Trabajar más de 9 horas seguidas reduce tu rendimiento al nivel de alguien que no ha dormido: el estudio que deberían leer todos los jefes

La cultura del presentismo confunde estar más tiempo disponible con ser más productivo, ya que trabajar más horas no significa rendir más
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MadridTrabajar muchas horas se ha confundido con trabajar mucho. Pero la ciencia lleva años desmontando esa idea. El cuerpo y el cerebro no funcionan como una máquina que produce de la misma forma a las nueve de la mañana que a las ocho de la tarde. De hecho, una vez que se pasa cierta barrera, seguir trabajando no siempre suma: a veces resta.
Trabajar demasiadas horas seguidas puede deteriorar la concentración, aumentar los errores, ralentizar la respuesta y reducir la cantidad de las decisiones de una forma comparable a lo que ocurre cuando una persona acumula falta de sueño. El problema llega cuando las jornadas largas se normalizan, se hacen sin pausas reales y se repiten como si el descanso fuera un lujo.
La lógica es sencilla: un trabajador cansado no solo se siente peor, también se piensa peor. Le cuesta mantener la atención, tarda más en reaccionar, comete más fallos y puede asumir más riesgos sin darse cuenta.
El mito de que más horas equivalen a más resultados
La cultura del presentismo ha hecho mucho daño. En muchos entornos laborales todavía se premia al que se queda más tiempo, aunque no sea el más productivo. Irse a la hora se interpreta como falta de implicación, mientras que alargar la jornada se ve como compromiso. Pero esa lectura confunde disponibilidad con eficacia.
Un economista de la Universidad de Stanford analizó la relación entre horas trabajadas y productividad, encontrando que dicha relación no era lineal. Por debajo de cierto umbral, producir más horas puede traducirse en más output. Pero, a partir de cierto punto, cada hora extra aporta menos. La productividad marginal cae. Es decir, la décima hora no vale lo mismo que la tercera. Puede que incluso salga cara si trae errores, agotamiento o trabajo que después hay que corregir. Esto es más evidente en trabajos que requieren de concentración, creatividad, criterio o precisión.
Qué le pasa en el cerebro cuando seguimos trabajando sin parar
El cerebro tiene una capacidad limitada para sostener la atención. Puede concentrarse, priorizar, tomar decisiones y resolver problemas, pero necesita alternar esfuerzo y recuperación. Cuando una tarea se alarga durante demasiadas horas, especialmente si exige concentración intensa, la fatiga cognitiva empieza a notarse.
Primero aparece la lentitud. La persona tarda más en leer, responder, decidir o cambiar de tarea. Después llegan los errores pequeños: olvidar un detalle, saltarse un paso, responder de forma impulsiva, perder el hilo de una conversación o releer varias veces la misma frase. Más tarde puede aparecer irritabilidad, bloqueo, sensación de saturación y dificultad para distinguir lo urgente de lo importante.
La fatiga no siempre se vive como sueño. A veces se puede notar niebla mental. La persona no se queda dormida, pero funciona peor. Ese es uno de los grandes peligros: muchas veces no somos buenos evaluando nuestro propio deterioro. Pensamos que seguimos rindiendo igual porque seguimos despiertos, pero los indicadores objetivos pueden decir otra cosa.
Más de 8 horas ya se considera un turno largo
Una jornada normal suele ser un periodo de no más de ocho horas consecutivas durante el día, cinco días a la semana, con descanso adecuado. Cualquier turno que incorpore más horas continuas, más días consecutivos o trabajo nocturno entraría en la categoría de turno extendido o inusual. Los turnos largos pueden ser más estresantes física, mental y emocionalmente, alterar los ritmos del cuerpo, aumentar la fatiga y reducir la concentración.
Esto no quiere decir que nadie pueda trabajar nunca nueve o diez horas. Hay sectores, urgencias, proyectos puntuales o situaciones excepcionales donde puede pasar. El problema es convertir la excepción en la normalidad. Cuando trabajar más de nueve horas seguidas se vuelve normal, el organismo empieza a resentirse.
Cuando los turnos se alargan más allá de lo normal, deben añadirse pausas, comidas y microdescansos. Además, las tareas que requieren mayor esfuerzo físico o concentración intensa deberían colocarse al principio del turno, no al final, cuando la fatiga ya ha avanzado.
La pausa no es una pérdida de tiempo
Uno de los errores más frecuentes en entornos exigentes es considerar la pausa como un lujo o una interrupción. Pero desde el punto de vista del rendimiento, descansar también es trabajar mejor. Se suelen recomendar descansos breves y frecuentes durante trabajos exigentes, incluso cada una o dos horas, porque pueden ser más eficaces contra la fatiga que pocas pausas largas.
La atención se recupera mejor con pequeños cortes que permitan moverse, cambiar de postura, mirar lejos de la pantalla, beber agua, respirar y salir unos minutos del modo concentración. No hace falta desaparecer media hora cada vez. A veces con cinco minutos es suficiente para volver con más claridad.
Hay pequeños gestos que ayudan como programar pausas breves, levantarse cada cierto tiempo, separar tareas de alta concentración de tareas mecánicas, evitar encadenar reuniones sin descanso y poner límites al correo fuera del horariopuede ayudar a reducir la fatiga.
