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Luis Labarga estuvo en una secta que suplanta a Alcohólicos Anónimos en Madrid: "Es una cárcel en la hay obligación de humillar"

Luis Labarga, periodista y técnico avanzado en el estudio de sectas. Cedida
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Una depresión, el alcohol como refugio y una búsqueda desesperada de ayuda acabaron llevando al periodista y técnico avanzado en el estudio de sectas Luis Labarga a cruzar la puerta equivocada. Convencido de que estaba entrando en un grupo de Alcohólicos Anónimos, terminó atrapado en una organización con dinámicas sectarias que, según denuncia, se aprovecha de la extrema vulnerabilidad de quienes buscan salir de una adicción

Aquella experiencia no solo marcó el final de su alcoholismo, sino también el inicio de una investigación que plasmó en ‘La noche oscura de Alcohólicos Anónimos’, un libro donde destapa el funcionamiento interno de los grupos 24 Horas. "A las dos horas de estar allí sabía que eso era una secta", recuerda. 

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En esta entrevista con la web de 'Informativos Telecinco', Labarga relata cómo operan estas organizaciones, por qué logran captar a personas rotas emocionalmente y por qué sostiene que "es, literalmente, una cárcel", en la que "un miembro no se lava ni las manos si no es con permiso del padrino".

Pregunta: ¿En qué momento de tu vida sentiste que necesitabas pedir ayuda para dejar el alcohol?

Respuesta: Demasiado tarde, como todos los que hemos tenido problemas serios con el alcohol. En mi caso, fue en el momento en el que me di cuenta de que lo estaba utilizando de forma “medicinal”: primero para poder dormir, después para evitar momentos de tristeza a lo largo del día (no era cuestión de borracheras, sino de ese leve subidón de un par de cervezas fuera de hora) y, finalmente, cuando quise apagar una evidente depresión, forjada a lo largo de unos tres años, con ese poderoso –y rapidísimo- ansiolítico que es el licor.

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P.: ¿Qué buscabas cuándo llegaste al Grupo 24 Horas de Alcohólicos Anónimos de Puente de Vallecas (Madrid)?

R.: Buscaba ayuda. En aquel proceso traumático de descenso a los infiernos de una depresión “tratada” con alcohol, tuve un momento de lucidez e hice caso a una persona muy querida por mí que había pasado por lo mismo que estaba sufriendo yo. Me aconsejó ir a Alcohólicos Anónimos. Me dijo: “De ese agujero en el que te has metido es imposible salir solo y allí te van a rescatar”. No sabía qué es lo que me iba a encontrar en AA, pero sí me di cuenta de que no podía hacer solo ese camino. Confié en él porque, ¿sabes?, la confianza es la palabra clave en todos estos procesos. Lo que pasa es que al llegar al grupo 24 Horas me llevé una desagradable sorpresa…

P.: ¿Cómo consiguieron convencerte de que estabas entrando en un grupo de Alcohólicos Anónimos?

R.: Porque busqué en Google “Alcohólicos Anónimos Madrid” y las dos primeras referencias eran de los dos grupos de 24 Horas de AA que hay en la capital. Pensé que era un teléfono “24 horas” y llamé. Una voz muy amable me tranquilizó y me atendió con mucho cariño, y luego me invitó a ir al día siguiente al local del grupo. Cuando llegué, un enorme letrero de Alcohólicos Anónimos lucía en la fachada y, dentro, estaba todo lo típico sobre lo que había leído de la asociación: el libro de los Doce Pasos, los cuadritos de Bill y Bob – los fundadores de AA-, la literatura clásica de la asociación… Tenía todo lo que supuestamente tiene un grupo de AA.

Saben que eres un ser humano roto y manipulan tus miedos con maestría

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P.: ¿Qué técnicas utilizan para ganarse la confianza de personas que llegan en un momento especialmente vulnerable?

R.: Pues las de las sectas más clásicas: el “bombardeo de amor” según llegas, la empatía de quién entiende el drama por el que estás pasando y una verdad incuestionable que es común a todos los que nos hemos caído por el precipicio del alcohol: saben que eres un ser humano roto. A partir de ahí, manipulan tus miedos con maestría, que en ese momento están a flor de piel, y te reconoces en situaciones que escuchas en la “junta”: esa botella que escondiste en el armario para que no la viera tu pareja, ese bajar a tirar la basura con vergüenza porque la bolsa estaba llena de latas vacías… Son cosas que, al margen del nivel de alcoholismo que tengas, son muy comunes a todos los que hemos pasado por eso y las saben utilizar para hacerte ver que “estás en el lugar en el que tienes que estar”.

P.: ¿Cuándo empezaste a sospechar que aquello no era un grupo de ayuda como el que buscabas y sí una organización con dinámicas sectarias?

