El duro testimonio de otra víctima de acoso escolar en Benalmádena: "Yo también quise rendirme"

La joven no ha podido quedarse callada tras conocer que la menor fallecida fue encontrada sin vida en el sótano de su casa. Europa Press
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MálagaEl suicidio de una menor de 14 años en Benalmádena ha provocado una sacudida emocional que ha traspasado las fronteras de la provincia de Málaga. Mientras la investigación policial intenta determinar si el acoso escolar fue el detonante de la tragedia, una voz que llevaba una década apagada ha decidido dar un paso al frente.

Andrea Lozano, que hoy tiene 24 años y es madre, ha publicado un testimonio desgarrador en sus redes sociales para contar que ella también pasó por ese infierno en el mismo centro de la localidad malagueña. Una confesión que ha impactado por la crudeza de los detalles y por una reflexión final que resume el dolor de entonces: "Yo también estuve en el baño de mi casa con ganas de quitarme la vida".

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La joven no ha podido quedarse callada tras conocer que la menor fallecida fue encontrada sin vida en el sótano de su casa. Para ella, esta noticia ha sido el detonante para contar que, hace diez años, su vida también fue un calvario diario marcado por la violencia física y la soledad.

Hoy relata que todo empezó por algo tan absurdo como ser una buena estudiante, lo que le valió motes denigrantes y el aislamiento del resto de sus compañeros. Sin embargo, lo que empezó como insultos pronto se convirtió en agresiones físicas que le han dejado marcas imborrables.

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Una cicatriz que todavía duele

Uno de los momentos más impactantes de su relato es cuando describe una agresión que sufrió con apenas 12 años. Andrea acababa de ponerse aparato en los dientes cuando una de las personas que la acosaba le propinó un golpe tan fuerte en la cara que los brackets se le clavaron profundamente en la boca. "Me tuve que despegar los hierros de la carne, todavía hoy tengo la cicatriz", confiesa emocionada.

Esa violencia era una constante en los pasillos, donde sufría zancadillas y empujones en las escaleras que la obligaban a vivir en un estado de alerta permanente. La joven describe cómo su día a día se convirtió en una huida. En cada cambio de clase, salía corriendo hacia el aula siguiente para evitar ser interceptada. Dejó de comer y tiraba los bocadillos que le preparaba su madre porque no quería engordar para no tener que escuchar que la llamaban gorda.

Además de los golpes físicos, Andrea fue una de las víctimas de la primera etapa del ciberacoso a través de plataformas anónimas donde recibía mensajes vejatorios contra ella y su familia. "Me daban palizas físicas, psíquicas y virtuales", resume para explicar la magnitud de un ataque que no le daba tregua ni siquiera cuando llegaba a casa.

La falta de apoyo en el centro

Lo que más indignación ha generado en su testimonio es la gestión que, según ella, se hizo desde el propio centro educativo. Andrea recuerda que, lejos de sentirse protegida, sintió que el sistema la culpabilizaba a ella. Explica que cuando intentaron aplicar un protocolo de acoso, se encontró con una respuesta que la hundió todavía más: "Me dijeron que me estaba haciendo la víctima". Incluso relata cómo algunos profesores llegaban a participar indirectamente de las burlas o la expulsaban de clase al pasillo sin motivo, acentuando el sentimiento de humillación frente al resto de alumnos.

La situación llegó a un punto tan insostenible que Andrea desarrolló un miedo paralizante a su propio entorno. Confiesa que no podía ni salir a la esquina de su casa en Benalmádena sin sentir terror. Por este motivo, su familia decidió que lo mejor era que cursara el Bachillerato en un centro privado de Málaga capital, alejándola físicamente de sus acosadores para que pudiera recuperar algo de paz. "Tuve que irme de mi ciudad porque tenía mucho miedo", admite la joven, que hoy ve cómo otra familia está pasando por el peor dolor posible.

"Ya no más insultos"

Andrea ha decidido hablar para que la muerte de la menor de 14 años no se cierre como un caso aislado o sin antecedentes. Con la madurez de quien ya tiene una hija propia, lanza un aviso sobre la importancia de escuchar a los niños cuando dicen que algo va mal. "Llevo diez años callada y ya no más", sentencia en su vídeo, donde asegura que si su hija pasara por algo parecido, ella no se quedaría de brazos cruzados esperando a que un protocolo actúe.

Su relato se suma ahora a la investigación que mantiene abierta la Policía Nacional, que está realizando el volcado de los dispositivos informáticos de la menor fallecida para buscar pruebas de ciberacoso. Porque el acoso escolar no es algo nuevo, sino una realidad que a veces permanece oculta tras los muros de los institutos y que puede tener consecuencias definitivas si no se frena a tiempo.