Galdós también es Santander: una deuda pendiente y desconocida
En 2020 se conmemora el centenario de la muerte del escritor con actos en Madrid, Canarias y Santander
Convirtió la ciudad norteña en su "refugio" pero su huella allí quedó borrada
Madrid"Echo de menos en los almanaques un renglón que diga: Sol en Leo. Viaje a Santander", escribió Benito Pérez Galdós (1843-1920). No fue un simple anhelo estival. Santander marcó su vida y su obra. Fue el único lugar donde el escritor -canario de nacimiento, madrileño de adopción- decidió tener una vivienda en propiedad: un espléndido palacete frente a la bahía al que llamó San Quintín, y donde escribió parte de sus Episodios Nacionales, novelas y obras de teatro.
Allí, en Santander, tuvo también a su única hija, María (al menos la única reconocida). Allí cultivaba su huerto y amistades inquebrantables -pese a sus profundas diferencias ideológicas- con José María Pereda y Marcelino Menéndez Pelayo. Allí pintaba, tocaba el armonio y alimentaba, además de las tertulias literarias, a los animales de su finca. Desde allí embarcaba rumbo a sus viajes por Europa. Y allí también pudo haber muerto; lo contó él mismo, pero vayamos por partes. Santander era su refugio, pero sus vecinos lo desconocen. Como la ola que borra las huellas en la arena, la ciudad borró su rastro.
Los detalles de ese vínculo los preservó el gran biógrafo del Galdós santanderino, Benito Madariaga de la Campa (1931-2019). El escritor tenía 29 años cuando llegó por primera vez -en 1871- a la ciudad norteña. Y desde entonces, durante las casi cinco décadas siguientes, continuaría regresando cada año (al principio, solo en verano; después, las estancias se alargaron). Se alojaba en fondas o en una mansarda en el muelle hasta que -tras 20 años- decidió comprarle a un marqués el terreno para construir su casa.
El palacete de 'San Quintín'
San Quintín será inaugurado en 1893; y no sin polémica (entre otras cosas, por una máscara mortuoria de Voltaire que escandaliza a la sociedad más conservadora). Es un palacete de grandes ventanales que filtran los tonos volubles del Cantábrico. Allí atesora Galdós su enorme biblioteca, sus manuscritos o sus cuadros, como el retrato que le pintó su amigo Sorolla. También, sus hortensias, malvarrosas, perales o tomates. Sus taclobos como bebederos para pájaros en el jardín. Su bancos de azulejos y su parra. Sus conejos, patos y gallinas. Y a sus perros, como Secretario, que será enterrado bajo un laurel de la finca. Cuando avistan San Quintín.
Desde esa casa divisa Galdós el peñasco en forma de camello que da nombre a una playa, como en su controvertida Gloria; o escribe la irreverente Gloria; Electra. Antes ya ha plasmado en Cuarenta leguas por Cantabria su recorrido por la tierruca de la mano de Pereda.