Navaluenga, comer al abrigo de Gredos y del afecto

Navaluenga, recostada al río Alberche, donde la hospitalidad significa vino y buena comida, como relata Correcaminos Gastronómico
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Cuenta una vieja crónica que, en los días de su exilio parisino, Vicente Blasco Ibáñez y Miguel de Unamuno paseaban por la Avenida de la Ópera bajo una lluvia mansa que difuminaba la luz de los escaparates. El valenciano, un enamorado de la modernidad y el cosmopolitismo, se volvió hacia el filósofo vasco y le preguntó: "¿Qué echa usted aquí de menos?". Dando la espalda a las elegantes fachadas, Unamuno se metió las manos en los bolsillos y respondió con sequedad: “¿Qué es lo que echo de menos en este lugar? ¡Gredos!”.
Quizá por eso el viaje a Navaluenga (Ávila) tiene algo de peregrinación íntima hacia esa conversación. Dejar atrás la vibración nerviosa de Madrid por la carretera de los pantanos es ensayar una huida hacia el silencio.

La M-501 avanza recta, como un tajo en la meseta. La ciudad se va quedando a nuestra espalda entre urbanizaciones y gasolineras, pero enseguida aparecen las curvas suaves, los embalses quietos, las laderas abriéndose paso entre encinares que parecen sacados de un lienzo de Carlos de Haes. La luz ya no es la grisácea de la urbe, sino un fluido dorado y espeso que anticipa la montaña.
A medida que avanzamos aparecen láminas cristalinas que reflejan el cielo y sentimos estar cruzando una frontera invisible. Al fondo, recortándose contra el horizonte con la severidad de un grabado antiguo, emerge la Sierra de Gredos. Es el rumor de una Castilla que todavía conserva el olor mineral de la tierra recién despertada por la primavera.
Allí está Navaluenga, recostada a la orilla del río Alberche, cuyas aguas bajan de las cumbres con el ímpetu limpio y frío de los deshielos, lamiendo los pilares de su puente románico con un runrún que no cesa.

Primera jornada: la casa del pan y el vino
Llegar a este pueblo es ser recibido por una hospitalidad que hoy parece desterrada del mundo, una generosidad sin dobleces. A la vera de la iglesia nos aguardan Julia y Félix Bellido, guardianes de una cortesía rural que los griegos llamaban xenia: el sagrado deber de acoger al extranjero como si fuera un hermano. Con ellos paseamos por las calles del pueblo, sintiendo el crujido del granito bajo las suelas y el aroma a leña que empieza a prender en las chimeneas con el caer de la tarde. Nos alojamos en el Venero Claro, un refugio situado justo allí donde la llanura se rinde y la majestad de la sierra empieza a elevarse, imponente, como un telón de fondo que vigila nuestros pasos.
Decía el escritor José Jiménez Lozano que “el paisaje es también una forma de memoria”. Y en estos perfiles de granito hay algo ancestral, como si las montañas conservaran todavía el eco de los pastores trashumantes, de los inviernos interminables y de las hogueras encendidas para combatir la nieve.
La cena en casa de nuestros anfitriones tiene la sobriedad noble de los ritos verdaderos. Julia firma la mejor tortilla de patatas de la comarca: una obra de arte dorada, jugosa, donde el huevo y la patata dialogan en una textura perfecta, ajena a las modas artificiosas de la gastronomía urbana. Un plato que posee la honestidad telúrica de las naturalezas muertas de Luis Meléndez. La acompañan embutidos de la tierra y un queso recio que sabe a pasto y a tiempo.
En las copas, la noche comienza a celebrarse con el respeto debido al paisaje embotellado. Primero, Olimpo, Pinot Noir y Chardonnay procedentes de viñedos que están a 720 metros de altitud. Un cava meticuloso que Félix elabora en la penumbra de su bodega; un espumoso de burbuja finísima que limpia el paladar con la frescura de un manantial de altura, crujiente, vivo, pura tensión caliza en la punta de la lengua.

