Psicología

Pablo Rodríguez Coca, psicólogo infantil: "Si el enfado de tu hijo te desborda, va a ser muy difícil que vuelva a la calma"

Pablo R. Coca, psicólogo sanitario especializado en terapia familiar.
Pablo R. Coca, psicólogo sanitario especializado en terapia familiar.. occimorons
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El enfado es una emoción más, pero para muchos padres puede convertirse en una pesadilla si no saben con qué herramientas contar cuando llegan los enfados recurrentes, propios de la infancia. Cuando un niño se enfada está queriendo expresar algo que le preocupa, escuchar ese enfado y comunicarnos bien, nos dará pistas para entenderlo. El enfado en la infancia no es un problema que haya que eliminar, sino una emoción más que necesita ser acogida. Así lo expresa en su cuento el psicólogo sanitario, especializado en terapia familiar, y Pablo R. Coca, autor también del universo de viñetas e historias de Occi y Morons, y de otros libros como 'Esas cosas que nos pesan' (2021), 'Durante la tormenta' (2023) y 'Las vidas que construimos cuando todo se derrumba' (2025).

'El Niño Pisaflores' (Planeta, 2026) es un cuento tierno, profundo y transformador sobre la gestión del enfado, la empatía y la importancia de aprender a cuidar lo que sentimos. Y también a compartirlo cuando pesa demasiado. Porque el cerebro infantil no está diseñado para regularse solo, necesita un vínculo seguro para volver a la calma. En él se explica la historia de Carlitos, un niño que está siempre enfadado. Se enfada cuando llueve, cuando escucha un "no", cuando tiene que ir al colegio y, sobre todo, cuando no sabe cómo contar lo que siente. Un día, mientras pisa todas las flores del camino al colegio como hace cada vez que la rabia lo desborda, una flor le habla. Y ese pequeño gesto abre un espacio para que Carlitos pueda comprender su enfado y pedir ayuda, en vez de cargar con lo que le pasa en silencio.Charlamos con el psicólogo para comprender qué podemos hacer cuando un niño entra en el bucle del enfado.

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Pregunta: ¿Qué es el enfado y qué utilidad tiene en los niños?

Respuesta: En los niños cumple funciones esenciales: les señala que algo en su entorno no encaja con sus necesidades, les da energía para reaccionar y les ayuda a establecer límites. Si un niño no se enfadase nunca, no podría defender su espacio, expresar que algo le duele o aprender a tolerar la frustración de forma progresiva. Si es importante recordar que el problema nunca es la emoción en sí, sino lo que hacemos con ella.

P: ¿En qué franja de edad son más habituales los enfados y en qué circunstancias?

R: Las rabietas clásicas aparecen con más intensidad entre el año y medio y los cuatro años, con un pico frecuente alrededor de los dos o tres años. Esto sucede porque el niño está desarrollando su autonomía y su sentido del "yo", pero todavía no tiene el lenguaje ni la madurez cerebral para manejar lo que siente. El lóbulo prefrontal, que regula los impulsos y las emociones, no madura por completo hasta bien entrada la veintena. Las circunstancias más comunes son el cansancio, el hambre, los cambios de rutina, los límites que se imponen desde fuera y las transiciones (dejar el parque, apagar la tele, cambiar de actividad).

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Pregunta: ¿Qué pasa cuando vemos el enfado en niños más mayores? ¿Cómo es más recomendable acompañarlo?

R: A partir de los cinco o seis años, cuando el lenguaje y la cognición empiezan a estar más desarrollados, el enfado se va transformándose progresivamente: menos desbordamiento físico y más capacidad de poner en palabras lo que sienten. Cuando las explosiones siguen siendo muy intensas o muy frecuentes, conviene explorar qué puede haber debajo. A veces es ansiedad no identificada, dificultades de aprendizaje, problemas sociales o una necesidad de conexión que no se está cubriendo. Esta es la idea central que he querido abordar en el cuento: no quedarnos en la superficie, sino ir más allá. Y para que un niño pueda abrirse y contar lo que le pasa, necesita sentirse seguro con el adulto que tiene delante.

Por eso es esencial que tengan vínculos seguros desde los que poder volver a la calma. Para que esto ocurra, es importante validar la emoción sin ceder a la demanda, ayudarles a ponerle nombre a lo que sienten, esperar a que baje la activación antes de hablar, y ofrecer una presencia calmada que les ayude a regularse. De poco sirve pretender que razonen en medio de la tormenta. Hay que darles su tiempo. Todo esto lo desarrollo en la guía asociada al libro, con recursos y actividades concretas para acompañar los enfados.

"El enfado de nuestros hijos nos activa, nos conecta con nuestra propia historia emocional y puede generarnos un rechazo intenso"

P: ¿Cuándo usan los niños el enfado como recurso y cuándo deja de ser saludable?

R: Los niños aprenden rápidamente qué funciona. Si cada vez que se enfadan consiguen lo que quieren, el enfado deja de ser una expresión emocional genuina y se convierte en una estrategia para obtener resultados, posiblemente porque no han aprendido otras formas de expresar sus necesidades. Ahora bien, deja de ser saludable cuando se usa de forma exclusiva para obtener aquello que necesitan, cuando provoca daño a otros o a uno mismo de manera repetida, o cuando empieza a interferir en el funcionamiento cotidiano del niño y de la familia.

