Cáncer

Manuel, siete años sin cáncer gracias a la terapia CAR-T: "Me salvó la vida. Debería ser un tratamiento de primera línea"

Manuel Martín, tratado con terapia CAR-T tras diagnosticarle un
Manuel Martín, tratado con terapia CAR-T en 2019 tras diagnosticarle un linfoma no Hodgkin. Cedida
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Cuando Manuel Martín estudió hace 30 años Medicina desconocía que, aunque nunca la ejercería, sí le salvaría la vida. De la carrera se llevó a grandes amigos, entre ellos al hematólogo Alejandro Martín, quien más tarde se convirtió en su médico cuando el cáncer apareció en su vida y le puso sobre la mesa la posibilidad de participar en un ensayo clínico sobre la terapia CAR-T, una actual revolución en el tratamiento del cáncer hematológico de la que por entonces, 2019, se sabía mucho menos.

Manuel la aceptó y fue el primer paciente en recibirla en Salamanca (y uno de los primeros en España). "Me convertí en una cobaya", dice entre risas durante una entrevista con la web de 'Informativos Telecinco'. Y gracias a aquello, hoy, siete años después, sigue soplando las velas y tiene la suerte de poder decir: "Cada vez estoy más viejo".

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"A mí lo que me ha salvado la vida es la CAR-T y además, las he pasado mucho menos canutas que con la quimioterapia", cuenta Manuel por teléfono. Lo de hablar con los medios de comunicación no es su afición favorita, a pesar de su voz digna de radio, pero finalmente se lanzó a contar su historia para poder dar esperanza a otros pacientes, haciéndolo por primera vez en la 10ª Jornada de Divulgación HematoAvanza.

El caso de Manuel es un ejemplo de la importancia de la investigación y del avance de esta. Tanto que, cuando le realizaron el tratamiento estaba rodeado de múltiples especialistas expectantes. Manuel estaba como en una especie de photocall, pero en el hospital. Fue el primero, y ahora más de 200 pacientes han repetido su historia en Salamanca.

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"Un tumor del tamaño de un melón"

Pero empecemos por el principio; para llegar a la terapia CAR-T tuvo que pasar por el diagnóstico y una quimioterapia como primera línea de tratamiento. Los principales síntomas fueron un excesivo sudor, que notaba sobre todo cuando se levantaba de la cama —"como las sábanas fueran oscuras quedaba marcada toda silueta"—; y un cansancio poco común en él. Como muchos otros días, acudía a la montaña, una de sus grandes aficiones, pero hubo uno en el que subir una pendiente le costó mucho más de lo normal. "Lo asocié a que fumaba", dice.

Fue a los pocos días, cuando al mirarse en el espejo vio que su cuello estaba del ancho de la cabeza que pensó: "Ostras, aquí ocurre algo". Era domingo y rápidamente tiró de contactos. Se presentó en casa de un amigo médico, al que tampoco le gustó lo que observaba a simple vista, y se fueron al hospital.

Tras muchas pruebas, vieron un tumor en el mediastino (el centro del tórax) de tamaño de 17 por 14 cm, "como un melón pequeño". Al principio se pensó que podría ser cáncer de pulmón, pero no, se trataba de un linfoma difuso de células B grandes.

Manuel cuenta que, tras el diagnóstico, en ningún momento se le pasó por la cabeza la idea de que podría morir. "Me dejé guiar completamente por los profesionales, que son los que saben. Nunca pregunté qué supervivencia tenía mi tipo de cáncer. De qué me iba a servir. Si era del 90% hay un 10% que no lo superan. Y viceversa. Nunca sabes de qué lado te va a tocar".

Se estima que en este 2026 se diagnosticarán 12.201 linfomas no hodgkinianos en España (aproximadamente el 56% en hombres y el 44% en mujeres). El linfoma B difuso de células grandes es el subtipo más frecuente y uno de los más agresivos. Se origina en los linfocitos B y crece rápidamente, por lo que en la mayoría de los pacientes (70%) se diagnostica en estado avanzado.

La quimioterapia, una vivencia dura

El mayor trago sin duda fue la quimioterapia. "Me pareció algo muy horroroso. Te queda machacado y cuando parece que te estás mejorando, 'plas', otro bate de béisbol en la espalda. Pero la soporté. Tiré para adelante como pude y seguí haciendo mi vida, incluso trabajando. En el sexto mes seguía saliendo al campo, aunque mis ojos solo iban buscando en el horizonte una piedra donde sentarme".