R.: Pues mira: aquí sí jugó a mi favor el hecho de que, en realidad, yo estaba en una fase muy inicial del alcoholismo. Con esto te quiero decir que el alcohol todavía casi no me había hecho daño a nivel físico o mental. No sé qué hubiera pasado si, en vez de ir en ese momento, hubiera acudido seis meses después, que por otro lado hubiera sido lo normal, ya que cuesta mucho reconocer que tienes problemas de bebida, por muy evidentes que sean. Ahí está el truco de estos grupos: que sueles llegar triturado física y anímicamente. Pero, en mi caso, a las dos horas de estar allí sabía que eso era una secta.

P.: ¿Qué te hizo llegar a esa conclusión tan pronto?

R.: Todo lo que me rodeaba: la actitud dominante de los llamados “padrinos” (los jefes del grupo), la docilidad extrema de los ahijados, que parecían esclavos obedeciendo sus órdenes. También la violencia animal de los relatos de las personas que se subían a la tribuna a “compartir” su historial, en los que narraban el horror de sus vidas, se humillaban como yo no había visto cosa igual en mi vida y daban gracias a AA por salvarles la vida. 

Me horrorizó el cuarto con colchones sucios tirados por el suelo donde dormían hacinados

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Me horrorizó el cuarto con colchones sucios tirados por el suelo donde dormían hacinados, la suciedad indecente del local y el olor terrible a sudor. Una bronca brutal de un padrino a uno de los allí presentes, insultándole de forma salvaje, fue la gota que colmó el vaso. Dije: “hasta aquí”, me fui de allí y ese fue el inicio del fin de mi alcoholismo. Para mala fortuna de ellos, resurgió el periodista de antaño con ánimo de investigar qué era aquel infierno ubicado en un bajo cualquiera de la ciudad.

P.: Entonces te pusiste a investigar y a escribir el libro, ‘La noche oscura de Alcohólicos Anónimos’.

R.: Así es. Di con un grupo clásico –se llaman “tradicionales”- de AA y allí conocí a una persona que había pasado –también equivocando la puerta- por varios grupos de 24 Horas de AA. Charlé con él largo y tendido. Allí comenzó mi investigación en profundidad: conocí a muchas víctimas de estos grupos, me documenté sobre su matriz mexicana y viajé a Galicia a conocer el corazón de la organización, donde se halla el padrino Javier, que es el líder de la secta en España.

P.: ¿En qué basa AA su famoso 'Programa de recuperación'?

R.: En una gran manipulación coercitiva: el alcohólico es un enfermo para siempre cuyo pecado es la “egolatría”. En su vida ha de priorizar el mantenimiento de su sobriedad, tiene que dejar de lado sus deseos porque son enfermizos y solo acudiendo a las reuniones y cumpliendo el Programa de AA se mantendrá sin beber durante 24 horas (es decir, con vida). 

Estamos hablando de un atentado antropológico del que no pueden salir más que monstruosidades. El problema de un alcohólico no es un “ego subido”, sino un “ego roto”, y lo que hay que hacer es reconstruirlo y empoderarlo para bien, no anularlo en favor de un “Poder Superior” que, por otro lado, siempre acaba siendo el propio AA.

Un miembro no se lava las manos si no es con permiso del padrino

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P.: Entonces, ¿cómo es un día cualquiera dentro de los grupos 24 Horas? ¿Hasta qué punto se controla la vida de sus miembros?

R.: Es, literalmente, una cárcel. La jornada se desarrolla enteramente en el local del grupo -al que llaman “anexo”- y los miembros se dividen entre los que viven allí todo el día y entre los que solo salen a su casa para dormir. A cambio, el grupo proporciona la comida. Todo esto se financia con lo que llaman “la séptima”: una contribución diaria de los miembros que se mete en una bolsita. Comienza siendo simbólica, pero termina por desplumar la cuenta de la víctima y luego la de su familia. 

Eso de que son gratuitos es la primera trola que publicitan. Por lo demás, un miembro no se lava las manos si no es con permiso del padrino. Todo, absolutamente todo, está supervisado por ellos. 

El plan diario es una sucesión de juntas en las que los miembros salen a humillarse y otras en las que son humillados, insultados y vejados por sus compañeros. Es el horror. Las “24 horas” se cumplimentan con el “servicio”: limpieza, guardia nocturna, recados de los “padrinos” –como limpiarle el coche- y salida a la calle a pegar carteles publicitarios del grupo para captar alcohólicos.

P.: ¿Qué papel tienen los llamados "padrinos" y cómo ejercen ese poder?

R.: Mira, los padrinos de los grupos 24 Horas, así como los llamados “terapeutas en adicciones” de los centros del Modelo Minnesota –que son la versión sofisticada y cara de los grupos 24 Horas, en clave de clínica privada-, son una degeneración de dos conceptos del AA “tradicional”: por un lado, la figura del propio “padrino” –a priori, un acompañante que te ayuda con su experiencia en la recuperación- y, por otro, la del llamado “Poder Superior” –que en AA es un “ente” superior a ti mismo, de libre elección, que te ayude a salir de tu “yo” enfermo-. 