Si una familia ha llegado a ese punto, ha hecho todo lo que está en sus manos, pero los enfados de su hijo o hija lo inundan todo, es una señal de que algo está pasando y de que es momento de no seguir solos. Puede ser útil hablar con el centro educativo para contrastar la situación, pedir ayuda profesional o coordinarse entre ambos. Como padres, no hay que saberlo todo, y hay situaciones que se escapan de nuestras manos.

P: ¿Por qué a los padres nos cuesta tanto entenderlo y gestionarlo?

R: Cuando acompaño a las familias en terapia o en las charlas, es algo que me parece fundamental trabajar. El enfado de nuestros hijos nos activa, nos conecta con nuestra propia historia emocional y puede generarnos un rechazo intenso, a veces sin que sepamos muy bien por qué. En consulta veo sobre todo dos patrones: padres que responden con más enfado, y padres que ceden enseguida para cortar el malestar y evitar el desgaste. Los dos son comprensibles, pero ninguno ayuda a largo plazo. Exponerse a todas esas emociones que pueden generar el enfado de un hijo/a no es nada fácil. Un ejemplo muy claro es cuando el enfado ocurre en público. La vergüenza que sentimos puede hacer que dejemos de responder a nuestro hijo para gestionar primero lo que nos pasa a nosotros. Por eso, cuando trabajo con las familias, para mí es importante abordar la siguiente pregunta: ¿qué emoción o emociones te genera el enfado de tu hijo/a?

P: ¿Qué herramientas son más útiles para acompañar un enfado en esas situaciones?

R: Para acompañar el enfado de nuestros hijos, lo primero es poner el foco en nosotros mismos: nuestra propia regulación emocional como adultos. Si su enfado nos desborda, va a ser muy difícil que nuestro hijo o hija vuelva a la calma. Por eso es muy importante la corregulación emocional: nos regulamos a través del otro. En el cuento, Flor le dice a Carlitos: "mi calma te ayuda a encontrar tu calma". A partir de ahí, hay varias herramientas que funcionan bien. La primera es la validación emocional sin necesidad de estar de acuerdo: decirle "entiendo que estás muy enfadado porque querías seguir jugando" no significa darle la razón, sino reconocer que lo que siente es real y tiene sentido para él. La segunda es acompañar el cuerpo: dar saltos, moverse, andar... El movimiento ayuda a descargar la activación mucho mejor que cualquier sermón, porque en plena tormenta el niño no está en condiciones de razonar. También es importante poner límites claros: no todo está permitido, aunque el enfado sea comprensible. 

Es importante ir ampliando poco a poco el vocabulario emocional del niño, para que aprenda a nombrar lo que siente en lugar de solo desbordarse. Por último, una vez pasada la tormenta, hablar sobre lo que ocurrió: qué lo disparó, cómo se sintió y qué podría hacer diferente la próxima vez. El momento del enfado no es el momento del aprendizaje. El aprendizaje viene después, cuando vuelve la calma.

P: ¿Cómo pueden los padres enfadarse de forma que se convierta en aprendizaje?

R: Los padres también somos humanos y nos enfadamos, y eso está bien. Un enfado proporcional, honesto y sin humillar enseña al niño que la emoción existe, que se puede expresar con palabras y que tiene consecuencias relacionales. Por ejemplo, podemos decir: "Estoy muy enfadado porque lo que has hecho me ha parecido muy injusto, y necesito un momento".

Lo que daña no es el enfado en sí, sino cómo lo expresamos. Cuando el enfado viene acompañado de desprecio, amenazas o humillaciones, o deja al niño sintiéndose una mala persona, eso ya no es un enfado que enseña: es un enfado que hace daño. Y por supuesto, la reparación es fundamental: volver, nombrar lo que pasó, pedir perdón si es necesario y reconectar. 

"En terapia ocurre que hay muchas personas que han dejado de enfadarse, porque aprendieron que era una emoción que le castigaban o que generaba conflictos"

P: Del enfado a la rabia o la ira hay poco espacio… ¿Cómo aprendemos a gestionarlo?

R: La diferencia entre el enfado y la ira está sobre todo en la intensidad de la activación fisiológica. Esto le pasa a Carlitos cuando su globo interior explota y empieza a pisar todas las flores. Cuando el sistema nervioso se dispara por encima de cierto umbral, la corteza prefrontal se desconecta y entramos en modo supervivencia. Por eso no sirve pedir a un niño, ni a un adulto que "razone" en ese estado. Lo que funciona es aprender a reconocer las señales previas: el cuerpo avisa antes de que lleguemos al desbordamiento. Es tan interesante trabajar la conciencia corporal: la respiración y el movimiento son esenciales para volver a la calma. El juego, la expresión artística y el ejercicio físico son estrategias muy eficaces. En la guía asociada al libro tenéis de manera visual explicado todo esto.

P: ¿Por qué no es recomendable no enfadarse nunca?

R: Porque la emoción que no se expresa no desaparece: se acumula, se somatiza o explota en el momento menos esperado. En terapia ocurre que hay muchas personas que han dejado de enfadarse, porque aprendieron que era una emoción que le castigaban o que generaba conflictos. Al final lo que ocurre es que acaban enfadándose consigo mismas. 

Un niño al que se le enseña que enfadarse está mal aprende a reprimir, a desconectarse de sus propias necesidades o a expresar el malestar de formas indirectas: somatizaciones, retraimiento... A largo plazo, la incapacidad de sentir y expresar enfado de forma sana está relacionada con dificultades para establecer límites, baja autoestima y mayor vulnerabilidad a la ansiedad y la depresión. El objetivo no es no enfadarse; es aprender a que nuestros enfados sean validados y juntos, podamos encontrar soluciones.

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