Ignacio Urquizu: “Hay más polarización cuando está el PP en la oposición que cuando están en el gobierno”

  • "Ni la sociedad, ni el PP, ni el PSOE están preparadas para un gobierno de gran coalición"

  • "En un contexto de dificultad como el que estamos atravesando, el consenso es mejor herramienta que el disenso"

  • "La crispación es una estrategia política para ganar elecciones"

Ignacio Urquizu (Alcañiz, Teruel, 1978) es un político atípico. Primero comenzó como profesor de sociología en la Universidad Complutense de Madrid. Más adelante se decidió a dar el salto a la política activa en las filas del PSOE donde consiguió acta de diputado en las elecciones de diciembre de 2015 y repitió en julio de 2016. En las primarias entre Pedro Sánchez, Patxi López y Susana Díaz, se posicionó del lado de la andaluza. Pese a la derrota, no se retiró y en 2019 se presentó a alcalde de Alcañiz, su pueblo natal. Ahora gobierna con el apoyo de los concejales de Ciudadanos e IU en una demostración que los acuerdos transversales son posibles. Fruto de toda esta experiencia surge la reflexión plasmada en “Otra política es posible” (Debate, 208 pags), un alegato en favor de una política que apueste más por el consenso que por el enfrentamiento.

Pregunta: Pocos socialistas citan tanto a Felipe González como tú

Respuesta: Hice la tesis con José María Maravall, que fue ministro de educación en sus gobiernos. Luego cuando empecé a trabajar en política estaba con Joaquín Almunia, con Juan Manuel Eguiagaray y tuve muy buena relación con Javier Solana, Alfredo Pérez Rubalcaba, Carlos Solchaga, Ramón Jáuregui… Para mí todos han sido mis referentes y solo puedo hablar bien de ellos. Igual que Rodríguez Zapatero que vino a hacer un mitin conmigo en 2016 en Alcañiz. Por eso le debo tanto a esa generación.

El congreso de Valencia me ha gustado porque hacía tiempo que no había este buen ambiente en el partido

P: Pero sorprende que no quieras marcar distancia con ellos

R: Es que uno de los libros que más me marcó fue el de Carlos Boix, “Partidos políticos, crecimiento e igualdad” y compara las políticas de oferta del gobierno de Felipe González y el de Margareth Thatcher y demuestra que incluso en los años 80 había diferencias entre gobiernos de izquierda y derecha. Siempre me impactó la inteligencia de aquel proyecto político, que en plena ofensiva conservadora con Thatcher y Reagan, había políticas progresistas. Siempre digo que yo he llegado al socialismo por las lecturas, no por tradición familiar. Hay más apoyo racional que emocional. Y es una admiración que está por encima de la tercera vía de Tony Blair. Siempre sigo reivindicando el papel de la socialdemocracia. En ese sentido, el último congreso del PSOE me ha gustado mucho. Me da la sensación de que hay mucho adanismo en la izquierda y gente que se piensa que ha descubierto la pólvora. Y no. Casi todo ha sucedido antes.

P: O sea, que aunque apoyaste a Susana Díaz en las primarias, estás contento con el liderazgo de Pedro Sánchez

R: Sí, sí. Me gustan muchas cosas de este gobierno. No tengo ningún problema en reconocerlo. Lo digo en varias partes del libro. El congreso de Valencia me ha gustado mucho porque hacía tiempo que no había este buen ambiente en el partido y se respiraba esta sensación de unidad.

Me da la sensación de que hay mucho adanismo en la izquierda y gente que se piensa que ha descubierto la pólvora

P: Reivindicas el consenso como una de las formas de hacer política, sin embargo, el disenso es uno de los valores que garantiza la democracia

R: La democracia es un sistema político que permite canalizar las discrepancias de una forma pacífica. Con la democracia, en lugar de pegarnos o dispararnos, ponemos una urna y contamos votos. Con la democracia tomamos decisiones, a veces por consenso, a veces por unanimidad, a veces por mayoría, a veces por minoría, todo depende de la situación. Pero en un contexto de dificultad como el que estamos atravesando, el consenso es mejor herramienta que el disenso. Hay muchas formas de lograr ese consenso. Felipe González con 212 escaños consensuaba bastante bien con la sociedad española.

Para que haya consenso hacen falta partidos que jueguen por el centro y no por los extremos. Ahora mismo eso no existe

P: ¿También aplicaba el consenso Rajoy en su primer gobierno de mayoría absoluta?

R: Rubalcaba pactó muchas cosas con Rajoy. La política exterior de España estaba acordada. También desde la oposición se puede demostrar esa política de consenso como hicieron con la política antiterrorista.

P: ¿Crees que la sociedad española está ahora preparada para grandes acuerdos, más allá de renovar algunas instituciones? ¿Un gobierno de gran coalición?

R: No, ahora mismo no. Ni la sociedad, ni el PP, ni el PSOE. Para eso hacen falta partidos que jueguen por el centro y no por los extremos y ahora mismo eso no existe. El PP gobierna con VOX y nosotros hemos pactado, al menos a nivel nacional con Podemos. También porque Ciudadanos nos cerró la puerta, aunque yo gobierno con Ciudadanos en Alcañiz. No descarto que dentro de unos años pueda cambiar. Para que eso suceda el contexto tiene que cambiar.

