Dormir en un hotel con aire indiano y cenar bogavante en O Grove
Cata & Rose, un hotel íntimo, elegante y confortable, pero también una delicada forma de entender la hospitalidad
Beiramar, la acreditada casa marinera de O Grove, donde el producto tiene voz propia
Cata & Rose es uno de esos hoteles que sirven para dormir y sin saber muy bien cómo, nos devuelve algo que habíamos perdido sin darnos cuenta: tal vez la calma, probablemente la atención, sin duda esa forma antigua de la felicidad que consiste en no tener prisa.
Pero antes de llegar al hotel dimos cumplimiento a la amistad y recibimos la hospitalidad de Elia y Antonio que nos llevaron hasta la mesa en la que comenzó verdaderamente nuestra estancia. Algunos viajes no empiezan cuando se abre la puerta de una habitación, sino cuando alguien descorcha una botella, acerca una fuente de viandas y nos hace sentir que nos estaba esperando.
La cena fue muy sencilla. Tuvo por escenario Beiramar, la acreditada casa marinera de O Grove, que Santiago gobierna con el aplomo de quien lleva muchos años tratando con el mar y conoce sus mudanzas, sus jerarquías y sus caprichos. Es un restaurante asomado a la ría, donde no hace falta recurrir al artificio porque el producto tiene voz propia. Allí la cocina interviene lo preciso: acompaña, aviva, ordena; nunca se impone sobre aquello que su proveedor le ha entregado.
Este local y su dueño practican esa hospitalidad profesional que no se aprende en los manuales. Saben que un comedor puede convertirse durante unas horas en una casa prestada y que servir bien consiste también en leer el ánimo de quienes se sientan a la mesa. La suya es una cocina de mareas, lonjas y memorias; una forma de contar O Grove sin abandonar el plato. “Mar, la mitad de mi alma está hecha de maresía”, escribió Sophia de Mello en su bello poema.
Primero llegaron el mejillón y la caballa, formidablemente escabechados. El escabeche, cuando está bien hecho, es un despertador de papilas, una pequeña tempestad ordenada de acidez, aceite y especias que conserva el alimento y, al mismo tiempo, lo hace viajar. El mejillón comparecía carnoso, oscuro y brillante, con toda la hondura mineral de la ría; la caballa, jugosa y firme, conservaba su carácter de pez bravo, su grasa noble y su memoria de las aguas abiertas. Dos criaturas marinas reunidas por esa salsa antigua que convierten el vinagre en perfume y el tiempo en sabor.
Después, a sugerencia de Antonio, apareció el bogavante en su salsa, espectacular, casi excesivo en su aparente sencillez. La carne tersa y dulce; el jugo profundo; la salsa reclamando pan y silencio. Porque llega un momento en ciertas cenas en que la conversación se interrumpe y nadie necesita explicar nada: todos están ocupados en ser felices. El bogavante tenía esa condición de los platos verdaderamente grandes: parecía lujoso, pero sabía a verdad.
Bebimos Pazo de Barrantes 2022, albariño de estirpe señorial nacido en el corazón del Salnés. Un vino amplio, profundo y luminoso, con fruta madura, hierbas, flores y una salinidad que prolongaba el paisaje dentro de la copa. Ponía frescura en los escabeches, recogía la dulzura del bogavante y dejaba al final una persistencia atlántica, como si después de beberlo quedase en los labios el aire de la ría. Una manera de conversar con la cena desde una distancia discreta.
Y estaban, por encima de todo, Elia Martín y Antonio Chaves. Su amistad convirtiendo la mesa en refugio; su manera de cuidarnos sin hacerse notar. La verdadera hospitalidad no se mide por cuanto se pone sobre el mantel, sino por el deseo de compartirlo. Aquella cena fue el prólogo perfecto de la casa que nos aguardaba.
Cata & Rose
En el corazón de O Grove y de su respiración salobre, se levanta su hotel, una casa de aire indiano y delicada geometría art déco. Fue construida en torno a 1940 por Vicente Míguez y ha llegado hasta nosotros después de atravesar varias vidas, como sucede con los edificios que guardan memoria en las paredes. Elia, la encontró, supo escuchar lo que aún contaba y la restauró con un gusto espléndido, preservando su alma sin convertirla en una pieza de museo.