Después, el altar mayor de la velada: La Cendra 2021. Esta garnacha, nacida de viñas viejas con más de setenta años de arraigo en el suelo granítico, es pura emoción líquida. En nariz no engaña: es el monte bajo tras la tormenta, zarzamora silvestre y una mineralidad ferruginosa, casi táctil. Al beberlo, se siente la finura de la piel de la uva, una acidez vertical que sostiene la fruta madura sin pesar, con un paso de boca largo y balsámico que te arrastra hacia el fondo del valle. Es un vino con alma de piedra y pulpa de labriego; con un perfil marcadamente gastronómico. La viva demostración de que la viña vieja no produce uvas, sino recuerdos.
Segunda jornada: el cuadro impresionista y el fuego
El segundo día amanece con esa limpieza absoluta que solo la alta montaña concede a las mañanas de primavera. A través de la ventana del hotel, el macizo de granito se presenta azul radiante, recortado contra el cielo con una nitidez cinematográfica que evoca los encuadres solemnes de la películas de John Ford, donde la roca no es solo decorado, sino un personaje más que moldea el carácter de quienes la habitan.

Salimos con Julia, Félix y Juan Antonio Hernández hacia el viñedo casi centenario. Las cepas retorcidas por las décadas y el frío, hundían sus raíces en un suelo de granito descompuesto, una arena blanquecina que brillaba bajo el sol como el polvo de estrellas de los alquimistas. El paisaje sobrecogía por su absoluta desnudez, una belleza elemental que me recordaba los versos de María Zambrano: “Hay paisajes que nos piensan mientras los miramos”. Y aquel paisaje nos pensaba.
El viento traía olor de tomillo y piedra caliente. En algún momento todo adquirió una textura cinematográfica, como si camináramos dentro de una escena de El espíritu de la colmena, con ese silencio lleno de misterio y de infancia que poseen ciertos rincones del interior español.
Subimos a los pies del Pico Zapatero, la montaña se volvía inmensa y el cielo parecía estar al alcance de la mano, un abrumador azul que aplastaba los hombros. Abajo, la primavera explotaba sin pedir permiso, cantando al compás de los arbustos en un estallido cromático digno del mejor impresionismo de Camille Pissarro. La jara desplegaba sus pétalos blancos con pinceladas de sangre; las amapolas encendían las cunetas; la genista aportaba un amarillo rabioso, mientras el romero y el cantueso perfumaban el aire con una fragancia densa, silvestre, que se clavaba en los pulmones.

El regreso a Navaluenga nos volvió a reunir alrededor de una mesa, compartiendo mantel con el círculo de amigos de Julia y Félix. Fue un prodigio de cordialidad donde el tiempo parecía detenerse. La cocina respondía a esa vieja máxima geográfica y espiritual que sentencia: “El sur fríe, el norte guisa y el centro asa, se adueña del horno”. Iniciamos el festín con un lomo tierno, seguido de unos níscalos de mayo salteados con huevo que encerraban el sabor umami de los pinares húmedos, y unas patatas revolconas cubiertas con la costra crujiente de unos torreznos soberbios. Finalmente, hizo su entrada el cochinillo: la piel dorada y quebradiza como el cristal, la carne deshecha en su propio jugo, sazonada únicamente con agua, sal y la sabiduría del fuego.
Para escoltar semejante despliegue descorchamos La Cendra Albillo Real 2024. Un blanco con estructura de tinto; un vino que se agarraba al paladar con una untuosidad glicérica y recuerdos a fruta blanca asada, níspero y un deje de hinojo que cortaba la grasa del torrezno con una elegancia aristocrática. La demostración de que el albillo en el granito adquiere una dimensión mística. Le siguió Hoto de Vides 2023, una variedad cencibel que era puro nervio. De capa media, brillante. Fruta roja crujiente, como la cereza ácida, y un tanino rústico pero noble, bien pulido, que abrazaba la untuosidad del cochinillo y limpiabas la boca, invitando a prolongar la charla y la vida.
El regreso bajo un palio de nubes
El domingo amaneció con un cambio de tercio en el cielo. El azul radiante había dejado paso a un palio espeso de nubes grises que encapotaban las cumbres, dotando a la sierra de una melancolía norteña, casi un paisaje de la Galicia interior filmado por Oliver Laxe.
Antes de enfilar la carretera de regreso, cumplimos con un último y litúrgico precepto: la parada obligatoria en la carnicería de Miguel Ángel. Nos llevamos unos chuletones de ternera de Ávila, densos, entreverados, cortados con la precisión del artesano que sabe que en cada pieza va el honor de su tierra.
Metimos las bolsas en el maletero y arrancamos. Al dejar atrás el puente sobre el Alberche, miré por el espejo retrovisor cómo Navaluenga se iba diluyendo entre la bruma y los pinos. Madrid ya nos esperaba con sus prisas, su tráfico y sus ruidos, pero en el paladar nos quedaba el sabor mineral de la garnacha y en los ojos la certeza unamuniana de que, al menos por dos días, habíamos palpado la eternidad de la amistad esculpida en la piedra.
