Planificar un viaje puede ayudar a tu salud mental: la ciencia explica los motivos

Organizar un viaje pone en marcha proyectos mentales de futuro, rompe la rutina y ofrece esperanza al imaginar nuevos lugares y se convierte en una herramienta terapéutica
Los europeos que gastan más y mejor en viajes son los mayores de 65 años
MadridCuando se planifica un viaje, no sólo se está organizando el alojamiento o los billetes: se está activando algo mucho más profundo en nuestra mente. La anticipación de una escapada, la ilusión de nuevos paisajes, la esperanza de descanso o cambio, pueden tener un efecto terapéutico incluso antes de salir de casa. Esa sensación de ilusión sostenida es capaz de aliviar estrés, mejorar el ánimo y ofrecer una pausa mental significativa.
Algunas investigaciones señalan que este “efecto anticipación” puede ser incluso más potente que el propio viaje. Un estudio de 2022 concluye que planear unas vacaciones, o tenerlas marcadas en el calendario, produce un impulso de bienestar que puede durar semanas. Además, otros análisis señalan que las expectativas positivas sobre un viaje activan en el cerebro circuitos de recompensa, ya que se liberan neurotransmisores vinculados al placer y al bienestar, lo que ayuda a reducir la ansiedad y mejorar el estado de ánimo.
Por lo que, organizar un viaje no es solo una cuestión de logística, sino que puede convertirse en una estrategia de autocuidado. Verlo de esta manera puede ayudar a transformar una escapada futura en una herramienta para el bienestar, muy útil en momentos de estrés, rutina o cambios personales.
Beneficios psicológicos de planear un viaje
Planear un viaje activa una serie de procesos mentales y emocionales que pueden mejorar de manera significativa el bienestar, incluso antes de que empiece esa escapada. La ciencia coincide en que la anticipación positiva es uno de los estados psicológicos más potentes para generar felicidad, ilusión y motivación.
Aumento del bienestar a través de la anticipación positiva
Distintos estudios sugieren que la simple expectativa de vivir una experiencia placentera activa los sistemas de recompensa del cerebro, liberando dopamina, el neurotransmisor asociado al placer y la motivación.
Cuando se planea un viaje, no se espera cualquier cosa: se suele esperar descanso, cambio, novedad, disfrute. Ese imaginario genera emociones positivas incluso semanas o meses antes del viaje, lo que ayuda mucho a mejorar el estado de ánimo general, también a generar una sensación de propósito, dar energía para afrontar el día a día y suavizar la percepción de la rutina diaria.
Es como tener una ilusión en el calendario: se sabe que llegará el momento para disfrutar y relajarse.
Reducción del estrés por la desconexión mental gradual
Planificar una escapada obliga a salir mentalmente de la rutina, aunque sea solo por unos minutos: investigar un destino, mirar fotos, revisar alojamientos o imaginar rutas es una manera de microdescanso mental.
Según la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), este proceso funciona como una válvula de escape emocional: los niveles de estrés se reducen porque permite alternar entre tareas habituales y momentos de evasión mental, algo esencial para recuperar equilibrio.
Además, viajar -y anticiparlo mentalmente- estimula la liberación de endorfinas y oxitocina, hormonas vinculadas al bienestar y la relajación. El cuerpo entra en un estado de “modo descanso”, incluso sin haber salido todavía de casa.
Estimulación cognitiva: el cerebro se reactiva ante la novedad
El cerebro humano responde de manera muy positiva a la novedad. Planificar un viaje implica: imaginar lugares desconocidos, explorar otras culturas, resolver pequeños retos logísticos, aprender sobre historia, gastronomía o geografía y visualizar experiencias que nunca se han vivido.
Esto estimula áreas relacionadas con la creatividad, la memoria y la flexibilidad cognitiva. Es un ejercicio mental saludable que funciona como una especie de gimnasio cerebral: rompe automatismos, despierta la curiosidad y aumenta la capacidad de adaptación. La investigación psicológica indica que incluso fantasear con experiencias nuevas puede generar beneficios equivalentes a vivirlas.
Fortalecimiento emocional y construcción de resiliencia
Planear un viaje implica también gestionar expectativas: decidir qué es importante, qué actividades se priorizan, cómo organizar el tiempo… Este proceso permite desarrollar habilidades de regulación emocional relacionadas con la tolerancia a la incertidumbre, la capacidad de tomar decisiones, flexibilidad ante cambios y valoración de lo esencial sobre lo accesorio.
Al pensar en un destino, el cerebro proyecta “una versión mejorada” del futuro: está mucho más tranquila, más libre y más conectada con los deseos propios. Esto ayuda a reforzar la resiliencia, es decir, la capacidad de recuperarse emocionalmente, porque ofrece una visión de futuro positiva y alcanzable.
Mejora de las relaciones sociales cuando se planifica en compañía
Cuando se organiza un viaje con otra persona se fomenta la comunicación y la cooperación. Escoger destinos, compartir ideas, comparar alojamientos o proponer actividades son dinámicas que fortalecen vínculos y generan ilusión compartida.
La UNAM señala que la planificación conjunta favorece el bienestar emocional al generar complicidad y reforzar la sensación de pertenencia. Además, cuando se habla sobre un viaje futuro, incluso aunque falte tiempo para que ocurra, permite proyectar momentos de disfrute en común, aumenta la empatía, crea recuerdos anticipados y mejora la intimidad emocional. Es un antídoto contra el aislamiento y una semilla para historias futuras.
Un pequeño “ancla” psicológica que protege frente al agotamiento
Tener marcado un viaje en el calendario funciona como apoyo emocional. No importa si va a ocurrir en un mes o en seis: la expectativa genera estabilidad mental. Es lo que algunos psicólogos llaman “futuro positivo”: una imagen alentadora que amortigua la presión de la rutina. La anticipación de experiencias placenteras puede ser tan poderosa como la experiencia en sí.
Este ancla reduce la sensación de desgaste emocional y ayuda a ver las obligaciones cotidianas con más perspectiva.
Identidad, propósito y autoconocimiento
Además, organizar un viaje también permite que se respondan preguntas esenciales como: “¿Qué me apetece?”, “¿Qué necesito ahora?”, “¿Qué tipo de experiencia quiero vivir?” y “¿Qué me hace sentir vivo?”.
Estas preguntas actúan como motor de autoconocimiento. Escoger un destino es, de cierta manera, elegir una versión de uno mismo: la curiosa, la aventurera, la tranquila, la gastronómica, la contemplativa… Viajar, y también planificar, ayuda a reconectar con esa identidad y a darle un propósito emocional al futuro.

