Vinos

El Salón de Vinos Radicales celebra en Madrid la diversidad de los vinos auténticos

La undécima edición del Salón de Vinos Radicales. Cedida
Manuel Villanueva
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Madrid amanecía con ese frío limpio que vuelve más nítidos los contornos: los edificios parecían recién estrenados, las conversaciones sonaban más precisas y hasta el vino parecía reivindicarse hablar más alto. En el Colegio de Arquitectos (COAM), en la calle Hortaleza, 63, se celebraba la undécima edición del Salón de Vinos Radicales, una reunión que, contra lo que su nombre sugiere, no tiene nada de estridente y sí mucho de civilizada conspiración lenta, de copa en mano, contra la estandarización del gusto.

Ignacio Peyró escribió en una ocasión que «la elegancia es, al final, una forma de resistencia», y no hay frase que describa mejor el espíritu de este salón. Porque estos vinos (tan lejos del efectismo como de la nostalgia) practican una elegancia discreta: la de quien prefiere convencer por matices y no por fuegos artificiales. Los Radicales llevan once años demostrando que, en un mercado dominado por los “vinos fotocopia”, todavía hay viticultores que creen en el valor subversivo de la personalidad.

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El Salón nació en 2015, cuando el Sindicato del Gusto publicó el Manifiesto de los Vinos Radicales para defender a los hacedores de vinos auténticos. Hoy, esa pequeña herejía se ha convertido en una cita imprescindible: 37 viticultores de toda España, de Cádiz a Cantabria, de Mallorca a Valdeorras, acudieron a Madrid para ofrecer algo que no cabe en una hoja de cata: la biografía líquida de sus territorios.

Como dijo un buen día, Joan Gómez Pallarés, “el vino es la única obra de arte que se puede beber”, y en el COAM esa máxima se materializaba en cada copa. Los vinos de Cebreros, la Manchuela o Calatayud no buscaban la aprobación unánime, sino la complicidad del bebedor atento. Eran vinos que pedían tiempo, silencio y una cierta disposición al asombro: justo lo contrario de lo que dicta la lógica del consumo rápido.

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La alegre insurrección del vino

El monográfico de esta edición fue una de esas apuestas que definen el carácter del salón: los vinos rancios, es decir, vinos de larga crianza oxidativa que huelen a nuez, a salitre y a despensa antigua. En una época que idolatra lo joven y lo inmediato, reivindicar el rancio es casi un acto de rebeldía cultural. Desde Perpiñán llegó Be Ranci!, el colectivo que desde 2014 organiza el mayor encuentro europeo dedicado a estos vinos, y que en Madrid desplegó un pequeño atlas del tiempo embotellado.

La cata inaugural, Be Ranci! en Radicales, reunió vinos del Rosellón francés, de Marsala en Sicilia, de Navarra y de Castilla y León, guiados por Marie Louise Banyols y Federico Oldenburg. Banyols, sumiller de larga trayectoria y alma de Be Ranci!, fue además reconocida como Radical del Año, un premio que distingue a quienes defienden la singularidad, la autenticidad y la diversidad frente a la marea de la homogeneización.

Peyró ha escrito también que “la modernidad no consiste en romper con el pasado, sino en saber qué merece la pena conservar”, y eso es exactamente lo que se respiraba en el COAM. Ni arqueología ni vanguardia hueca: estos vinos buscan un presente con raíces. Recuperan prácticas ancestrales, experimentan sin dogmas y se niegan a aceptar que el progreso deba saber siempre igual.

Al salir a la calle Hortaleza, Madrid seguía con su coreografía habitual de prisas y ruido. Pero quienes habíamos pasado por el Salón de Vinos Radicales llevábamos algo distinto en el paladar: la certeza de que todavía existen lugares , y vinos,donde la diversidad no es una palabra de moda, sino una forma de vida. Y como alguien dijo una vez: “un vino que es de verdad, no se bebe, se recuerda”.