La D.O. Rías Baixas elige al mejor albariño de este año. El Capítulo Serenísimo designa nuevas Damas e Cabaleiros del Albariño
En memoria de Iván, de Dehesa de los Canónigos: cuando también el vino llora
Existe una hora de la tarde en Cambados en la que el aire parece traer dos perfumes distintos. Uno llega del mar, con ese aliento de algas y salitre que asciende desde la ría de Arousa. El otro desciende de las viñas, cargado de uvas casi maduras, de piedra caliente y de hojas que empiezan a despedirse lentamente del verano. Entre ambos perfumes vive el albariño. Ni completamente terrestre ni del todo marino. Hijo de un territorio donde la tierra aprendió hace siglos a conversar con el océano.
La fiesta comienza mucho antes de que se abra la primera botella. Comienza un jueves, cuando el Comité de Cata se reúne para cenar en el Pazo de Casalnovo. La mesa es cordial, las conversaciones son pausadas, pero todos saben que la verdadera tarea empezará al día siguiente. Nadie habla demasiado de vinos concretos. Hay un respeto casi litúrgico por lo que está a punto de suceder. Josep Pla escribió que el vino sirve para alargar las conversaciones; esa noche, sin embargo, el vino parece pedir precisamente lo contrario: silencio, concentración, limpieza de memoria.
En ese siguiente día ya no habrá etiquetas. Sólo copas, vinos y verdad. Porque el albariño, antes que una variedad, es una manera de habitar el Atlántico.
El difícil oficio de escuchar un vino
Una gran cata no consiste en decidir cuál gusta más. Consiste en escuchar. Las botellas llegan ocultas. Desaparecen los nombres ilustres, los premios, el prestigio, las amistades y las biografías. Durante unas horas todas las bodegas son exactamente iguales. El vino comparece solo, sin más defensa que aquello que ha sido capaz de guardar durante casi un año entre sus paredes de cristal.
Entonces empieza ese extraño ejercicio de humildad que sólo conocen los catadores. No buscan fuegos artificiales. Buscan equilibrio. No persiguen aromas exuberantes. Persiguen identidad.

Escuchan la fruta blanca, los cítricos, la flor, las hierbas atlánticas, la piedra mojada, la sal que aparece apenas insinuada al final del recorrido. Miden la tensión, la frescura, la longitud, la profundidad. Intentan descubrir si detrás de aquella copa existe simplemente un buen vino o si, además, vive un paisaje entero.
Escuchar. Ese es el verbo. Como quien acerca el oído a una caracola esperando encontrar dentro el rumor del océano. Algunos bodegueros suelen recordarnos que un vino importante no habla de sí mismo: habla del lugar del que procede. Y eso es exactamente lo que busca el panel de cata durante esas dos jornadas de trabajo. Que el Salnés aparezca dentro de cada sorbo.
Cuando una comarca cabe dentro de una copa
Resulta imposible comprender el albariño sin recorrer Cambados durante esos días. Las plazas se llenan de visitantes, los soportales recuperan esa alegría pausada de las viejas ferias y el Túnel del Vino se convierte en una extraordinaria biblioteca líquida donde centenares de referencias permiten recorrer la Denominación de Origen como quien pasa lentamente las páginas de una novela coral.

Cada copa representa una interpretación distinta de un mismo idioma. El albariño ya hace mucho tiempo que dejó de ser un único vino. Existen los que buscan la fruta luminosa y la inmediatez. Los que encuentran en las lías una textura casi cremosa. Los que envejecen con paciencia y desafían el viejo prejuicio de que los blancos nacieron para ser olvidados pronto.
Los que dialogan con el granito. Los que se inclinan hacia la brisa. Los que parecen guardar dentro una mañana de niebla. Y todos, absolutamente todos, conservan una misma raíz atlántica que los hace reconocibles.
Álvaro Cunqueiro sospechaba que Galicia nunca termina donde acaba la tierra, porque continúa navegando mar adentro. Quizá por eso el albariño tampoco termina en la viña. Continúa en la ría.
La lección del agua
El paseo en catamarán por la ría de Arousa explica en apenas unas horas lo que ningún tratado de viticultura consigue explicar del todo. Las bateas aparecen suspendidas entre cielo y agua como jardines flotantes. El viento cambia de dirección con una naturalidad pasmosa. La luz juega sobre el granito. Las mareas escriben y borran continuamente el paisaje.

