Priscila dos Santos, frente a los prejuicios sobre las madrastras: “Te enseñan a cargar con el personaje de bruja malvada que no elegiste”

Según la definición de la RAE, una madrastra es una “madre que trata mal a sus hijos”. La fundadora de Somos Madrastras reclama un cambio cultural, social y legal para una figura que considera invisibilizada y estigmatizada
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Durante décadas, la figura de la madrastra ha estado asociada en la cultura popular a personajes de cuentos infantiles, mujeres crueles que compiten con la madre biológica y amenazan la estabilidad familiar. Sin embargo, la realidad de millones de familias ensambladas en España dista mucho de esa representación.
Esa imagen distorsionada es precisamente el motor que llevó a Priscila dos Santos a crear Somos Madrastras, una comunidad que hoy reúne a más de 46.000 personas y que se ha convertido en un espacio de acompañamiento y reivindicación para mujeres que desempeñan este papel dentro de familias reconstituidas.
Dos Santos sostiene que las madrastras soportan una carga emocional invisible, carecen de reconocimiento institucional y continúan enfrentándose a prejuicios profundamente arraigados en la cultura. Según la segunda acepción de la definición de la RAE, una madrastra es una “madre que trata mal a sus hijos”.
"Sentía que mi vínculo con mi hijastra no tenía nombre"
El activismo de Priscila nace de una experiencia personal que marcó un antes y un después en su vida. “Un día estaba en el parque con mi hijastra, que tenía tres años, cuando una niña de unos nueve años nos preguntó qué éramos la una de la otra”, recuerda.
“Cuando fui a contestar, iba a decirle que era su madrastra, pero automáticamente me vinieron a la cabeza los recuerdos de personas de mi entorno diciendo que no estaba bien decir madrastra. Así que dije que era la novia de su padre”, cuenta Priscila en una entrevista con la web de Informativos Telecinco.
Aquella dificultad para definirse desencadenó una profunda crisis emocional. “Cuando llegamos a casa, me metí a duchar y lloré muchísimo. Porque sentía que mi vínculo con mi hijastra no tenía lugar, no tenía nombre. Algo en lo que estaba invirtiendo tanta energía y tanto amor, y resulta que ‘en España no se dice’”.
Ese episodio le hizo comprender que estaba ante un problema de identidad y pertenencia. “Esa niña no hizo nada malo, solo despertó en mí una inquietud que ya estaba ahí, la necesidad de pertenecer a mi propia vida familiar”, dice Priscila.
A partir de entonces comenzó un trabajo de divulgación que acabaría materializándose en la creación de Somos Madrastras. “Lo que me sorprendió fue la profundidad del problema y todo el daño que hace este prejuicio”, afirma.

