas), pero también sus tortillas (nada sencillas y todo sabor), las albóndigas en salsa, el guiso del día, las gildas y su carta de vermús, vinos de la tierra y cervezas bien tiradas. El personal es realmente amable y, entre malagueños y turistas, porque es imposible que no hayan ubicado en las guías esta pequeña joya, los de las acreditaciones colgadas que abarrotan la ciudad durante una semana se sienten acogidos para una comida o cena rápida entre estreno y estreno.
Esencia andaluza y singular
Aunque el bar ha conseguido mantener su esencia tras su traslado (misma decoración, mismos muebles...), los que conocieron La Tranca anterior, más pequeña y coqueta, no pueden olvidar las fiestas que se montaban, de gente de todo tipo cantando a todo pulmón cualquier himno de Raffaella Carrá, Marisol o de María Jiménez. A cualquier hora de la tarde, entre vinos, croquetas y tapas de jamón ibérico cortado a cuchillo. No cabía un alfiler, las cañas sobrevolaban las cabezas para pasar de mano en mano y el buen ambiente se respiraba entre botellas de La Casera antiguas, carteles de toros, estampitas de vírgenes y rincones retro con detalles que te recordaban a la casa de tu abuela.
Aún surgen esos momentos de cuando en cuando también en este nuevo local, más grande y con más posibilidades que el anterior. Son momentos mágicos que los periodistas y críticos se llevan en la maleta cuando vuelven a casa. Entre los recuerdos de un festival más, además de esa entrevista inesperadamente interesante, de esa película que les ha marcado, de las risas entre colegas y del cansancio, también se llevan ese momento de desconexión, de disfrute sin pretensiones, de comunión entre desconocidos y conocidos en torno a un plato, un vaso de Victoria bien fresquita y la música que más une...
Hasta el próximo 15 de marzo seguirán los invitados y la prensa disfrutando del cine patrio, pero también de la gastronomía que ofrece la capital de la Costa del Sol y en este pequeño rincón se respira aún ese aire de bar del barrio, de la cocina de siempre que nadie quiere que se pierda.