"Vamos parque" y "cole, no": las primeras palabras de Ander, un niño sordo de 4 años que vuelve a oír gracias a un implante coclear
Ander va a clase con alumnos normoyentes y aprende en euskera, castellano y lengua de signos
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San SebastiánTere Ayllón recuerda, nítidamente, el momento en el que pensó con angustia de madre, “al niño le pasa algo”. Ander, su primer hijo, tenía solo un añito y reaccionaba al oír un portazo o al escuchar la voz de Iván Blanco, su padre, pero no cuando su madre le hablaba, “no se giraba, porque mi voz es más aguda y no la escuchaba”. Una visita al otorrino les confirmó que el pequeño no podía oír como el resto. La noticia le cayó a Tere “como un jarro de agua fría”: “A mi hijo le falta uno de los cinco sentidos”, se dolía, mientras no conseguía acallar uno de sus mayores miedos, “que mi hijo no sufriera, como lo hice yo de pequeña, bullying en en el cole”.
La correspondiente prueba médica, a la que le sometieron a Ander, reveló que había perdido el 50% de la audición del oído izquierdo y el 70% del derecho. Le pusieron audífonos y con un añito y medio, empezó a girarse y mirar cuando pasaba, por ejemplo, una moto. Sin embargo, solo unos meses después, dejó de hacerlo y el temor de su familia se vio confirmado, Ander había perdido ya el 85% de audición en ambos oídos.
A pesar del golpe emocional que supuso la noticia, Tere es consciente de la terrible realidad a la que se enfrentan las familias con hijos que padecen enfermedades raras, "sin diagnóstico ni cura", por eso, sintió cierto alivio al pensar que "mi niño solo tiene perdida auditiva" y que "hay solución".
Nadie les ha podido decir el origen de lo que le ocurre al niño, en sus respetivas familias nunca había habido, hasta ahora, un caso de sordera con una progresión tan rápida y a una edad tan temprana, aunque “en la familia de mi marido, una de sus tías sufrió perdida auditiva con solo cinco añitos y las demás, aún jóvenes, han ido sufriéndola también”.
'Vamos parque' y 'cole, no'
En abril de 2024, Ander se sometió a una intervención quirúrgica en el Hospital Donostia que le ha abierto la puerta a escuchar y pronunciar sus primeras palabras dos años después. El implante coclear que le realizó el Doctor Xabier Altuna ha sido la llave para que Tere escuchara cuatro años después, por primera vez, la voz de su hijo. Un “momentazo” que le hizo llorar entonces y que lo vuelve a hacer cada vez que lo recuerda.
‘Vamos parque’, ‘Cole no’ o ‘No me gusta’ son algunas de las frases cortas, pero llenas de sentido, que pronuncia ya Ander, que también empieza a entender a sus padres. Con ayuda de un logopeda de Aransgi, la asociación de familias de personas sordas de Guipúzcoa, el chaval empieza a aprender a interpretar los sonidos que le llegan al cerebro gracias a ese “hilito de silicona con 12 sensores electroestimuladores, que lleva implantado en la cóclea, y que le permiten estimular el nervio auditivo”. Ese hilito va pegado a un imán dentro de su cabecita y en la parte externa lleva un receptor: “Los estímulos que recibe, su cerebro los convierte en sonidos”.
El efecto fue inmediato, “automáticamente notamos que escuchaba”, aunque han sido precisos varios ajustes y audiometrías, la última este pasado mes de enero, “y en principio, no tenemos que volver hasta dentro de un año”, se felicita esta madre.
Euskera, castellano y lengua de signos
Ander comparte clase con otros alumnos normoyentes y lo hace en euskera, castellano y lengua de signos. Su tutora le habla en euskera, una docente de apoyo lo hace en castellano y lengua de signos y otra profesora les enseña a Ander y al resto de la clase, lengua de signos, que también están aprendiendo Tere e Iván. “Hablar va a hablar, pero cada niño lleva su tiempo”, resume Tere.
Ander es con cuatro años un niño super “risueño y cariñoso” que hace gala de “una personalidad arrolladora” y "mucho carácter". Un pequeño luchador al que su familia no le ha soltado de la mano en todo el camino que lleva transitado, y al que ahora acompañan aprendiendo a gestionar sus emociones, como la frustración, “ a veces pueden llegar a ser agresivos porque utilizan el cuerpo cuando sienten que no pueden expresarse como querrían”.