Los políticos estamos en manos de los técnicos, que son los que toman muchas de las decisiones, pero los que se presentan a las elecciones son los políticos

P: Ahora que aludes a tu experiencia de gobierno, señalas cómo los funcionarios muchas veces tienen más poder que los políticos. ¿Crees que el mal diseño de la administración impide el mal funcionamiento de nuestra democracia?

R: Venimos de una oleada en la que las sospechas sobre la clase política eran generalizadas por temas de corrupción y cuestiones similares. Y los técnicos eran la salvaguarda del buen funcionamiento. Las reformas siempre se proponían en la misma dirección: Vamos a quitar poder a los políticos y se lo damos a los técnicos. Y lo que yo vendo a decir es que no es ni blanco ni negro. Vivimos en una administración en la que los técnicos mandan más que los políticos. Para asfaltar una calle necesitas un informe técnico y si no lo tienes el secretario o el interventor te pone un reparo. Y si un alcalde levanta un reparo, cualquier persona puede denunciarlo y automáticamente está imputado hasta que demuestre de forma fehaciente y jurídica porqué has actuado así. Los políticos estamos en manos de los técnicos, que son los que toman muchas de las decisiones, pero los que se presentan a las elecciones son los políticos. Al final, quienes dan la cara son los políticos. Es una situación bastante compleja para quien conozca el funcionamiento de la administración. A veces una cuestión se ralentiza porque se quiere que se ralentice, porque los plazos son muy largos y un técnico decide que no corre prisa. Le dices a un funcionario, “oye que la obra tiene tres meses de plazo, llevamos un mes y no se ha hecho nada” y te dicen, “no pasa nada por no cumplir los plazos”. Y quien da la cara es el político. Si las cosas no suceden, la gente puede votar a otros políticos, pero no puede cambiar a los técnicos. Y con la corrupción también pasa algo parecido. Si analizas el caso de Marbella, todo empieza por un funcionario que decide montar una sociedad para facilitarle la vida al señor alcalde, en aquella época Jesús Gil.

P: Como sociólogo, ¿qué opinas de las críticas al CIS?

R: Hay dos cosas que distinguir. Los microdatos de las investigaciones del CIS están bien. El trabajo de campo es impecable. En lo que sí estamos de acuerdo los sociólogos es en que es una pena que se hayan roto las series históricas de algunas preguntas que se venían haciendo desde hace 40 años. Luego está la interpretación de los datos. La llamada cocina del CIS siempre ha existido. La hacía un funcionario que ya no está porque se jubiló. Todos los datos siempre se cocinan porque hay voto oculto, porque la gente no siempre dice la verdad, hay sesgos,… en fin, varias cuestiones técnicas. Esa cocina está variando y no hay una estabilidad y eso es una pena, aunque no como para imputar al presidente del CIS.

La existencia de las primarias también contribuye a que aumente la crispación

P: ¿Crees que la ruptura del bipartidismo ha traído la crispación?

R: No. En España hemos tenido crispación con bipartidismo y con multipardismo. Se produce porque hay gente interesada en que surja. Si se votase en condiciones normales, la mayoría de España es de centroizquierda. La única opción de los conservadores para acceder al poder es que no se vote por ideología. Que se vote por rechazo al rival, por demonización del otro, por cuestionar la legitimidad del otro. O sea, la crispación se produce en unos momentos concretos. Y esto no lo digo yo, lo marcan los datos. Hay más polarización cuando está el PP en la oposición que cuando están en el gobierno. Eso pasó con el bipartidismo cuando gobernaban González y Zapatero durante el bipartidismo y lo está sufriendo ahora Sánchez con el multipartidismo. Es verdad que se produce porque hay alguien que quiere que se produzca. Si hubiera otro tipo de liderazgo. De hecho los datos señalan que el momento de mayor polarización en España fue en 2015 y 2016.

P: ¿Cuándo Mariano Rajoy podía perder el gobierno?

R: Claro. Pero ojo, no es que los conservadores sean malvados y demonios, es una estrategia política para ganar elecciones. También hay más factores. El funcionamiento interno de los partidos contribuye a ello. Cuando los líderes se elegían mediante un congreso, teníamos pactos. Las diferentes facciones llegaban a un acuerdo y se buscaba una solución de consenso donde todo el mundo quedaba representado. Ahora con las primarias, el que gana, gana todo. Eso obliga a que haya competición interna en los partidos y eso hace una forma de hacer política que apuesta más por la confrontación que por el consenso. Estados Unidos es un buen ejemplo. Desde que se instauraron las primarias, aumentó el enfrentamiento.

Lo ideal sería que la militancia participe, pero donde el enfrentamiento disminuya

P: Pensábamos que las primarias eran un sistema que democratizaría los partidos por aquello de dar poder de decisión a las bases y nos han traído un efecto secundario inesperado: más crispación

R: Bueno, no hay ningún sistema político perfecto. Todos tienen sus costes y sus beneficios con ganadores y perdedores. Las primarias permiten que la militancia participe, pero si luego no hay los mecanismos suficientes para que se produzcan esos pactos internos, lo que tenemos es esa cultura del enfrentamiento. Lo ideal sería que la militancia participe, pero donde el enfrentamiento disminuya.