Conflictos familiares

Cuando dejar de hablarte con tus padres y tener contacto cero es necesario: "Es el último gran tabú"

Cuando dejar de hablarte con tus padres y tener contacto cero es necesario
La ruptura entre padres e hijos adultos existe. Getty Images
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Durante generaciones, la mera idea de cortar el vínculo con un padre o una madre fue un tabú absoluto. ¿Cómo alguien podía dejar de "honrar" a aquellos que le habían dado la vida? Quien se alejaba hasta ese punto de sus progenitores era catalogado automáticamente como desagradecido o inestable. Ahora al menos hay espacio para formular otras preguntas: ¿Qué ocurre cuando hablar con ellos hace daño? ¿Y si mantener ese vínculo familiar exige pagar un precio demasiado alto?

La ruptura entre Brooklyn Beckham y sus padres, David y Victoria, con sus particularidades y sus versiones enfrentadas, hoy nos resulta reconocible en un nivel mucho más cotidiano. También el caso de Enrique de Inglaterra y su esposa, Meghan Markle, abandonando las funciones institucionales de la familia real después de años de conflicto y exposición mediática.

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Brooklyn Beckham con sus padres, David y Victoria

Son historias de celebridades, pero la cuestión que plantean ya no tiene nada de extraordinaria. La ruptura entre padres e hijos adultos existe y es bastante menos excepcional de lo que solemos imaginar. Por ejemplo, un estudio longitudinal estadounidense publicado en el Journal of Marriage and Family, basado en miles de participantes, concluyó que alrededor del 6,3% había experimentado algún periodo de distanciamiento respecto de su madre y aproximadamente el 26% respecto de su padre. Son cifras que demuestran que ya no estamos ante una rareza social.

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Por supuesto, hay una diferencia importante entre tener una relación difícil con los padres y cortar todos los lazos. Lo primero forma parte de la complejidad normal de muchas familias; lo segundo suele llegar después de una acumulación de decepciones, conflictos, límites ignorados o experiencias que la persona considera intolerables.

¿En qué casos no solo es conveniente sino necesario ponerse a salvo y dejar de hablar a un padre? "Cuando la relación es tóxica", responde tajante la psicóloga María Fernanda Plata Guerra. "Esto sucede cuando en el vínculo se dan altos niveles de control a pesar de que ya no se esté en la edad de crianza. También cuando hay elementos de manipulación, victimización, menosprecio por las necesidades y sentimientos del hijo o hija; y cuando no se buscan soluciones en las discusiones que surjan, sino que se está más interesado en mantener una controversia circular que busque confundir más que avanzar", explica.

"Estas relaciones suceden en familias en donde uno o los dos progenitores tienen claros rasgos narcisistas", añade la experta. La dinámica familiar se vuelve más compleja cuando el conflicto grave se concentra en uno solo de los padres. También es la situación más común. Sucede entonces que el progenitor con el que se mantiene una buena relación suele quedar atrapado en el medio.

"Hay un perfil maltratador y abusador y otro que está sometido de una forma permanente a ese abuso. Hablamos de dos víctimas entonces: una manifiesta, el hijo o la hija; y otro invisibilizado, que es el otro progenitor/a. Culturalmente es la mujer de la pareja la que suele asumir esa sumisión silenciosa", subraya Plata Guerra.

El último gran tabú familiar

Muchas personas sienten que no pueden contar lo que sucede porque temen que los demás las juzguen por haber roto con su propia familia. En países de tradición católica como España, en los que la familia conserva un enorme peso afectivo, esa decisión puede resultar especialmente difícil. A ello se suma una herencia cultural en la que palabras como deber, respeto, sacrificio, perdón o gratitud hacia los padres han tenido durante generaciones una enorme importancia.

"En las sociedades latinas y católicas hay mucha valoración por las figuras paternales, se ven como sagradas porque están muy cerca de la iconografía del dios padre y de la virgen María. Digamos que no se ven como otros humanos en el mismo plano que el nuestro, sino que arquetípicamente están en un peldaño superior", reflexiona la psicóloga.

"De esa manera, la falta de sumisión ante unos padres abusadores o negligentes se suele ver como una desobediencia inaceptable que necesita corregirse", indica Plata Guerra. Y no debería ser así. Ser padre o madre explica un vínculo jurídico, biológico y afectivo. No concede un derecho ilimitado a entrar en la vida de un hijo adulto, humillarlo, manipularlo, amenazarlo o someterlo a situaciones que ponen en riesgo su bienestar.

Culpa y presión social

Lo cierto es que el distanciamiento con un progenitor puede desatar un duelo complejo, donde no solo se sufre el fin del vínculo, sino también la pérdida del padre ideal que nunca existió. Este vacío emocional suele venir acompañado de una culpa persistente y de dudas sobre la decisión tomada.

La psicóloga Teresa Terol nos explicaba aquí que muchas personas siguen sintiendo remordimientos muchos años después: "Se preguntan si hicieron bien, si deberían haber aguantado más. Pero en realidad el primer paso para sanar es dejar de esperar a que esa figura cumpla un rol que nunca asumió”.

Enrique de Inglaterra, Meghan Markle y Carlos III

La presión exterior añade otra capa de dificultad. Familiares que no conocen toda la historia pueden pedir reconciliación. Hermanos pueden reclamar neutralidad. Amigos pueden insistir en que "padres solo hay unos". Una respuesta saludable ante la presión social consiste en dejar de intentar convencer a todo el mundo.

María Fernanda Plata Guerra apunta a una cuestión más amplia: "Esto nos atañe a todos como sociedad. Los cambios aparecerán con la divulgación y la educación desde las escuelas. Es necesario contarlo con naturalidad a nuestros allegados. También educar, divulgar, y paso a paso tendremos más referentes de otro modelo de vinculación paterno-filial".

¿Hay que perdonar?

La pregunta, llegados a cierto punto, es si el perdón es factible en algún momento. Teniendo cuenta que el perdón no es lo mismo que la reconciliación o volver a tener contacto. Un hijo puede perdonar y no volver a relacionarse con quien le hizo daño. Puede dejar de sentir rabia sin volver a invitar al padre a su casa. Puede comprender el origen de una conducta sin considerarla aceptable. Y también puede decidir que todavía no está preparada ni para perdonar ni para reconciliarse.

Forzar la reconciliación puede ser incluso contraproducente. "Uno no está obligado a reconciliarse si esa relación le ha hecho daño. La paz no siempre se consigue recuperando la relación, sino aceptando que no se puede cambiar a quien no quiere cambiar”, explica Teresa Terol. Incluso si quien no quiere cambiar es uno mismo.

"Esto es algo que cada persona debe decidir sin ningún tipo de presión. Si alguien decide volver a tener contacto con sus progenitores no debe ser por comprobar que ha habido algún cambio en ellos, sino porque algo ha cambiado en sí mismo, ya sea porque ahora se relaciona desde mayor autonomía e independencia o porque quiere saber de ellos sin expectativa de validación por parte de los progenitores", concluye Plata Guerra.

La verdadera madurez familiar quizá consista en aceptar que hay vínculos que merecen ser reparados, otros que necesitan ser transformados y algunos de los que, para poder vivir en paz, hay que alejarse.