Estrella Michelin

Javier Gil, el mejor camarero del año: "La primera vez que me puse el uniforme me enamoré"

El mejor camarero del año, Javier Gil
Javier Gil, del Restaurante Gaytán de Madrid. (Foto: cedida)
Compartir

Algunos oficios pueden empezar como una imposición y acabar convirtiéndose en destino. El de camarero, tantas veces mal entendido, es en realidad un ejercicio de precisión, intuición y humanidad. Javier Gil (Restaurante Gaytán, Madrid), lo aprendió detrás de una barra familiar, casi como castigo, y hoy lo reivindica como una forma de estar en el mundo: la de quien no solo sirve, sino que cuida.

Me enseñaron algo fundamental: que ganarse un cliente cuesta muchísimo tiempo… y perderlo apenas unos segundos

Javier Gil

Atiende a mi llamada con extrema amabilidad y al calor de un café, todavía humeante, responde con su elegancia bien cultivada a las preguntas:

—Javier, hay una primera pregunta que casi es una curiosidad personal: ¿en qué momento ser camarero dejó de ser una circunstancia y se convirtió en una elección de vida?

PUEDE INTERESARTE

—Se convirtió sin elección. Fue casi un castigo. Mis padres tenían un negocio familiar que había iniciado mi abuelo y, tras un año bastante “fructífero” en el instituto, “con un boletín de notas memorable”, mi padre decidió que aquel verano me iba a venir muy bien trabajar. No hubo elección. Pero sí recuerdo perfectamente el momento en que me puse el uniforme y empecé a dar mis primeros servicios. Sentí algo muy especial. Me enamoré. Suena romántico, incluso un poco poético, pero fue así. Es difícil de explicar… y ahí empezó todo.

—¿Qué sigue habiendo en ti de aquel bar, de tu abuelo y de tu padre?

—Me enseñaron algo fundamental: que ganarse un cliente cuesta muchísimo tiempo… y perderlo apenas unos segundos.

Pero, sobre todo, me inculcaron que un cliente nos elige por cómo se le trata. Por cómo se le acoge, por si sabemos escucharle, entenderle, recordar sus gustos. En aquel negocio familiar al cliente se le recibía como en casa, como a uno más. Hoy trabajo en un tipo de restauración completamente distinto, pero sigo creyendo en eso: quien viene a vernos busca una experiencia, sí, pero sobre todo quiere sentirse especial.

PUEDE INTERESARTE

Este oficio forma parte de nuestra identidad. Es un trabajo precioso: te abre puertas, te hace viajar, te conecta con personas extraordinarias

Javier Gil

—¿Hay diferencia entre servir y cuidar?

—Claro que la hay. Servir puede servir cualquiera. Pero cuidar… cuidar es otra cosa. Nosotros no solo llevamos platos. Somos anfitriones. Y quien cruza la puerta no es un cliente: es un invitado. Y a los invitados hay que saber cuidarlos. Eso exige sensibilidad, atención, oficio… y humanidad.

—¿Sigue existiendo cierto pudor a la hora de decir “soy camarero”?

—Cada vez menos, pero todavía queda algo de ese cliché de “para camarero vale cualquiera” o “estudia o acabarás de camarero”. Y es injusto. España es un país de camareros. El turismo es una de nuestras grandes fuerzas, y este oficio forma parte de nuestra identidad. Es un trabajo precioso: te abre puertas, te hace viajar, te conecta con personas extraordinarias. No debería haber ninguna vergüenza.

Javier Gil, mejor camarero del año

—Sin embargo, cada vez cuesta más encontrar profesionales…

—Las condiciones han cambiado mucho. Antes las jornadas eran muy largas, los salarios más bajos… y aunque todavía queda camino, se ha mejorado.

Pero también hay un problema de percepción. La imagen que se tiene del sector no siempre es justa. Y ahí tenemos que trabajar todos: la formación, las escuelas, y también nosotros, transmitiendo pasión y oficio a quienes llegan.

—Durante años la cocina ha acaparado el protagonismo. ¿La sala sigue siendo invisible?

—La cocina tiene ese aire de rock and roll, de estrella… pero la experiencia es un todo. Uno recuerda lo que ha comido, sí, pero sobre todo cómo se ha sentido. Durante mucho tiempo, la sala fue el alma del restaurante: donde se interpretaba todo. Luego quedó en segundo plano. Y ahora nos toca recuperar ese espacio. Sin competir, pero reivindicando su valor.

—¿Qué error no debería cometer nunca un camarero?

—Errores los hay siempre, porque somos humanos. Lo importante es que se noten lo menos posible. Un cubierto que se cae, un pescado mal desespinado… son cosas que hay que pulir, pero ocurren. Lo que es más difícil de tolerar es un comentario fuera de lugar. La prudencia es clave. Saber estar, medir las palabras, entender el momento del cliente. Cuando eso falla, es cuando realmente se rompe algo.

—¿Qué te sigue emocionando de un servicio?

—Ver disfrutar al cliente. Eso no cambia nunca. A veces llegan personas a las que les ha ido mal el día, y lo notas. Hay algo en su gesto, en su forma de estar. Y ahí es donde empieza de verdad nuestro trabajo.

Recuerdo una pareja a la que, nada más llegar a la ciudad, les habían robado las maletas. Pasaron horas en comisaría. Llegaron agotados, tensos. Nosotros no sabíamos qué había pasado, pero sí que algo no encajaba.

Empezamos a adaptarnos a ellos: al ritmo, al tono, a su tiempo. Poco a poco se fueron soltando. Y al final nos dijeron algo que no se olvida: que les habíamos hecho sentirse especiales en un día terrible. Que aquella cena había sido el mejor cierre posible. Eso… eso te produce una gran emoción.

—¿Cuándo sabes que has hecho bien tu trabajo?

—Hay veces que el cliente se va satisfecho y nosotros no del todo. Somos exigentes. Vemos errores que el cliente ni percibe. Y sí hay un momento muy claro: cuando el cliente se levanta, se detiene antes de salir, te mira, te da la mano… y te da las gracias de verdad. Ahí lo sabes. Da igual si algo no salió perfecto. Si has conseguido que se sienta cuidado, acompañado, como en casa… entonces es cuando piensas que el trabajo ha estado bien hecho. Y quizá, al final, todo se reduzca a eso: a un gesto que no se ve, a una atención que no hace ruido, a una forma de estar que no se aprende en los manuales.

Porque mientras la cocina deslumbra y ocupa titulares, la sala sucede en voz baja. Es el territorio de lo invisible: de la mirada a tiempo, de la palabra justa, del silencio que acompaña sin invadir. Javier Gil lo sabe. Lo aprendió casi sin querer, detrás de una barra heredada, y lo ha convertido en una manera de entender la vida: la de quien está pendiente del otro, la de quien hace del cuidado una vocación.

Y así, entre platos que van y vienen, entre historias que se cruzan sin tocarse, ocurre algo extraordinario: que alguien, en mitad de un día cualquiera —o incluso en uno terrible—, se sienta, por un instante, mejor de lo que llegó. Y eso, aunque no siempre se vea, es lo más parecido que existe a la belleza.