Opinión

El vino y la luna

Un viñedo bajo la luz de la Luna
Un viñedo bajo la luz de la Luna. Getty Images
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Era la noche de luna llena… y yo no era yo”. (Juan Ramón Jiménez).

El año 2026 nos ha devuelto la costumbre de caminar mirando al cielo. Hay algo de justicia poética en que, mientras la misión Artemis II surca el vacío para devolver el rastro del hombre al astro pálido, nosotros, aquí abajo, aguardamos el eclipse de agosto como quien espera una señal antigua. La Luna, esa "moneda de plata" de la que hablaba Machado, ya no es solo un faro para los que se pierden en los caminos, sino el centro de gravedad permanente de nuestros brindis.

La luna vino a la fragua / con su polisón de nardos”, escribió Lorca. Y yo diría que también viene a la viña, a posar su luz sobre los racimos que esperan, tensos, el momento justo. Porque la luna es una vieja aliada del vino, que marca mareas invisibles en la savia de la vid, ha inspirado a bodegas, etiquetas y hasta filosofías enteras de elaboración. Desde lo simbólico hasta lo biodinámico.

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Y en un país como España, donde la vid aún escucha lo que dicta la noche, estas coincidencias se me antojan una invitación para recorrer una cierta geografía del alma y el vino, por unas cuantas estaciones donde la luna no es una extraña, sino la dueña de la casa.

Galicia y El Bierzo, humedad y memoria

En el Ribeiro, la luna alumbra y respira. Se filtra en la niebla, se posa sobre el Miño, ese espejo antiguo de aguas en el que se refleja en plenitud. Allí nace Lunas de Castrelo de Adegas Pousadoiro, un vino que parece hecho más de silencios que de uvas.

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Aquí la luna no es símbolo, es clima.

Y el vino, como quería Álvaro Cunqueiro es “algo que se recuerda incluso antes de haberlo bebido”.

Un poco más al este, en Villafranca del Bierzo, donde el aire todavía lleva la humedad de Galicia pero la tierra se encuentra con las pizarras y viñas viejas de Castilla, Luna Beberide de Bodegas Luna Beberide, encierra esa oscuridad fértil, ese temblor de lo profundo. Es un Mencía que se enseña con una elegancia nocturna. Fresco como el viento que baja de los Ancares, ideal para esos momentos de silencio antes de que la sombra de la luna devore el sol en el próximo eclipse de agosto.

“Levanto mi copa, invito a la luna y a mi sombra, y ahora somos tres”, dicen los versos chinos del poeta Li Po.

Somontano, La Mancha y Levante

A los pies de los Pirineos, en ese Aragón de cielos inmensos y limpios, se alza El Grillo y la Luna. Aquí, el tiempo no se mide con relojes, sino con ciclos. Dicen sus creadores que el grillo canta a la luna para que el vino repose, una filosofía que encaja con la paciencia de quienes hoy miran a la nave espacial que regresa a la Tierra.

Su vino 12 Lunas fragmenta el calendario en emociones, como si cada botella fuese una fase distinta del mismo cielo.

Vino 12 Lunas

Aquí la luna es marketing, sí, pero también imaginación: la vieja necesidad de contar lo que no se puede medir.

Vino rotundo, de esos que exigen una conversación pausada mientras se espera que el satélite se consuma en su cuarto menguante sobre el horizonte oscense.

En Castilla La Mancha la luna es tan delicada como inmensa. Se derrama sobre horizontes abiertos, sobre encinas y viñas que no tienen dónde esconderse. Es parte de un ecosistema donde conviven águilas imperiales y viñedos ecológicos bajo uno de los cielos más tersos de la península.

Gran Luna de la bodega Dehesa de la Luna, es su vino insignia, un ensamblaje que busca la excelencia y el equilibrio. Es un vino rotundo, ideal para brindar cuando la nave Orión llegue a la Tierra.

En Utiel-Requena la luna cae caliente, casi física, sobre la viña. Y alguien decidió robarla: Bodegas Ladrón de Lunas, ubicada en una antigua construcción del siglo XIX. Su nombre es una declaración de intenciones, que ya contiene una historia: apropiarse de la luz, meterla en la botella, compartirla.

Su vino insignia, Ladrón de Lunas (un Bobal de autor) es el compañero perfecto para ver el cielo desde las tierras valencianas. Es un vino que, como nuestro propio satélite, tiene una cara oculta de gran complejidad.

Bebed vino, que la vida es breve”, aconsejaba Omar Khayyam. Y si puede ser bajo la luna de Valencia, mejor.

Cuando llegue agosto

Y luego está esa luna que todos reconocemos: la de agosto. Alta, redonda, casi excesiva.

En Cariñena, donde el vino “es biografía colectiva, una forma de contar el tiempo”, al decir del periodista y escritor Antón Castro, la Bodega Quinta Mazuela elabora su vino Luna de Agosto, nacido de días soleados y noches frescas, y que no necesita explicación: es calendario puro, uva en tensión, víspera de vendimia. Viñas viejas vigiladas por la Luna.

Vino Luna de Agosto

Camino del eclipse

Mientras la humanidad vuelve a mirar al cielo con la ambición de la NASA y su programa Artemis, aquí, en la Tierra, seguimos haciéndolo por razones más antiguas: Para saber cuándo podar. Cuándo vendimiar. Cuándo abrir una botella.

El eclipse del próximo verano oscurecerá el cielo por unos minutos. Pero el vino, estos vinos llevan siglos iluminándolo desde abajo.

“In vino, veritas”, en el vino está la verdad, y quizá. por qué no, un poco también en esa luna que cuando parece que mengua, medra, y cuando parece que crece, se consume.