Maialen Olea, la psicóloga sorda que rompe barreras ayudando a pacientes sordos: "No se sienten realmente comprendidos"

Maialen Olea reivindica una atención psicológica accesible y adaptada a la comunidad sorda en una charla con la web de 'Informativos Telecinco'
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Para una persona sorda, llegar a una consulta de psicología no siempre significa haber llegado a un lugar donde pueda hablar de lo que le ocurre. Puede haber un intérprete, una pantalla o incluso algunas palabras compartidas con el profesional y, sin embargo, seguir existiendo una barrera.
“Estar atendido no significa necesariamente estar bien atendido”, explica Maialen Olea, psicóloga y persona sorda especializada en salud mental de la comunidad sorda, a las cuales les ofrece terapia sin barreras comunicativas que lo impidan.
Su decisión de especializarse (estudió Psicología de la Universidad del País Vasco gracias a los recursos de accesibilidad que le ofrecía esta universidad) nació de una combinación de su propia experiencia y de darse cuenta de que “existía una necesidad muy grande que no estaba suficientemente cubierta”, explica la psicóloga en una entrevista con la web de 'Informativos Telecinco'.
“Como persona sorda y como psicóloga, he podido conocer de cerca las barreras que muchas personas sordas encuentran cuando necesitan atención psicológica. Muchas veces el problema no está en la persona, sino en que los servicios no están preparados para comunicarse con ella de una manera realmente accesible”, señala.
Y es que, en psicología, la comunicación es la herramienta con la que el profesional conoce al paciente, interpreta lo que siente y construye una relación de confianza. “Cuando una persona no puede expresarse con libertad o siente que el profesional no comprende su realidad, la atención psicológica pierde una parte fundamental", sostiene Maialen.
La lucha de algunas personas sordas por intentar ser comprendidos
Por ello decidió estudiar psicología y dedicarse a dar esa asistencia, a través de lengua de signos, que ella no pudo recibir. "Muchos de mis pacientes llegan a terapia después de haber pasado por diferentes profesionales sin encontrar una atención que responda realmente a sus necesidades, sin sentirse realmente comprendidos”, explica.
Esto deriva en “diagnósticos no acertados o poco precisos” y, por tanto, “terapias que no responden a sus necesidades reales”. También puede afectar a las propias herramientas con las que se evalúa e interviene sobre estos pacientes, “que no siempre están adaptadas a la realidad de una persona sorda”, dice.
Por eso, Maialen insiste en una diferencia que considera esencial: “Una persona sorda puede entrar en una consulta, tener un intérprete o incluso poder intercambiar algunas palabras con el profesional, pero si no puede comunicarse con naturalidad, explicar lo que siente, entender toda la información o sentirse cómoda, realmente existe una barrera”.
“Necesitamos comprender no solamente lo que la persona dice, sino también cómo expresa sus emociones, cómo interpreta lo que le ocurre y qué significado tiene para ella lo que está viviendo”, añade.
Y es que, cuando una persona pasa años teniendo que esforzarse para comunicarse, para entender lo que ocurre a su alrededor o para conseguir que los demás la entiendan, “es normal que todo eso termine teniendo un impacto en cómo se siente consigo misma y con su entorno”, explica Olea.
Un intérprete no siempre resuelve el problema
La presencia de un intérprete puede facilitar el acceso a una consulta, pero no equivale necesariamente a una comunicación plenamente accesible. “Accesibilidad y traducción no son exactamente lo mismo”, advierte Maialen. “Un intérprete puede facilitar enormemente la comunicación, pero introduce una tercera persona en una relación que, especialmente en psicología, es muy íntima”.
Además, en una terapia hay mucho más que palabras, “importan los matices, las emociones, las pausas, la forma de expresarse y el contexto de lo que la persona está contando”. Por eso defiende que, siempre que sea posible, exista “una comunicación directa entre profesional y paciente en una lengua que ambos puedan utilizar con seguridad”.
Desde su experiencia, “la mayoría de los casos se sienten incómodos e inseguros” cuando existe esa tercera persona, aunque reconoce que depende de cada paciente. “Algunos pueden preocuparse por cómo se está interpretando aquello que cuentan”, señala.
Además, en asuntos especialmente delicados, la diferencia puede ser todavía mayor. Abusos, violencia, sexualidad o problemas familiares requieren poder expresarse sin sentir que existe un tercero entre el paciente y el psicólogo. “La persona puede no sentirse igual de libre que cuando está a solas con su psicóloga”, explica.
Por tanto, para esta psicóloga, poder hablar directamente con el profesional en tu propia lengua “no es un lujo”. “Es una parte fundamental de poder construir un espacio terapéutico seguro”.
Cuando una mala comunicación acaba en un diagnóstico
La falta de comunicación también puede afectar a la evaluación psicológica. “Una persona que vive constantemente situaciones de incomunicación, rechazo o discriminación puede reaccionar con ansiedad, aislamiento, desconfianza o estar constantemente alerta”, señala Maialen.
“Estas respuestas no deberían interpretarse automáticamente como un trastorno, porque pueden ser una reacción comprensible ante un entorno que no se adapta a sus necesidades”, apunta.
Por eso advierte del riesgo de confundir una consecuencia con la causa. “A veces no hay que tratar primero la reacción, sino mirar qué está provocándola”. “Debido a ello puede ocurrir casos que se den errores de diagnóstico”.
“La sordera no es la causa de problemas psicológicos”
A diferencia de lo que se suele pensar, Maialen defiende que “la sordera no es, por sí misma, la causa de los problemas psicológicos”, sino las barreras que se le ponen. Y plantea cambiar la pregunta: “Más que preguntarnos qué le pasa a la persona sorda, deberíamos preguntarnos qué barreras le está poniendo la sociedad”.
Además, durante la infancia, crecer sin una comunicación completa puede tener consecuencias en la manera de entender las emociones, relacionarse con los demás y construir la propia identidad.
“No estamos hablando simplemente de no poder oír; estamos hablando de crecer sintiendo que no puedes participar, expresarte o ser comprendido. Y eso sí puede dejar una huella profunda en la salud mental”, sostiene.
En este sentido, la familia desempeña un papel fundamental. “Al final, un niño no solo necesita que le hablen; necesita poder participar en las conversaciones para construir quién es y cómo se relaciona con el mundo. Así estaremos favoreciendo también su salud mental”, apunta Olea.
Una sanidad pública que todavía no está preparada
El problema termina llegando también al sistema sanitario. “La sanidad pública no está preparada”, denuncia Maialen. A su juicio, todavía existen “carencias importantes de accesibilidad y de formación especializada”, además de una falta de profesionales que conozcan la Lengua de Signos Española y la realidad de la comunidad sorda.
La accesibilidad, insiste, no debería aparecer cuando el paciente ya ha tenido que enfrentarse a varias experiencias frustrantes. Debería formar parte de la atención “desde el primer contacto”, especialmente en un ámbito como la salud mental, donde la comunicación es inseparable del tratamiento.
Por todo ello, reivindica la necesidad de “profesionales sordas de salud mental o personas con conocimiento pleno de la LSE y de la comunidad sorda en el servicio público”.
Asimismo, la profesional denuncia cómo las malas condiciones laborales y económicas dificultan que muchas personas sordas puedan recurrir a profesionales privados. “El acceso a servicio privado se hace prácticamente imposible”, señala, algo que, a su juicio, “sugiere la vulneración del derecho a la atención sanitaria”.
Para Maialen, hablar directamente con el profesional “en tu propia lengua no es un lujo”. Es, sencillamente, “poder recibir atención con garantías".
