Mantenerse hidratado es fundamental pero las necesidades de agua van a cambiar según factores como la edad, el clima, la alimentación o la actividad física
"Beber leche aumenta la mucosidad": los estudios se posicionan sobre un mito que sigue vigente
MadridExisten pocas recomendaciones relacionadas con la salud que estén tan extendidas como esta: hay que beber ocho vasos de agua al día. Esta frase se repite desde hace décadas en conversaciones, anuncios, redes sociales e incluso en algunos consejos médicos informales, hasta el punto de que muchas personas lo consideran una regla universal e incuestionable.
No obstante, la ciencia lleva años señalando que esta recomendación es mucho más flexible de lo que pensamos. Aunque hay que mantenerse hidratado ya que es algo fundamental para el organismo, no existe una cantidad exacta de agua que todas las personas deban beber obligatoriamente cada día. De hecho, las necesidades de hidratación van a cambiar en gran medida dependiendo de la edad, el clima, la alimentación o la actividad física.
¿Cuál es el origen de este mito?
La idea de los “ocho vasos al día” tiene un origen difuso, pero muchos expertos lo sitúan en una recomendación publicada en 1945 por el Food and Nutrition Board de Estados Unidos. En ese documento se sugería una ingesta aproximada de líquidos de unos 2,5 litros diarios para un adulto medio. El problema llegó cuando mucha gente pasó por alto una parte importante del texto: gran parte de esa hidratación ya procedía de los alimentos.
Frutas, verduras, sopas, leche o incluso otros tipos de bebidas también aportan agua al organismo. Sin embargo, con el tiempo, la recomendación se simplificó hasta convertirse en la idea de que todas las personas debían beber ocho vasos de agua adicionales al día. Esta cifra se consolidó debido a que era fácil de recordar y de transmitir.
¿Cuánta agua necesitamos realmente?
La respuesta corta es que no hay una cantidad universal válida para todo el mundo. La ciencia lleva mucho tiempo señalando que las necesidades de hidratación dependen de numerosos factores individuales: la edad, el sexo, el peso corporal, el nivel de actividad física, el clima o incluso el tipo de alimentación que se lleve.
Por ejemplo, alguien que hace deporte intenso, trabaja al aire libre o vive en una zona muy calurosa va a perder más líquidos a través del sudor y necesitará beber más agua que una persona completamente sedentaria en un clima templado. Lo mismo pasa durante episodios de fiebre, diarrea o embarazo, situaciones en las que las necesidades de hidratación aumentan.
Además, otro aspecto que se suele olvidar es que no toda el agua que ingerimos procede directamente del vaso. Organismos como la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) recuerdan que una parte importante de la hidratación diaria proviene de los alimentos. Frutas, verduras, sopas, yogures o incluso bebidas como el café y el té contribuyen al balance hídrico del organismo. De hecho, diferentes estudios estiman que aproximadamente entre un 20% y un 30% del agua diaria procede de la comida.
Las recomendaciones actuales de la EFSA hablan de una ingesta total aproximada de unos 2 litros para mujeres y 2,5 libros para hombres adultos, pero estas cifras incluyen tanto bebidas como agua presente en los alimentos, por lo que la referencia suele situarse alrededor de 1,6 litros para mujeres y 2 para hombres en condiciones normales.
De todos modos, los expertos insisten en que el cuerpo humano ya cuenta con un mecanismo bastante eficaz para regular la hidratación: la sed. Cuando el organismo detecta una pérdida de líquidos o un aumento de concentración de sales, activa las señales hormonales que generan esa necesidad de beber. En personas sanas, ese sistema suele funcionar correctamente y permite mantener el equilibrio hídrico sin necesidad de obsesionarse con contar vasos de agua.
Aunque, hay excepciones importantes, como las personas mayores. Ellos pueden tener una sensación de sed menos intensa, lo que aumenta el riesgo de deshidratación. También los niños pequeños o quienes sufren ciertas enfermedades necesitan tener una atención más específica a su hidratación.
¿Beber más agua es mejor?
Este es otro aspecto que ha desmontado la ciencia, y es que la idea de que cuanto más agua bebamos, más saludable será es falsa. La hidratación es necesaria, pero el exceso también puede ser problemático. En casos extremos, consumir demasiada agua en poco tiempo puede provocar una alteración conocida como hiponatremia, que ocurre cuando los niveles de sodio en sangre se diluyen demasiado.
Aunque es algo poco frecuente, esta situación puede llegar a ser peligrosa, sobre todo en personas que realizan ejercicio intenso y beben grandes cantidades de agua sin reponer electrolitos. Por ello, los especialistas insisten en que la hidratación debe adaptarse a las necesidades reales del cuerpo y no a unas reglas rígidas.
¿Cómo se sabe si se está bien hidratado?
La señal más evidente es la sed, un mecanismo natural que se activa cuando el organismo detecta una pérdida de agua o un aumento en la concentración de sales. En personas sanas, sentir sed suele ser una señal eficaz de que necesitamos beber más.
Otro indicador muy utilizado es el color de la orina. En general, una orina clara o de color amarillo pálido suele asociarse a una hidratación adecuada, mientras que tonos más oscuros pueden ser síntoma de que el cuerpo necesita más líquidos. También pueden aparecer otros síntomas como sequedad de boca, cansancio, dolor de cabeza, mareos o sensación de fatiga.

