La costumbre de dejar tareas pequeñas para 'luego' tiene un efecto acumulativo en el estrés: así lo explican los psicólogos
Dejar pequeñas tareas para después puede generar una acumulación de pendientes que aumenta el estrés y dificulta la sensación de descanso
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MadridAlgunas tareas pueden resolverse en apenas unos minutos: responder un correo, pedir una cita, pagar una factura o devolver una llamada. Sin embargo, muchas veces permanecen durante días en una lista de pendientes que no para de crecer.
Lo más curioso es que cuanto más pequeña parece la tarea, más difícil es entender por qué se sigue aplazando. No hace falta una tarde libre ni tampoco un gran esfuerzo. Solo se necesita empezar. Aún así, la psicología lleva años estudiando precisamente ese comportamiento y la explicación tiene menos que ver con la pereza de lo que podemos pensar.
La procrastinación suele funcionar como una manera de evitar temporalmente una emoción desagradable. El problema es que aquello que se deja para “luego” no desaparece del todo: sigue pendiente, puede reaparecer mentalmente y termina sumando pequeñas dosis de preocupación a la jornada.
Una tarea de dos minutos puede resultar muy incómoda emocionalmente
Responder un mensaje, confirmar un turno médico o realizar un pago son ejemplos de tareas con una duración real mínima, pero que empezarlas implica enfrentarse a algo que produce aburrimiento, incertidumbre, miedo a equivocarse o simplemente desgana.
Fuschia Sirois, investigadora especializada en procrastinación, explica que esta conducta se entiende cada vez más como un problema de regulación emocional y no únicamente de organización del tiempo. Las personas tienden a aplazar aquellas tareas que les resultan aversivas porque evitarlas produce un pequeño alivio inmediato.
Abrir un correo que puede contener una respuesta incómoda genera incertidumbre. Dejarlo para más tarde elimina esa sensación durante unos minutos. Lo mismo puede pasar con una factura que obliga a revisar las cuentas o una llamada que puede provocar una conversación desagradable.
Ese alivio funciona como recompensa: el cerebro aprende que aplazar reduce momentáneamente el malestar. El inconveniente es que la obligación sigue existiendo y, cuando vuelve a aparecer, suele hacerlo con el sentimiento de culpa por no haberla resuelto antes.
Posponer reduce el malestar momentáneamente
La relación entre procrastinación y estrés está muy bien documentada. Una revisión publicada en 2023 señala que ambas variables pueden alimentarse mutuamente. El estrés reduce los recursos disponibles para gestionar emociones incómodas y hace más probable que se eviten ciertas tareas. A su vez, procrastinar crea nuevas fuentes de presión cuando las tareas pendientes se van acumulando.
Un estudio longitudinal con 379 personas encontró que la procrastinación crónica se asociaba con niveles más elevados de estrés y con peores comportamientos relacionados con la salud. El análisis sugirió que el estrés desempeñaba un papel importante en la relación entre procrastinación y problemas de salud posteriores.
Una revisión y metanálisis más reciente, con 66 estudios y más de 32.000 participantes descubrió también una asociación entre procrastinación y resultados adversos para la salud. Esto no quiere decir que dejar un correo sin contestar durante una tarde sea grave. El estudio se refiere a patrones, no a retrasos ocasionales.
La gran diferencia está en la acumulación. Una pequeña tarea no tiene por qué tener consecuencias. Pero diez, quince o veinte tareas pendientes pueden empezar a ocupar un espacio considerable dentro de la rutina.
Lo pendiente puede seguir apareciendo en la cabeza
La sensación de que una tarea incompleta continúa abierta mentalmente está relacionada frecuentemente con el conocido efecto Zeigarnik, descrito originalmente en los años veinte. Sin embargo, la versión popular según la cual todas las tareas inacabadas permanecen inevitablemente ocupando la memoria hasta completarse es demasiado simplificada.
La investigación moderna sí ha encontrado que los objetivos no alcanzados pueden generar pensamientos intrusivos e interferir con otras actividades. De hecho, incluso podrían dificultar tareas que requieren funciones ejecutivas. Lo interesante es que no es imprescindible completar el objetivo para reducir esa interferencia: establecer un plan específico sobre cuándo, dónde y cómo abordarlo también hacía que los pensamientos relacionados con esa tarea disminuyeran.
Es una diferencia importante. El cerebro no parece necesitar que cada pequeño asunto quede solucionado inmediatamente. Puede ser suficiente con saber que existe un plan factible para poder resolverlo. En vez de pensar “tengo que llamar al dentista” es anotar “llamar mañana a las 10:30 al dentista”. Esto ayuda a disminuir la necesidad de recordarlo continuamente.
Si se tarda menos de dos minutos, hazlo
Una de las soluciones más conocidas consiste en completar inmediatamente cualquier tarea que pueda hacerse en menos de dos minutos. Es una regla popularizada por métodos de productividad, pero no hay evidencia científica que establezca los dos minutos como un límite psicológico especial.
Puede ser muy útil para ciertas cosas: guardar un documento, confirmar una cita o enviar una respuesta sencilla. Sin embargo, si se aplica sin criterio puede ser una fuente adicional de interrupciones.
Si alguien está trabajando concentrado y tiene que abandonar continuamente lo que está haciendo para completar cada pequeña tarea que va surgiendo, termina fragmentando su atención. Por tanto, no toda tarea corta necesita hacerse en ese mismo momento, ya que se podrían agrupar para no interrumpir y dejarlas completadas.