Más de 1.300 bodegas españolas se reúnen en una nueva edición de la Barcelona Wine Week para mirar hacia el futuro del sector
Los tres Riojas que están entre los mejores vinos del mundo
Por fin llega febrero y con él, otra de esas citas ineludibles para quienes sentimos el vino como destino y conversación. Del día 2 al 4, los pabellones 1 y 8 del recinto ferial de Montjuïc en Fira de Barcelona se convertirán en una inmensa catarsis de aromas, terruños y sueños embotellados, al reunir a más de 1.300 bodegas españolas, un 4% más que en la pasada edición, bajo el signo de las 90 denominaciones de origen y sellos de calidad más relevantes del país.
Si digo que una de cada tres bodegas españolas estará presente, parece una exageración poética de amante del vino… pero no: es la realidad del momento más ambicioso de nuestra escena vitivinícola. Aquí, entre barricas y copas, no solo se degusta; se escribe la historia del vino español que innova y que mira al mundo con toda su sed de futuro.
Y el contexto actual no es sencillo. Aranceles, tensiones geopolíticas, consumo estancado y un clima que ya no sigue las reglas de antes. Pero también (y esto es importante) hay noticias esperanzadoras. El reciente acuerdo con Mercosur, junto a una pretendida consolidación de relaciones con mercados asiáticos y Australia, abre una ventana de aire fresco para un sector que ha aprendido, a base de vendimias difíciles, a resistir y a reinventarse.
Un gran escenario del vino
Barcelona Wine Week (BWW) no es simplemente una exposición: es una plataforma internacional donde se presentan novedades, se conectan distribuidores, se fortalecen alianzas y se comparte una visión audaz del mañana del vino español en mercados diversos. Los pabellones serán como calles de un pueblo vitivinícola gigante, donde cada bodega es un testimonio de paisaje, clima y saber hacer transmitido de generación en generación.
Uno de los grandes retos del sector es ayudar al comprador internacional a entender nuestros vinos. No basta con hacerlos bien (que se hacen), hay que explicarlos, contextualizarlos y traducir su diversidad al lenguaje del mercado global. BWW asume esa tarea pedagógica con convicción, casi como una labor de apostolado, creando un diálogo continuo con el sector y con quienes toman decisiones al otro lado de la copa.
Porque los desafíos están ahí, bien alineados sobre la mesa:
- La adaptación a un nuevo escenario geopolítico, cambiante e imprevisible.
- Las nuevas tendencias, que reclaman otros formatos, otros relatos y otros ritmos.
- La presión climatológica, que condiciona viñedos y calendarios.
- Un consumo estancado, en mínimos históricos, el más bajo desde 1961.
- El cambio generacional y de hábitos, que obliga a escuchar más y a imponer menos.
“El vino no cambia para gustar; cambia para sobrevivir”, me decía hace poco un viticultor veterano, con más sabiduría que resignación.

En este contexto, la gastronomía y el turismo se consolidan como grandes aliados. El vino necesita mesa, paisaje y relato. Necesita ser vivido. Y ahí España juega con ventaja: somos territorio, cultura, hospitalidad y emoción. BWW lo entiende y lo incorpora como palanca estratégica, conectando vino con experiencia, negocio con identidad.
Y es que, si algo aprendemos cuando charlamos con quienes hacen vino (ya sea en La Rioja, Catalunya, Ribera del Duero o Rías Baixas) es que llevar una copa a los labios es también llevarse a la boca la tierra que la alimentó.
Vino, negocio y experiencias humanas
Las cifras hablan por sí solas: más de 26.000 visitantes profesionales, casi 1.900 compradores nacionales e internacionales esperando crear 13.500 reuniones de negocio, y un programa rico en conferencias, mesas redondas y catas bajo la batuta de expertos de renombre mundial.
Uno de los grandes valores de esta edición es su apuesta por la co-creación. BWW se ha convertido en una auténtica forja de alianzas estratégicas, un espacio donde se piensa en común, se comparten diagnósticos y se construyen respuestas colectivas. Todo ello con una clara vocación de ser catalizador de negocio, apoyado en la voluntad de crear la gran plataforma del vino español ante el mundo.
Pero más allá de los números, lo que realmente emociona es ese factor humano que se respira en cada stand: hermanos bodegueros que llevan el apellido en las tinajas, enólogos jóvenes que desafían tradiciones para innovar con respeto, o sumilleres que explican un vino como quien narra un relato familiar. Y momentos para detenerse, escuchar y aprender. Uno de ellos será la cata magistral de Jancis Robinson, una de las voces más influyentes del vino a nivel mundial, cuya mirada siempre combina rigor, curiosidad y respeto por el origen.
Y otro hito clave será la presentación del Observatorio del Vino, un estudio profundo sobre hábitos de consumo, tendencias emergentes y escenarios de futuro. Una herramienta imprescindible para profundizar en el conocimiento del mercado y ofrecer, por fin, una radiografía detallada y honesta del momento que vive el vino español.
Una celebración del vivir
Al final, el vino sigue siendo un acto de fe en el futuro. Un ejercicio de paciencia. Una conversación entre generaciones. Y como suele pasar en la vida, no se trata solo de resistir, sino de saber hacia dónde caminar.
El vino es un puente entre culturas, una excusa para celebrar la vida y un hechizo para detener el tiempo aunque sea solo por un instante. Porque como también me repite un buen amigo compostelano: “Vino y vida se parecen: cuanto más los compartes, más ricos se vuelven.”
Barcelona Wine Week vuelve pues para recordarnos que el vino español no se esconde frente a los desafíos. Los mira de frente, copa en mano, y brinda por lo que está por venir.
