Crimen

El crimen del asesino de la catana: el adolescente que mató a sus padres y a su hermana y que se reinsertó en la sociedad

José Rabadán, el asesino de la catana, un caso que marcó a la Región de Murcia: a los 16 años, mató a sus padres y a su hermana. Personas, bestias
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El 1 de abril de 2000, el municipio murciano de Santiago el Mayor fue testigo de un horror inesperado. José Rabadán Pardo, un adolescente de 16 años, acabó con la vida de sus padres y de su hermana pequeña en su propio hogar utilizando una catana de 71 centímetros. La brutalidad y frialdad con la que cometió el crimen desconcertaron a vecinos, periodistas y fuerzas de seguridad.

Lo que parecía un chico normal, aficionado a videojuegos y artes marciales, se convirtió en un asesino que planificó y ejecutó un acto extremo contra su familia. El tercer capítulo del videopodcast 'Personas, bestias', dirigido por Carmen Corazzini, analiza el caso, considerado uno de los parricidios más mediáticos de España.

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El crimen de la catana: qué ocurrió

A primera hora de la mañana del 1 de abril de 2000, la policía recibió una llamada anónima que alertaba sobre tres muertes en la calle Santa Rosa. Alfonso Navarro, excomisario jefe de la investigación, recuerda: "Pasadas las 09:00 horas se recibe una llamada de un joven que dice que en un domicilio hay tres personas fallecidas y cuelga". Posteriormente hubo otras llamadas en las que ya alguien se identifica y "dice que ha matado a sus padres", cuenta Lourdes Aznar, periodista de 'La Opinión de Murcia'. Era José Rabadán.

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Javier Adán, excorresponsal de El Mundo en Murcia, asegura que los policías experimentados pedían no entrar al domicilio. Los agentes bajaban con el gesto roto. Las autoridades tiraron la puerta abajo y, según Navarro, encontraron "un espectáculo dantesco, una carnicería". Primero encontraron el cuerpo de un hombre tumbado con una bolsa de plástico en la cabeza junto a un charco de sangre. Posteriormente, al entrar en el cuarto de baño, hallaron en la bañera a una niña tumbada boca arriba, también con la cabeza cubierta, y un rastro de sangre que hacía pensar que habían movido su cuerpo hasta allí. Finalmente, en una de las habitaciones, hallaron a una mujer boca abajo, con la cabeza muy golpeada.

El análisis del psicólogo forense Ángel Cabezos

Ángel Cabezos, psicólogo forense que ha analizado el caso, afirma que la frialdad de José fue sorprendente. El joven colocó las bolsas de plástico en las cabezas de las víctimas por ser "eficiente", no porque fuera un acto de compasión para no tener que ver los rostros. Las colocó para poder transportar los cuerpos sin manchar todo de sangre, un hecho meramente instrumental.

Cabezos destaca que "la persona que está ejecutando un plan no está sentimentalmente en ese momento", está siendo mecánico. En cuanto a las llamadas a la policía, el experto señala: "Eso me dice que es un chaval que ha tomado un impulso de llevar una idea extrema a término y ahora no sabe qué hacer". Su conducta reflejaba un impulso violento dirigido con precisión y, al mismo tiempo, la necesidad de seguir teniendo "una figura de autoridad a la que poder contarle" lo que había hecho. Por eso hizo las llamadas.

Los minutos posteriores al crimen

Los agentes tenían claro la autoría de José, pero el joven desapareció. Los vecinos describían a la familia como ejemplar. Alfonso Navarro recuerda: "Preguntamos quién vivía allí y dijeron que se trataba de un matrimonio con dos hijos. El padre era camionero, la madre era ama de casa y su hermana pequeña, con síndrome de Down, era muy apreciada y querida en el barrio". El que faltaba en la escena era el hijo mayor.

Lourdes Aznar afirma que el funeral fue impactante: "La iglesia estaba llena y, cuando salió el féretro de la niña con las flores, se produjo un silencio tremendo que solo rompió el llanto de alguien". La normalidad en el entorno familiar intensificó la conmoción y la incredulidad. Algunos consideraban que era un chico "consentido", es decir, que no tenía un enfrentamiento con sus progenitores. Al contrario, intentaban que él prosperase en los proyectos en los que intentaba implicarse.