Insatisfacción, depresión y falta de reconocimiento
La fundadora de Somos Madrastras explica que recibe mensajes de mujeres que incluso utilizan perfiles falsos para seguir contenidos relacionados con la 'madrastridad' por miedo al juicio social. “Hay mujeres que me escriben desde cuentas falsas, con miedo de que alguien se entere de que siguen una cuenta para madrastras. Mucho miedo. Muchas emociones guardadas”.
Según explica, la evidencia científica respalda la existencia de un desgaste psicológico específico asociado a este rol. Un estudio de Danielle Shapiro y Abigail Stewart, en la Universidad de Michigan, comparó a madrastras con madres biológicas y vio que las madrastras tenían más síntomas depresivos y más estrés en la crianza.
Pero lo más revelador es el porqué: “Cuando analizaron de dónde venía ese malestar, la pieza clave no era el rol en sí, era la sensación de no sentirse valoradas ni aceptadas, ni por las criaturas ni dentro de la propia familia. Esa falta de reconocimiento es la que más pesa”, apunta Dos Santos.
Asimismo, en España, un estudio de 2005 de Isabel Espinar, de la Universidad de Comillas, va en la misma línea: “dentro de una familia reconstituida son las mujeres, las madrastras, quienes más estrés y más insatisfacción presentan, más que los padrastros”, explica.
“No es que seamos unas exageradas. Es que cargamos con un desgaste real, casi siempre en silencio, porque parece que no tenemos derecho a expresar cómo nos sentimos por culpa del estigma y el prejuicio”, denuncia.
La batalla por una palabra: “Todavía no has abierto la boca y la palabra ya ha hablado por ti”
Uno de los ejes de su activismo es la modificación de la definición de “madrastra” en el Diccionario de la lengua española.
Para Dos Santos, la cuestión trasciende el lenguaje y afecta directamente a la legitimidad social de quienes desempeñan este papel. “El lenguaje no solo describe la realidad, también la legitima”, sostiene.
Su principal crítica se dirige a la segunda acepción recogida por la Real Academia Española, que define a la madrastra como una “madre que trata mal a sus hijos”.
“Cuando la institución que fija el idioma recoge en su diccionario que madrastra significa ‘madre que trata mal a sus hijos’, lo que está haciendo es dar por buena esa idea. Le está diciendo a toda la sociedad, de manera oficial, que esta figura es alguien de quien hay que desconfiar”, comenta.
A su juicio, esa definición sitúa a cualquier madrastra en una posición de sospecha desde el primer momento. “Todavía no has abierto la boca y la palabra ya ha hablado por ti”.
Por ello, su propuesta pasa por redefinir el término para reflejar la realidad actual de las familias ensambladas y reconocer el papel de cuidado que desempeñan muchas mujeres. “Ser madrastra no es maltratar a nadie, y tampoco es estar casada con un señor. Ser madrastra es acompañar, criar y construir un vínculo que hoy el diccionario ni siquiera sabe nombrar”, señala Priscila.
Los cuentos que siguen “mal educando”
Priscila considera que buena parte del estigma procede de los relatos tradicionales que han acompañado a generaciones enteras. “La bruja de Blancanieves o de Cenicienta es lo primero que una criatura escucha sobre lo que es una madrastra, muchas veces antes de conocer a una de verdad”.
Pero insiste en que el problema no termina en la ficción. “Ese cuento no se queda en el cuento”.
Como ejemplo, relata una experiencia personal ocurrida cuando llevó a su hijastra al médico. “Estuve toda una semana cuidando a mi hijastra enferma, y cuando la llevé al médico no me dejaron pasar a la consulta”.
Aunque posteriormente los servicios jurídicos confirmaron que sí tenía derecho a acompañarla, el episodio le sirvió para entender una realidad mayor. “El estereotipo del cuento y el formulario que te deja fuera son la misma cosa, solo que con siglos de diferencia”, explica.
El “permiso para querer”
Uno de los conceptos centrales que desarrolla Dos Santos es el denominado “permiso para querer”.
Según explica, muchos niños y niñas experimentan conflictos de lealtad cuando desarrollan afecto hacia una madrastra. “Hay muchas criaturas que no tienen permiso para querer a su madrastra. No porque no sientan el afecto, sino porque el entorno no les deja sentirlo en paz”.
En esos casos, el menor puede interpretar que querer a una figura implica traicionar a otra. “La criatura se queda atrapada en un conflicto de lealtades, cree que si quiere a su madrastra está traicionando a su madre”.
Por eso insiste en que son los adultos quienes deben facilitar ese permiso emocional. “El cariño no se reparte ni se agota, una criatura puede querer a su madre y a su madrastra a la vez sin restarle nada a ninguna”, comenta Priscila.
La invisibilidad institucional
Pero, más allá de las cuestiones emocionales, Dos Santos también denuncia una invisibilidad institucional que afecta a la vida cotidiana de miles de mujeres.
“Cuando la criatura pide una beca, mis ingresos sí cuentan, se suman a la renta familiar y pueden hacer que le den menos ayuda o que no le den ninguna. Pero a la hora de declarar la renta a Hacienda, de tener cualquier reconocimiento o cualquier derecho, ahí ya no existo”, expresa.
Para ella, estas contradicciones revelan un modelo institucional que sigue funcionando sobre una idea tradicional de familia. “El sistema está pensado como si una criatura solo tuviera un padre y una madre, y si hay alguien más cuidando, no cabe”.
Brecha de género: “Hace lo mismo que una madrastra, y a él lo aplaudimos”
Por todo ello, Dos Santos considera que el estigma hacia las madrastras tiene una dimensión claramente feminista. Mientras que el padrastro suele recibir reconocimiento social por asumir responsabilidades familiares, la madrastra continúa siendo observada con recelo.
“Al hombre que llega y asume a las criaturas de su pareja lo tratamos de héroe. Hace lo mismo que una madrastra, y a él lo aplaudimos. A ella la miramos con sospecha”, dice Priscila quien, a su juicio, esta diferencia responde a expectativas de género profundamente arraigadas.
“Del hombre no se espera apenas nada, por eso cualquier gesto suyo es heroico, y de la mujer se espera la perfección”, añade.

Familias ensambladas: una realidad cada vez más común
Aunque la percepción social pueda sugerir lo contrario, las familias reconstituidas forman parte de una realidad creciente en España. Según recuerda Dos Santos, representan alrededor del 14% de los hogares, lo que equivale a aproximadamente 2,7 millones de personas.
Sin embargo, siguen siendo poco visibles. “Muchas de esas familias se esfuerzan en no parecerlo. Por miedo al estigma intentan pasar por una familia tradicional, y se invisibilizan a sí mismas como defensa”.
Ese silencio genera un círculo difícil de romper. “Como no se ven, se cree que somos pocas; como se cree que somos pocas, no se habla de nosotras; y como no se habla, las que vienen detrás siguen escondiéndose”.
“Una criatura querida por más personas está mejor sostenida”
Aunque gran parte de su trabajo gira en torno a las experiencias de las madrastras, Dos Santos insiste en que el objetivo último no son los adultos, sino los menores.
Su principal reivindicación es que los vínculos afectivos construidos dentro de las familias ensambladas reciban reconocimiento y protección. “Una criatura construye un vínculo real con la mujer que la cría durante años, y hoy ese vínculo no está protegido por nada”, denuncia.
Así, la fundadora de Somos Madrastras pide que la sociedad deje de interpretar esos afectos como una amenaza y empiece a entenderlos como una red de cuidado. Porque, como ella misma afirma, “el afecto no resta”. Al contrario: “Una criatura querida por más personas no está más confundida, está mejor sostenida”, sentencia.