Si ya en la propia AA ambos conceptos son problemáticos, en los 24 Horas resultan diabólicos: ambos se fusionan y al final el “padrino” es una especie de deidad a la cual debes obedecer sin cuestionar nada. 

Te dicen cosas como “tu mujer te está poniendo ahora los cuernos” o “tus hijos te odian”

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P.: También se hace uso de mucha violencia verbal, ¿verdad?

R.: Mucha, hay obligación de humillar y “romper” al compañero a riesgo de que te castiguen por no “ayudarle”. Allí las “ayudas” consisten en destrozar a los compañeros para que aprendan a ser humildes, y si no lo trituras se considera que no estás comprometido. 

Luego está la utilización de las barbaridades más salvajes que se te puedan ocurrir: el uso del insulto “hijo de puta” es constante y se dicen cosas como “tu mujer te está poniendo ahora los cuernos”, “tus hijos te odian”, “eres la escoria de la sociedad”, “vete a drogarte, que sólo sirves para eso”, “te vas a morir para que yo viva”… Son muy simpáticos.

P.: ¿Y los castigos?

R.: Bestiales. Pasar varias noches durmiendo en una silla en vez de en el colchón, no ducharse ni tener contacto con el agua (salvo para beber) durante una semana, hacer varios días seguidos de guardias nocturnas… Lo más horrible son las juntas en las que al castigado se le coloca en la primera fila de la sala y todos sus compañeros pasan, uno a uno, a humillarle con insultos y falsedades. 

Quizá lo más terrible es que, cuando alguien fallece ahí dentro – y créeme que se dan casos por ataques etílicos de gente que ha huido y vuelve al anexo fatal-, se expone el cadáver durante horas –en algunos casos han llegado a ser dos días- en un macabro ceremonial. Dos víctimas, en dos ciudades diferentes, me contaron que un padrino pasó a su lado y les susurró: “Así vas a acabar tú”.

Hay gente que muere ahí dentro y exponen su cadáver. “Así vas a acabar tú”

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P.: Y, con todo esto, ¿cómo conseguían que las personas permanecieran allí?

R.: Por el miedo a la recaída en el alcohol. Es tan terrible a donde te puede llevar la bebida, tan dolorosa la culpa a la que somete a los que alcohólicos de largo recorrido, que pulsar ese botón del temor siempre funciona. Es un ciclo psicológico depravado pero eficaz: convencen al alcohólico de que solo mediante una larga cadena de humillaciones podrá purgar sus pecados. El momento es de tal nivel de vulnerabilidad, de tanta culpabilidad, que paradójicamente la progresiva deshumanización del miembro anexado, su vaciado emocional y afectivo, es la mayor garantía de su permanencia.

P.: ¿Qué tipo de persona es la más propensa a caer en este tipo de grupos?

R.: El alcohólico en fase avanzada. El machacado por la bebida y que ha perdido, o está a punto de perder, todo: familia, trabajo, amigos. Los alcohólicos con una adicción muy desarrollada pero con familias de dinero suelen ir a parar a las clínicas que practican el Modelo Minnesota –una suerte de “AA de pago”-, como es el caso de la Zeus de Luis Pérez, el “minesoto” recientemente detenido. El AA “tradicional” acoge a todos, entre ellos los que, como yo, han cruzado la línea roja pero aún estás en una fase inicial.

Mi alcoholismo me salvó la vida

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P.: ¿Cómo se puede acabar con estas sectas?

R.: Con la intervención y el cierre policial de todos los grupos 24 Horas y de las clínicas que practican el Modelo Minnesota, que son las dos derivas sectarias de Alcohólicos Anónimos. Pero, sobre todo, una reflexión profunda en la propia AA: mientras no cambien su esencia, que es la de una secta luterana, seguirán surgiéndole monstruos a su vera. 

Si AA no entiende que no puedes definir a una persona por su alcoholismo (hasta el alcohólico más alcohólico es antes que eso hijo, padre, amigo… un ser humano con deseos legítimos) no hay manera de resolver esta tragedia. Sacas a una persona de una jaula, la de la adicción, para meterla en otra, la de su “enfermedad incurable” que lo define.

P.: ¿Cómo ha cambiado tu relación con el alcohol y contigo mismo?

R.: Mi alcoholismo me salvó la vida. No desde el punto de vista físico, sino emocional y espiritual. De una crisis existencial a la que te somete una depresión alcohólica solo se sale mediante una resurrección que consiste en entender que todo está bien: tú eres exactamente la persona que tienes que ser (ese cuestionamiento es el verdadero problema del alcoholismo) y la vida es exactamente la que tiene que ser. 

Luego se trata de no hacer caso a AA: entender que tus deseos siempre fueron legítimos, solo que tu confusión vital no te permitía entenderlos, y que el licor ha funcionado como un purificador. Lo que viene después se llama libertad.