El arma del crimen, el perfil de José y su pasión por los videojuegos

Los padres de José le regalaron la catana. El joven practicaba con la espada samurái frente al espejo imitando al protagonista de su videojuego favorito, el 'Final Fantasy'. Alfonso Navarro destaca que en su habitación encontraron la catana, junto a puños americanos, pinchos, nunchakus, otro puñal tipo estilete y otros objetos: "Se veía que este chico era aficionado a las artes marciales". También encontraron libros de 'Satanás' o 'El poder de la magia', pero el joven admitió que "no se los había terminado de leer". "Cambiaba de plano constantemente porque no profundizaba en ninguno", apunta Navarro, que se sorprendió al ver que el peinado de Rabadán era igual que el de su referente digital.

"Es muy importante determinar la diferencia entre correlación y causalidad. Que los dos tengan el mismo corte y una catana es una correlación, pero no causalidad. No hace esto por el videojuego", destaca Ángel Cabezos. Carmen Corazzini destaca que, de todos los estudios que ha leído sobre videojuegos y conducta, ninguno concluye que el ver un videojuego te vuelva violento, aunque sí ha visto que puede favorecer una desensibilización hacia la violencia. "No te vuelve violento per se, pero sí te permite disociarte. Si tienes problemas, entras y quedan aparcados, pero luego vuelven. Así es como empiezan esos abusos", precisa Cabezos. En este caso ¿la violencia precede al videojuego o lo sucede? Esta duda, junto a la pérdida de socialización real por el exceso digital inconsciente, es un foco crítico en jóvenes.

Los chats con Sonia, la joven que delató al asesino

El ordenador de José reveló su contacto diario a través de una plataforma con Sonia, una joven de 14 años de Terrassa, en Barcelona. La noche del crimen chateó con ella hasta que se acostó con la catana bajo la almohada. Lo que no imaginaba es que su amor platónico le podía traicionar. El joven, que usaba el nick "ODEIM', 'MIEDO' al revés, le contó a la chica "la crónica de lo que iba a ocurrir y había ocurrido". Ella, entonces, contactó con Alfonso Navarro y le delató, confirmando que estaba en Alicante con su amigo Oliver y que quería ir a verla.

Si Sonia hubiera alertado sobre la posible preparación del crimen, el resultado podría haber sido diferente, pero no tuvo la posibilidad de determinarlo. José utilizaba "las redes para expresarse". Su versión virtual era más real que su versión en persona: "Virtualmente no tenemos que guardar una compostura ni tenemos que dar la cara", destaca Cabezos.

El plan de huida de José Rabadán

El plan de huida de José fue totalmente improvisado. Se fue de casa con dinero de su padre, hizo autostop y una mujer le llevó hasta Alicante. Allí pretendía tomar un tren a Barcelona y reunirse con Sonia, pero fue detenido junto a Oliver. Javier Adán subraya que su fuga "demuestra una inmadurez propia de alguien con 16 años". Pensaba que en otro lugar "nadie le reconocería". "Su mente funcionaba como si estuviera pasando de una pantalla de videojuego a otra", comenta el psiquiatra forense José Miguel Gaona.

Una vez se produjo el arresto, se conocieron más detalles del crimen. El propio joven ofreció información que incluso la policía no tenía por qué saber; admitió que se acostó sobre las 03:00 horas del 1 de abril con la catana para irse concienciando y que utilizó las bolsas en las cabezas para no manchar. "El problema es que, cuando entra una idea disruptiva, el 90% de las personas lo dejamos a un lado. Pero hay un porcentaje en los que la idea permanece. Cuando cala y se quiere llevar a término es peligroso. En este caso, su idea era que quería estar solo", afirma Ángel Cabezos.

La declaración de José Rabadán ante los agentes

La declaración de José ante los agentes fue estremecedora. El joven relató con frialdad cómo atacó primero a su padre por la espalda, al que golpeó y apuñaló con la catana. Después se dirigió a su madre, que llegó a gritar su nombre al verle, y la agredió también con el arma blanca. Finalmente fue a por su hermana pequeña, que estaba llorando; tras romperse la catana, buscó un puñal y la apuñaló hasta causarle la muerte. Antes de marcharse, regresó junto a su madre para asestarle más cuchilladas y asegurarse de que había fallecido. Luego dejó el arma y empezó a pensar en la huida.

