Vizcaya

Endika Azurmendi, enfermo, sin casa y "abandonado tras una vida de cotización", sobrevive gracias a sus excompañeros del rugby: "Son mi familia pero no puedo vivir a su cuenta"

Endika, en el centro con bastón, posa rodeado de sus excompañeros del Sarriko Rugby Taldea y junto a Isabelle Delgado en la estación de tren de Bilbao.
Endika, de 64 años trabajó durante tres décadas como cocinero hasta que en 2023 la salud le falló y se quedó sin vivienda.. Redacción Euskadi
  • El de Deusto lucha contra un cáncer con metástasis, las secuelas del covid y una discapacidad reconocida del 60%

  • Denuncian que, tras 30 años como cocinero, sufre "el abandono de la Administración" que le ha llevado a dormir en un vagón de tren

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BilbaoHasta hace tres años, Endika Azurmendi, un vizcaíno de 64 años llevaba una “vida normal”, pero “todo empezó a torcerse en 2023” y, casi sin saber cómo ha ocurrido, hoy sobrevive sin una casa, enfermo de un cáncer, “que el médico acaba de confirmarme que se ha reproducido” y por el que le extirparon parte de un pulmón, con una discapacidad reconocida del 60 por ciento y, por si no fuera suficiente, arrastrando las secuelas del “covid muy severo que cogí durante la última sesión de quimioterapia, cuando más bajo estaba de defensas”: “Mi vida se ha ido al garete”, lamenta.

El de Ribera de Deusto, “tomatero por los cuatro costados”, como le gusta puntualizar a él, trabajó durante 30 años de cocinero y vivía de alquiler. No imaginó ni por un momento, que la salud le fallaría y que el resto de su vida se desplomaría como una baraja de naipes. "Cobraba 818 euros de pensión y 700 de alquiler me tuve que ir a la calle", recuerda. Solo una carta sigue en pie para Endika, sus amigos, los excompañeros con los que jugó, durante años, al rugby en el 'Sarriko Rugby Taldea' y que son quienes le sostienen, “mi familia”.

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Ellos llevan un tiempo pagándole un albergue en Bilbao a la espera de que las instituciones vascas muevan ficha: “Endika ha sido abandonado por la Administración, después de toda una vida cotizando”, protesta Kepa Elejoste, uno de los fundadores del club de rugby vizcaíno en el que, “en realidad, no llegamos a jugar juntos, no fuimos compañeros de calzón, porque Endika estaba en Juveniles y yo ya era de los viejos”, cuenta.

Durmiendo en salas de espera o trenes

Pero eso no fue excusa para que Kepa, en un encuentro fortuito con su excompañero de equipo, intuyera que algo no iba bien, tras confirmar sus sospechas, “hice un grupo de WhatsApp con más de 60 personas, algunos de los cuales llevábamos más de 45 años sin vernos” y les soltó: “Pasa esto, Endika no está bien”. La respuesta fue unánime: “No podemos dejarle tirado, ni a él ni a ningún otro compañero”. La lealtad del rugby.

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Endika, el quinto desde la izquierda en la fila de arriba, junto a sus compañeros cuando jugaban al rugby

Entre todos están pagando los 800 euros al mes, al que les han rebajado el coste del albergue en Bilbao, para que Endika pueda dormir bajo un techo y dejar de pernoctar en la sala de espera del Hospital Basurto, “donde al menos estaba calentito” o de dormitar "a cabezadas" en un vagón de tren, en el trayecto entre Bilbao y Donostia.

Gracias a ellos, el de Deusto tienen un sitio relativamente fijo para dormir, pero no quiere abusar, “y no puedo vivir a cuenta de ellos”, por eso reclama ayuda a las instituciones que, hasta ahora, han desoido sus llamadas de auxilio, con un “sentimos su situación y siga esperando”, cuando se han dignado a responderle. Endika es claro “no me estoy curando bien”, es “terrible” tener que vivir así, “con todas mis cosas empaquetadas en maletas que tengo repartidas aquí y allí”.

Endika Azurmendi de 64 años, de pie, primero por la derecha, cuando la vida no se le había "torcido" aún

Al de Deusto, ni todos los palos que le está dando la vida, ha logrado de momento borrarle la sonrisa, quienes le conocen se sorprenden de que, a pesar de que su situación es “sangrante”, Endika “no se queja”, es “un buenazo al que todo el mundo acaba queriendo”.

Sus ex compañeros del 'Sarriko Rugby Taldea' no le sueltan de la mano. Hace uno días tuvo que dejar su habitación en el albergue de la calle Gimnasio de Bilbao, porque estaba ya reservada y “Juan Carlos Pérez Isasi, el ‘zurdo’ se lo llevó a su casa”, en mayo “otra vez tendrá que irse, a ver si alguien le puede acoger”, quien habla es Kepa que comparte un café con leche, junto a Endika tras salir de la consulta médica a la que ha acompañado a su amigo y en la que ha recibido un nuevo mazazo, “se le está reproduciendo el cáncer” y le han dicho que necesita “estabilidad, limpieza y orden”. “¿Dónde está la Administración?”, "¿Hace falta que se muera”?, se pregunta entre la rabia y la pena, Kepa.

"Así, no me veo tan solo"

El caso de Endika también ha impactado de una forma profunda en Isabelle Delgado, presidenta de la Asociación Long Covid Euskal Herria: “A pesar de no ser un caso de Long Covid, Endika arrastra secuelas severas de haber pasado el covid y cuando supe por lo que estaba pasando, no pude quitármelo de la cabeza, me llegó al corazón”. Isabelle ha removido cielo y tierra hasta lograr contactar con el vizcaíno y tenderle su mano, “porque una asociación es una red de apoyo mutuo”.

"Endika ha entrado a formar parte de esta familia", dice  Isabelle Delgado, presidenta de la Asociación Long Covid Euskal Herria

Cuando le llamó y hablaron, “Endika se emocionó al saber que hay más gente que se preocupa por él” y ya ha entrado a formar parte de la asociación Long Covid Euskal Herria, que aglutina a 220 miembros a los que la Covid “nos cambió la vida y no es un capítulo cerrado”. Isabelle reclama un protocolo de cronicidad, que haya relación entre los distintos especialistas médicos porque “la enfermedad no ataca un solo órgano” y que las valoraciones de discapacidad “tengan en cuenta que a veces no se llega a una silla de ruedas pero hay secuelas invisibles e incapacitantes como los mareos”.

Sin conocerse antes, Isabelle se ha convertido en una miembro más de esa red de ayuda invisible, desinteresada y solidaria que está ayudando a Endika, “allí donde no lo hacen las instituciones: “Así, no me veo tan solo”, asegura con gratitud y su eterna sonrisa en los labios el de la Ribera de Deusto.