La historia de superación de Noemí Navarro: de su expulsión de los Testigos de Jehová a ser un referente de la maternidad autista
Noemí Navarro, conocida en redes como Noemimisma, con una comunidad de más de 1 millón de seguidores, publica 'No sabes de dónde vengo', la desconocida historia de su vida marcada por la resiliencia
Noemí Navarro habla de la relación con su padre tras ser expulsada de los testigos de Jehová: “No puede hablarme"
La vida de Noemí Navarro no ha sido un camino de rosas. Su infancia transcurrió en el barrio histórico de Lianchi, en Alcalá de Henares, junto a su hermana pequeña y sus padres, que estrenaban una paternidad con tan solo 16 años y siendo miembros de la organización religiosa de los Testigos de Jehová. Aunque fue una infancia muy humilde, en la que incluso llegaron a ocupar una vivienda, ella la recuerda como feliz y, con unos padres, muy presentes. Las dificultades, sin embargo, llegarían cuando decide divorciarse y la expulsan de la organización. Cuando esto ocurre, pierde el contacto completo con su familia, viviendo un ostracismo muy joven, y con una mano delante y otra detrás. Eso supuso un antes y un después en su vida, un motor de cambio que la impulsó en otras facetas profesionales de su vida, ya que uno de los factores que le llevó también a aquella expulsión fue que ella tenía interés por estudiar y labrarse un futuro fuera de estrictos valores de los Testigos -donde no está bien visto que una mujer vaya a la universidad-. Cuando conoció al padre de sus dos hijos, Noemí ya había salido de la organización y, en 2016, iniciaba su trayectoria como influencer en redes. Ahora mismo cuenta con una comunidad de más de un millón de seguidores en @Noemimisma que la siguen allá donde va.
Para rizar aún más el rizo, la maternidad le propone aun más retos vitales. A su hijo Mateo le diagnostican autismo, y posteriormente, a ella también. Este hecho, la impulsa de nuevo a crear una asociación Madretea por la que la nombran embajadora de la primera Barbie autista, y con la que justo acaba de realizar un congreso sobre autismo para familias y profesionales en Madrid. Ahora también Noemí cuenta su testimonio en un libro. En 'No sabes de dónde vengo' (Plaza Janés, 2026) narra sin filtros cómo reconstruyó su vida mientras lidiaba con conflictos familiares, el reto de la maternidad, un diagnóstico que la obligó a mirarse de otra manera y la cara menos amable de convertirse en un rostro público. Charlamos con ella sobre su vida y sobre su experiencia con un hijo neurodivergente.
Pregunta: Justo acabas de organizar tu primer congreso dedicado al autismo con Madretea, que fue el pasado 21 de marzo. ¿Cómo ha ido? ¿Qué ha pasado allí?
Respuesta: El congreso ha sido un sueño cumplido, fruto de una de las experiencias que más probablemente me han transformado, que es la llegada del diagnóstico de mi hijo. Y, probablemente, lo que más he recibido del congreso han sido palabras de cariño, de agradecimiento, y esa sensación de comunidad que yo necesitaba. Porque a mí lo que me pasó -cuando me dieron el diagnóstico de mi hijo- es que me sentía muy sola, no tenía con quién hablar y nadie que me entendiera, tampoco tenía referentes en los que fijarme, no conocía ningún caso. Además, la información que encontraba tenía, muchas veces, un lenguaje muy complejo para mí, recién llegada a la neurodivergencia. Intentar hacer una jornada en la que las ponencias sean asequibles para todos y que todo el mundo las entienda, con lenguajes sencillos, con personas que son grandes comunicadores, autistas en primera persona, profesores, personal docente... Pues ha sido maravilloso, y creo que la gente se ha ido con muy buen sabor de boca.
P: Todo esto nace del diagnóstico de tu hijo, pero también del tuyo. ¿Cómo fue?
R: Primero le diagnostican a él, y después a mí. En el primer libro que saqué 'El arte de no encajar' explico cómo fue todo el proceso, pero justo cuando lo estaba escribiendo fue cuando recibo mi propio diagnóstico, y ahí cuento cómo fue toda la llegada del autismo a casa: qué supone para mí, para la familia, para unos padres, nuestra separación, los miedos y demás. En este segundo libro, en 'No no sabes de dónde vengo', también hablo de cómo vivió mi propio diagnóstico con más profundidad. Porque en el primero yo estaba casi aterrizando la noticia y no sabía ni por dónde me venía. A raíz de aprender sobre el autismo de mi hijo Mateo, informarme y profundizar, empecé este activismo en redes sociales. Conocí el perfil de una mujer a la que le acababan de diagnosticar autismo con 40 años, que se llama Sara (en Instagram es @mujeryautista), y ahí fue cuando dije: "ostras, yo resueno mucho con ello, quizá yo también podría tener autismo". Así que empecé a investigar hasta que me dieron mi diagnóstico.