Entonces somos capaces de comprender que la palabra atlántico no es una etiqueta comercial. Es una forma de respirar. Cada corriente modifica el aire que llega a las viñas. Los amaneceres dejan una humedad distinta. Las tardes depositan una luz diferente sobre los racimos. El vino empieza mucho antes de la vendimia. Empieza aquí. En este diálogo incesante entre el océano y la tierra. El ensayista navarro, Ramón Andrés escribió que el paisaje también posee memoria. La ría parece confirmarlo en cada recodo.
Donde todo encuentra su sitio
La última enseñanza llega sin solemnidad. Sentándose a la mesa de Meloxeira Playa, en San Vicente do Mar. Después de un primer día observando vinos con disciplina casi científica, el albariño recupera por fin su condición más hermosa: vuelve a ser compañía.
Frente a unos mariscos cocinados en su punto y un pescado que todavía conserva el rumor de la marea, desaparecen las puntuaciones y las clasificaciones. Queda el placer y el vino parece relajarse. Como esos grandes músicos que, terminado el concierto, encuentran en una sobremesa la interpretación más sincera.
Ningún gran albariño aspira únicamente a ganar el concurso. Aspira a ser recordado. Nosotros también recordaremos estos días auspiciados por la D.O. Rías Baixas, por su envergadura organizativa y su hospitalidad siempre afectiva. Son ejemplares.
El verdadero premio
Antes de conocerse el veredicto del jurado, el Pazo de Fefiñáns acogió otro de esos rituales que dan alma a la fiesta. El Capítulo Serenísimo del Albariño incorporó a cinco nuevos Damas e Cabaleiros: David Castro Mougán, viticultor y alcalde de Ribadumia; Yao Jing, embajador de China en España; el reconocido cirujano Diego González Rivas; la conselleira María Martínez Allegue; y la presidenta del Real Club Celta, Marián Mouriño.

Cinco trayectorias muy distintas unidas por un mismo compromiso: convertirse, desde sus respectivos ámbitos, en embajadores de un vino que hace tiempo dejó de pertenecer sólo al Salnés para hablar el idioma universal del prestigio y de la hospitalidad gallega. Cada nuevo Cabaleiro o Dama no recibe únicamente una capa y una medalla. Acepta, simbólicamente, la responsabilidad de llevar un pedazo de Galicia allí donde la vida le conduzca.
Cada edición de la Fiesta del Albariño proclama unos vinos vencedores. Así debe ser. Los concursos existen para reconocer el mérito, el talento y el esfuerzo de quienes convierten una cosecha en emoción.
Cuando en la tarde del domingo se abrió el sobre, el silencio de aquellas jornadas encontró por fin tres nombres. Condes de Albarei levantaba el primer premio; Lagar de Costa completaba el doblete cambadés con el segundo; y Abadía de San Campio, de Terras Gauda, llevaba el tercer galardón hasta O Rosal. Tres vinos distintos. Tres maneras de interpretar el albariño. Una misma tierra hablada con acentos geográficos diferentes.

Detrás de cada botella había muchas más personas que una etiqueta. En Condes de Albarei, una cooperativa formada por centenares de familias viticultoras que ha convertido el trabajo compartido en una forma de excelencia. "Hai 500 familias detrás deste viño", recordaban emocionados al recoger el premio.
En Lagar de Costa, la personalidad de un viñedo viejo y el convencimiento de que el vino nace mucho antes de la bodega. "Bos viños facémolos todos; o noso nace da conexión entre un territorio, unhas cepas vellas e un xeito de entender o oficio", resumía Manuel Costa. Y en Abadía de San Campio, la confirmación de que el albariño encuentra en O Rosal otra expresión luminosa y profundamente atlántica.

Pero sospecho que el premio más importante nunca aparece escrito en ningún diploma. Consiste en otra cosa: en que alguien, dentro de diez años, abra una botella nacida en esta tierra y, al acercarla a la nariz, vuelva a escuchar el viento que cruzaba las viñas de estas tierras. En que reconozca el granito húmedo, la fruta limpia, la brisa marina, la paciencia de los viticultores, la inteligencia de los elaboradores y el trabajo silencioso de quienes, durante dos días de verano, aceptaron la responsabilidad de elegir sin mirar nombres, únicamente escuchando el lenguaje del vino.
El albariño, como todas las cosas verdaderamente importantes, nunca nace el día de la fiesta. Nace mucho antes, en el silencio de una bodega.