Carmen Corazzini destaca que se daba por hecho que no tenía una enfermedad grave y que "parece que simplemente era malo". Podía haber dudas de si había algo más allá por su frialdad, como una psicopatía, por ejemplo, pero no se determinó de esta manera. Ángel Cabezos subraya que una persona no comete un acto "de manera directa", sino que "empieza a dar signos" hasta materializarlo: "Todos dan indicadores. Lo único que los que observan alrededor no tienen el ojo entrenado y no lo ven. Pasó desapercibido lo que le ocurría a José".

Los fans del asesino de la catana

A pesar de la brutalidad de sus actos, José despertó fascinación entre ciertos adolescentes, a pesar de que ni siquiera existían las redes sociales. José Miguel Gaona destaca que el joven recibía "muchas cartas" y que muchos fans presentaban el síndrome del salvador, en el que se quiere redimir los delitos de una persona. José era un "referente nacional", patológico, pero un referente. De hecho, sirvió de inspiración para otros crímenes. Raquel Carlet e Iria Suárez, dos chicas de Cádiz que fantaseaban con él, acabaron matando a una amiga de ambas, Klara García.

Carmen Corazzini hace alusión a la hibristofilia, cuando una persona siente una atracción sexual o romántica hacia individuos que han cometido actos delictivos. Existen otros casos, como el de Daniel Sancho o Miguel Carcaño, que también recibían cartas. Según Ángel Cabezos, a la población le suele gustar lo que sale de la normalidad, que se presente a criminales como "animales". El experto recalca la importancia de "educar la mirada"; visibilizar a la víctima, ya que generalmente no gusta conocer la vida del fallecido porque "duele" y pueden verse "muchos paralelismos" que nos hacen sentir incómodos.

La defensa de José Rabadán

José Rabadán se convirtió en uno de los primeros casos de delito grave juzgado con la nueva Ley del Menor (que entró en vigor el 13 de enero de 2001). Pedro López Graña, abogado defensor, planteó un trastorno epiléptico como atenuante. El joven recordaba perfectamente el crimen, lo que llevó a pensar que tenía las facultades cognitivas conservadas. No se puede excluir que tuviera un brote psicótico y quizá no lo sepamos nunca, según los profesionales.

Los expertos en epilepsia de España indicaron que no se podía achacar lo ocurrido a una epilepsia que solo había tenido una vez. Y es que no se le conoce ningún ataque epiléptico más. Carmen Corazzini asegura que siempre puede haber un primer ataque, pero también destaca la duda de hasta qué punto la epilepsia puede explicar estos actos. Ángel Cabezos destaca que José fue evaluado por dos psiquiatras (cuando los criminales suelen encerrarse en sí mismos) y que no había que determinar si ocurrió o no un ataque epiléptico, sino si la idea de que pudo haber ocurrido estaba sustentada. "¿La epilepsia puede producir eso? Sí. ¿Lo puede producir de manera general? No. Adecuado a este caso, había indicadores suficientes como para convencer al tribunal", añade el experto. La defensa del joven "lo hizo muy bien" con su planteamiento.

La condena y vida actual de José Rabadán

El juez emitió sentencia y ordenó el internamiento de José en un centro de menores durante seis años, además de otros cuatro años de libertad vigilada. José Alberto Pardo, director de 'La Opinión de Murcia', sostiene que la Fiscalía justificó la decisión apelando al interés superior del menor. "Fueron seis años gracias a una enfermedad, podemos decir, inventada", señala el periodista. Tras cumplir las medidas impuestas, el joven retomó su vida lejos de Murcia y acudió a un centro de reinserción en Cantabria, una asociación evangélica. Actualmente está casado con una mujer y tiene una hija.

Los expertos creen que se ha podido redimir de sus delitos, pero nunca se sabe si puede reincidir. "¿Ha funcionado el interés por conseguir la reinserción? Perfectamente. ¿Que haya funcionado en base a una sentencia absurda? También", añade José Alberto Pardo. Muchos se preguntan si los seis años de internamiento fueron suficientes. José tiene ahora un "propósito en la vida", que es lo que marca "absoluta diferencia con todo", destaca Ángel Cabezos. "Quizá es lo que con 16 años no tenía", matiza el experto, que asegura que no podemos pensar que todos estos asesinos, menores, "siempre son herramientas rotas o casos imposibles". "Todavía son moldeables. Aquí tenemos un caso para estudiarlo desde esa perspectiva", concluye.