P: De hecho, después de contarlo en redes, recibes críticas porque "no pareces una persona autista"...
R: Yo siempre digo lo mismo, que cómo tendría que ser para parecerlo. Porque a lo mejor el autismo no es lo que nos han contado, tenemos en el imaginario colectivo, yo la primera, cuando nos llegó la noticia, que un autista es una persona que no se comunica, que en ocasiones puede incluso se puede autolesionar, con conductas muy disruptivas, o por el contrario, un genio. Pero es que entre medias de todo eso hay un espectro muy amplio, y aparte, en mujeres el autismo se presenta de manera diferente. Entonces es como el cóctel Molotov perfecto para recibir críticas. Por suerte cada vez está habiendo más información, y de quien recibo las críticas es de quien nunca ha oído hablar sobre el autismo.
P: ¿Cómo fue tu diagnóstico? Por lo que cuentas, tú fuiste la primera sorprendida...
R: Sí, a mí me resonaban algunos de los síntomas. A mí, por ejemplo, lo que me ocurre es que experimento un agotamiento físico por la exposición social. Soy una persona que hace muchísimo deporte, me preparo maratones, pero eso no me cansa tanto como que me metas en un cumpleaños con 70 personas que no conozco. Es decir, después de un cumpleaños y tener que socializar muy probablemente al día siguiente me pase toda la mañana en la cama porque estoy agotada. Ayer justo me pasó, porque empecé con una psicóloga nueva, estuve una hora y pico hablando con ella, luego tuve una entrevista y fue casi otra hora, luego por la tarde me dieron una noticia terrible y tuve que estar hablando con varias personas con las que no tengo mucha confianza... En definitiva, no fue un día especialmente exigente físicamente, pero por la noche estaba agotada. Después, a nivel sensitivo, tengo muchas dificultades con el tacto, con las telas, las etiquetas... Para mí es absolutamente insoportable.
Hay autistas que tienen hipersensibilidad acústica, por eso van con los cascos de cancelación de ruido. Yo puedo aguantar más o menos un ruido alto durante un tiempo, pero cuando ya llevo demasiado, es absolutamente ensordecedor. Funciono muchísimo mejor en silencio. Una de las dudas que me plantea la gentes es cómo puedo ser influencer siendo autista...
P: ¿Y qué les dices?
R: Claro, yo soy influencer pero al final con quien hablo es con mi teléfono, no estoy rodeada de personas de forma presencial. Me dirijo a mucha gente, pero en mi realidad del día a día no es así.
P: ¿Qué le recomendarías a una familia que se encuentra en una situación similar a la tuya?
R: Sobre todo que se den sus tiempos, el autismo es una carrera de fondo. Es algo que les va a acompañar hasta el final de tus días. Y, sobre todo les aconsejaría que confíen mucho, que no se queden en el duelo, que no se queden en el "es que me han dicho que mi hijo no va a hablar"... Una amiga me dijo una vez que un diagnóstico no es un pronóstico. Es una frase que me encanta porque es verdad. Yo recuerdo que Mateo no habló hasta los cuatro años, y muchas veces me planteé si Mateo hablaría o no, y ahora habla todo el tiempo. Tiene una capacidad de lenguaje probablemente diferente a la de los demás, pero tiene una velocidad de procesamiento muy grande.
P: La infancia de Mateo seguramente está siendo muy diferente a la tuya. En el libro, hablas de ella, de cómo fue criarse en una familia Testigo de Jehová. ¿Cómo lo recuerdas?
R: En ese sentido, la escritura del libro ha sido terapéutica, porque he podido poner palabras a sensaciones. Cuando miro atrás, recuerdo una infancia muy feliz. Mis padres han sido personas muy presentes, eran muy jóvenes cuando nos criaron a mi hermana y a mí. Dentro de los Testigos, mientras todo está bien, mientras sigues sus normas, pues todo es bastante idílico. Además para una persona como yo, que en aquel momento no lo sabía pero era neurodivergente, que todo estuviera tan controlado y con tantas rutinas, me aportó confort y estabilidad. El problema viene cuando te haces mayor y, de pronto, empiezas a pensar por ti misma y ves que hay cosas que no te cuadran y quieres salir. Ahí empiezan los problemas...
