Cómo repartir los gastos cuando vives en pareja o con amigos
Porque hablar de dinero no es desconfianza: es una forma de cuidarse
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Compartir techo puede ser una experiencia gratificante… o convertirse en un polvorín, si los gastos comunes no se gestionan con claridad y ecuanimidad. Da igual si es con tu pareja o con amigos: acordar desde el principio cómo se reparte el dinero es la base para una convivencia sin sobresaltos económicos ni rencores silenciosos.
En pareja: entre la equidad y la independencia
No hay una fórmula mágica que funcione para todas las parejas. Pero sí hay tres modelos ampliamente utilizados y contrastados. El primero es el sistema 50/50, donde cada miembro asume la mitad de los gastos. Sencillo, sí, pero injusto si los ingresos son muy desiguales. En esos casos, cada vez más parejas optan por el reparto proporcional a los ingresos, que determina que quien gana más aporta una mayor parte al fondo común. El tercer modelo es el de asignación de gastos específicos: uno se hace cargo del alquiler, otro de los suministros, otro de la comida. Este sistema requiere control, ya que puede derivar en desequilibrios si no se revisa periódicamente.
Independientemente del modelo, muchos expertos recomiendan crear una cuenta conjunta para cubrir los gastos del hogar, mientras cada uno de los implicados mantiene su cuenta personal para sus gastos individuales. Es una forma de compartir sin renunciar a la autonomía económica.
Sea cual sea el sistema elegido, lo importante es que esté claro desde el principio. Hablar de dinero no siempre es romántico, pero sí necesario. Una conversación incómoda a tiempo evita silencios prolongados y conflictos futuros.
Con amigos o compañeros de piso: la clave está en la logística
Cuando se comparte piso entre amigos, la relación no suele tener la carga emocional de una pareja… pero tampoco siempre el mismo nivel de compromiso o responsabilidad. Por eso, establecer normas claras desde el primer día es esencial. El alquiler suele dividirse a partes iguales, pero los suministros (agua, luz, internet, gas) pueden complicarse más de la cuenta. Algunas viviendas reparten cada factura al céntimo; otras prefieren que cada uno se encargue de un servicio y luego se compense el gasto entre todos.
Una solución eficaz es designar a un “pagador oficial”, que se encarga de abonar las facturas y luego recibe los pagos del resto. Esto exige confianza y puntualidad, pero evita retrasos y desconexiones.
Otra fórmula que cada vez gana más adeptos es el uso de apps como Splitwise, que registran todos los gastos compartidos y calculan automáticamente quién debe qué a quién, evitando cuentas mentales y conflictos innecesarios. También es posible abrir una cuenta común para gastos del hogar. Cada uno ingresa su parte y desde ahí se domicilian los recibos. Es una opción útil si hay varios gastos fijos, aunque exige control y coordinación.
Lo que nunca debe faltar: comunicación
Más allá de las fórmulas y herramientas, lo fundamental es la transparencia. Discutir si el papel higiénico entra o no en el reparto puede parecer trivial, pero son esos detalles los que terminan marcando la diferencia entre una convivencia armónica y una guerra fría económica.
Hablar de dinero no es sinónimo de desconfianza: es una forma de cuidarse. Y tanto en pareja como entre amigos, cuidarse es lo que convierte una casa en un hogar.