Restaurar una casa no consiste únicamente en reparar sus heridas. Hay que descubrir qué soñaron quienes la levantaron, qué parte del pasado debe permanecer y qué necesita el presente para sentirse acogido. Elia parece haber entendido ese diálogo secreto. En Cata & Rose, lo antiguo no pesa y lo nuevo no presume. Todo convive con una naturalidad difícil: los materiales, la luz, los colores, las telas, los muebles y esos pequeños objetos que parecen colocados no para decorar, sino para acompañar.
Gustavo Martín Garzo escribió que “leer es abandonarse al mundo del otro”. Algo semejante sucede al entrar en ciertas casas: también alojarse es abandonarse durante unos días al sueño de quien las imaginó. Cata & Rose contiene el sueño de Elia, pero lo ofrece con generosidad a quien llega. Basta cruzar la puerta para sentir que alguien ha pensado previamente en nuestro bienestar.
Las habitaciones son coquetas, luminosas y muy confortables. Nada reclama la mirada con estridencia, aunque todo merece ser mirado. La verdadera elegancia suele comportarse así: no necesita llamar la atención porque conoce el secreto de la armonía. Hay una serenidad doméstica, un refinamiento sin afectación, una belleza que no intimida, sino que invita a quedarse. Y quedarse significa demorarse. Leer unas páginas, conversar sin vigilar el reloj, escuchar el murmullo de la casa.
Dormir bajo esa hospitalaria protección que solo proporcionan los lugares cuidados. Djuna Barnes dejó escrito en El bosque de la noche que “solo quienes son largamente recordados pueden aspirar a ser largamente olvidados”. Acaso también los hoteles memorables operen de ese modo: permanecen en nosotros mucho después de haberlos abandonado, convertidos en una habitación a la que regresamos con el pensamiento.
La mañana trajo otro de los pequeños prodigios de Cata & Rose: el desayuno. Estupendo, variado y servido con una atención magnífica, poseía algo de ceremonia inaugural. No se trataba solamente una sucesión de alimentos dispuestos con gusto, sino una manera amable de abrir el día. El aroma del café, el pan, la fruta, los huevos, los fiambres, la mermelada, los croissants. El aceite, el yogur con muesli… Los sabores dulces y salados, la conversación cuando comienza sin esfuerzo. Todo llegaba a la mesa con esa diligencia silenciosa que distingue el servicio verdadero: Vicky y Ana se encargaban de ello, de estar pendientes sin hacerse notar, anticiparse sin invadir.
Desayunar allí permitía recordar que la felicidad casi nunca entra en una habitación haciendo ruido. Suele acercarse de puntillas y adoptar formas muy sencillas: una taza caliente entre las manos, la luz de la mañana posándose sobre el mantel y esas dos hadas grovenses que te preguntan si has descansado bien y parecen interesarse de veras por la respuesta.
Andrés Neuman escribió que “uno viaja para que el mundo suceda”. Pero hay viajes en los que el mundo sucede precisamente cuando nos detenemos. O Grove esperaba fuera con sus calles, su puerto, la ría de Arousa y ese Atlántico que entra y sale de Galicia como un animal de respiración infinita. Dentro, Cata & Rose nos proponía otra clase de viaje: el que nos conducía de la agitación al sosiego, del ruido a la escucha, de la obligación de hacer cosas al sencillo placer de estar. Ese es el verdadero lujo de nuestro tiempo. No la ostentación, sino la pausa. No tener más, sino necesitar menos. Encontrar lejos de casa una casa donde alguien ha ordenado la belleza para que podamos descansar dentro de ella.
Cata & Rose es un hotel íntimo, elegante y confortable, pero también una delicada forma de entender la hospitalidad. Elia ha rescatado un edificio con historia y le ha concedido una nueva vida sin borrar las anteriores. Y junto a Antonio nos recibió como únicamente saben hacerlo quienes comprenden que acoger es una manera de querer: primero alrededor de una mesa, bajo la tutela marinera de Santiago, después, entre la calma de unas habitaciones donde la noche parecía haber aprendido a caminar despacio.
Al marcharnos, por la mañana O Grove volvió a ponerse en movimiento. Sin embargo, algo permaneció quieto dentro de nosotros. Como si durante unas horas hubiéramos encontrado el lugar exacto donde descansan las horas.