P: ¿Cuándo decides salir de la organización? Supongo que no sería fácil...
R: Yo me casé con 19 años porque, entre los testigos, no está muy bien visto tener un noviazgo muy largo, porque están prohibidas las relaciones sexuales antes del matrimonio. En esa época, yo quería independizarme y la única salida fue casarme, pero terminé divorciándome a los 23 años. Empecé a trabajar en una oficina, mi círculo de personas -fuera de los Testigos- se abrió y vi otro punto de vista de la vida. Empecé a hacerme preguntas. Lo mismo me ocurrió con los compañeros de la universidad. Cuando me divorcié, me expulsaron. Esa es probablemente la pena máxima y es el destierro absoluto.
P: ¿Qué te ocurre, entonces?
R: Cuando te expulsan, nadie puede volver a hablarte, incluida tu familia. Ni tus amigos con los que te has criado, ni tus padres, ni tus hermanos, ni tus abuelos, nadie. Nadie que esté allí dentro puede volver a hablarte. Pero yo sabía lo que me enfrentaba. En este caso, además, yo trabajaba, con lo cual tampoco podía estar en casa de mis padres. A mis padres le dijeron que a mí me tenían que echar de casa. Me encontré recién divorciada, con 23 añitos, sin tener absolutamente nada. Así que empecé a buscarme la vida. Pero vi que todo se había roto, y decidí volver. Para que te readmitan -como lo llaman ellos- tienes que ir a todas las reuniones, que son tres veces por semana. Y, cada vez que entras en el salón del reino, que es como la iglesia, más o menos, nadie te puede hablar. Eres como un fantasma. Nadie te habla, nadie te saluda, nadie te mira, nada. Así estuve casi dos años hasta que me readmitieron. Es la humillación más grande por la que puede pasar cualquier persona. Y todo esto lo hice por mi familia, obviamente.
P: ¿Cómo estaba tu vida planteada dentro de los Testigos?
R: Te casas, y siendo mujer, tienes que estar totalmente dedicada a tu casa, a tu marido y a tus hijos. Dentro de la congregación no puedes tener los privilegios que tiene un hombre, ni una carrera de desarrollo como tienen los hombres. Tú solamente puedes asistir a las reuniones, ir a predicar por las calles y por las casas. Cuando me casé, mi marido me dijo que no trabajase, pero con la crisis económica, tuve que trabajar.
P: ¿Cómo llegan las redes sociales a tu vida?
R: Empecé en 2016, pero no conté que había pertenecido a los Testigos de Jehová hasta que mi hermana -que también salió de la organización- lo cuenta en las suyas, porque también era influencer. Me casé con una persona de fuera de la organización, con la que tuve a mis dos hijos. Mi último libro ha generado tanta curiosidad, porque nunca antes había contado estas cosas en las redes, no sé si lo habría contado de no ser por mi hermana...
P: ¿Qué relación mantienes con tus padres ahora mismo?
R: Mi madre salió también de la organización, porque quedó muy tocada por cómo nos habían tratado a mi hermana y a mí, y ella se fue y estamos en contacto diario. Y mi padre se quedó viviendo en Madrid. Desde entonces, siguió siendo Testigo. Hace siete años que no veo a mi padre, no sabemos nada de él.
P: Es una pena, porque tú realmente recuerdas una infancia bonita junto a tu familia...
R: Sí, fue una infancia humilde porque nos criamos en el barrio de Lianchi, en Alcalá de Henares, donde siguen habiendo muchos colectivos con riesgo de exclusión social. Estuvimos viviendo 12 años en una casa "okupada". Recuerdo que venía el IVIMA a echarnos. Mis padres quizá en aquella época tenían 20 años. ¡Imagínate! Cuando pudieron tener más ahorros, se compraron una vivienda y un local que destinaron a una peluquería. Pero pese a todos esos momentos difíciles, mis padres siempre estuvieron muy presentes. Creo que debido a esa juventud nunca fueron realmente conscientes de cuál era nuestra situación, sinceramente. No sé si para ellos aquello era un juego de la vida, pero yo siempre he sido muy feliz. Cuando era pequeña, pese a no tener absolutamente nada, no lo recuerdo nada traumático.