Bienestar

El hábito de posponer el despertador varias veces no ayuda a descansar más: a este fenómeno se le llama ‘snooze’

Puede aumentar la sensación de aturdimiento al despertar. Freepik
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MadridSuena el despertador y la primera reacción es casi instintiva: buscar el teléfono, pulsar “posponer” y negociar otros cinco o diez minutos bajo las sábanas. Cuando vuelve a sonar, se repite la operación. Al final, entre la primera alarma y el momento de levantarse pueden pasar veinte, treinta minutos o incluso más.

A esta costumbre se la conoce como ‘snooze’, el término inglés que se utiliza para describir las alarmas repetidas antes del despertar definitivo. Detrás de esta acción, hay una lógica: si todavía hay sueño, quedarse unos minutos más debería proporcionar algo más de descanso.

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Sin embargo, esos minutos no equivalen necesariamente a prolongar una noche de sueño normal. Las interrupciones repetidas modifican la última parte del descanso y pueden dejar a algunas personas más aturdidas. En cambio, para otros puede suponer una mejor transición hacia la vigilia.

El snooze está mucho más extendido de lo que pensamos

Posponer el despertador no es una costumbre de unos pocos. Un estudio publicado en 2025 en ‘Scientific Reports’ analizó más de tres millones de noches registradas mediante una aplicación de seguimiento del sueño entre más de 21.000 usuarios de diferentes países.

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El 55,6% de las sesiones terminaba con al menos una alarma pospuesta. Cuando se usaba esta función, los participantes pulsaban el botón una media de 2,4 veces y pasaban aproximadamente 10,8 minutos entre alarmas antes de levantarse definitivamente.

También se observó que quienes se acostaban más tarde de lo habitual tendían a utilizar más el snooze. Los investigadores no evaluaron directamente cómo rendían estas personas durante el resto del día, por lo que el estudio sirve principalmente para demostrar hasta qué punto el hábito está extendido.

Otra investigación publicada anteriormente en ‘Sleep’ ya había mostrado que las personas más jóvenes y quienes tienen un cronotipo más tardío recurren con más frecuencia a posponer las alarmas.

Esos diez minutos no son iguales a dormir diez minutos más

La diferencia principal está en la continuidad. El sueño se organiza en ciclos que van pasando por distintas fases. Durante una noche normal se alternan etapas de sueño no REM y REM aproximadamente cada 80 o 100 minutos. Además, la distribución cambia conforme se acerca la mañana: al principio de la noche predomina más el sueño profundo y, hacia el final, aumentan los periodos de sueño REM y las fases más ligeras.

Cuando una alarma suena repetidamente, ese tramo final queda fragmentado por pequeños despertares. La persona puede volver a quedarse dormida, pero apenas empieza a hacerlo cuando suena la siguiente alarma.

En Japón, se realizó un pequeño experimento donde se comprobó precisamente este efecto. Durante los últimos veinte minutos de sueño, quienes utilizaban la función snooze permanecían más tiempo despiertos o en la fase N1, la etapa más superficial del sueño, en comparación con quienes utilizaban una única alarma. Los autores concluyeron que las alarmas repetidas podían prolongar la inercia del sueño.

La sensación de no poder despertarse tiene un nombre

Ese estado de confusión en el que cuesta pensar, moverse o incluso recordar por qué está sonando el teléfono se denomina inercia del sueño. Es una fase completamente normal que aparece inmediatamente después de despertar y puede incluir somnolencia, lentitud mental, desorientación y un descenso temporal del rendimiento cognitivo. En condiciones normales suele reducirse a los primeros minutos, aunque puede prolongarse cuando existe falta de sueño o se produce el despertar en determinados momentos del ciclo.

La sensación también va a depender de la fase desde la que se despierta una persona. Despertar desde el sueño profundo suele provocar una inercia mayor que hacerlo desde fases ligeras. Ahí es donde aparece una de las paradojas del snooze. Las alarmas repetidas pueden fragmentar el descanso, pero también podrían hacer que algunas personas lleguen al despertar definitivo desde una fase más superficial.

Un estudio encontró incluso pequeñas ventajas

En 2023, investigadores de la Universidad de Estocolmo y el Instituto Karolinska estudiaron a 1.732 personas para conocer sus hábitos de despertador. Después realizaron un experimento de laboratorio con 31 participantes que utilizaban habitualmente el snooze.

En una de las condiciones podían posponer la alarma durante treinta minutos antes de levantarse. En la otra, tenían que levantarse directamente. El snooze redujo el sueño total en unos seis minutos, a pesar de ocupar una ventana de media hora. Sin embargo, los participantes no mostraron un empeoramiento claro del estado de ánimo, la somnolencia o la respuestas de cortisol. Además, obtuvieron resultados iguales o ligeramente mejores en algunas pruebas cognitivas realizadas inmediatamente después de levantarse. Los autores observaron que también que el snooze evitó que algunos participantes tuvieran que levantarse directamente desde el sueño profundo.

Esto no quiere decir que poner seis alarmas cada mañana sea recomendable. Los investigadores estudiaron a personas que ya tenían el hábito y utilizaron un intervalo limitado de treinta minutos. La conclusión fue mucho más prudente: un periodo breve de snooze podría ayudar a determinados dormilones habituales a superar la inercia del sueño sin alterar demasiado el descanso.