A nivel psicológico "lo peor fue la caída del pelo, tanto el de la cabeza como el de las cejas. Fue muy traumático porque me cambió la fisonomía de la cara". Los gorros se convirtieron en sus mejores amigos, —"menos mal que era invierno"—, y en Nochevieja toda la familia celebró la cena con una peluca, ya que no todos los miembros sabían que padecía cáncer, como su padre y sus hijos, que por entonces eran pequeños. Como dice Manuel: "Un poco de humor ante las adversidades". Él la eligió negra, bien frondosa, larga y con flequillo, incluido un cintillo azul como complemento.

Manuel lleva siete años libre de enfermedad

Entre tanto, seguía con el tratamiento y PET-TAC para ver cómo evolucionaba el tumor. "Aunque parecía que todo iba bien porque llegó a estar del tamaño de una lenteja, no eran los resultados esperados. Se buscaba la remisión completa", cuenta. Su amigo, y ahora hematólogo, Alejandro Martín, le explicó que había que pasar a una segunda línea de tratamiento, pero esta vez "con una quimio mucho más fuerte".

A Manuel aquello 'le mataba' y su ex compañero de facultad le explicó que la otra opción era participar en el ensayo clínico ZUMA-7, que comparaba la CAR-T axi-cel con la terapia estándar. "Era algo que estaba dando muy buenos resultados, así que no me lo pensé dos veces. Salí de la consulta con toda la documentación ya firmada", rememora.

La terapia CAR-T es un tipo de inmunoterapia con la que se extraen linfocitos T del paciente para manipularlos en el laboratorio y transferirlos de nuevo al organismo, de manera que estos reconozcan las células cancerosas y las destruyan.

Su experiencia con la terapia CAR-T

"Fue un éxito", afirma. Desde que firmó aquellos papeles hasta que salió de la 'cápsula' del hospital en la que estuvo cerca de un mes, Manuel recuerda "casi cada minuto". Tras pasar por una gran cantidad de pruebas, —" te exprimen, todo el mundo quería investigar", narra entre risas—, le citaron para la aféresis (procedimiento en el que se extraen los linfocitos T).

Una vez que los prepararon en el laboratorio, procedimiento que en su caso tardó unas semanas, le citaron para realizarle la infusión, mecanismo por el que devuelven los linfocitos T modificados al organismo.

Como Manuel era la primera persona a la que se lo realizaban en Salamanca, se hizo bajo un protocolo muy medido. Para ello, estuvo aislado en lo que él denominó "una cápsula espacial y hermética, que tenía hasta las ventanas selladas" durante 25 días. Recuerda como todas las miradas de un equipo multidisciplinar estaban puestas en él.

"A mí lo que me ha salvado la vida es la CAR-T, y además, lo he pasado mucho menos canutas que con la quimioterapia"

"Desde que me realizaron la infusión tuve que estar acompañado en todo momento de alguien que me estuviera observando por si había efectos secundarios". Cada seis u ocho horas, según hubieran organizado los turnos, Manuel recibía la visita de un familiar o amigo. "Antes de eso se tenían que duchar, pasar por una sala de desinfección y ponerse material de protección".

"Solo pasé las primeras 24 horas regular porque se produjo la llamada tormenta de citoquinas — reacción del sistema inmunitario exagerada y potencialmente mortal a la destrucción masiva de las células tumorales—. "A partir de ahí, ya fenomenal. De hecho, me monté una pequeña oficina y estuve trabajando", dice. Del casi mes que estuvo encerrado guarda muchas anécdotas, de las que sin duda se queda con una que describe como "tierna y dura". "Mi mujer se ponía con mis hijos pequeñitos en frente del hospital y yo les hacía corazoncitos a través de la ventana".

¿Es posible usar la terapia CAR-T como primera línea de tratamiento?

A día de hoy se ha avanzado mucho en el conocimiento de este tratamiento y en cómo manejar las posibles complicaciones. Los tiempos de ingreso son muchos más cortos y en pacientes seleccionados incluso se realizan de manera ambulatoria.

Debido a los buenos resultados que se están obteniendo con las terapias CAR-T, algunos ensayos clínicos la están probando como primera línea de tratamiento, sin necesidad de echar mano de ella cuando el tratamiento estándar no ha funcionado y los resultados están siendo positivos.

De hecho, Manuel acudirá en función de paciente junto a profesionales médicos al Congreso de los Diputados el próximo octubre para solicitar una mayor financiación de esta terapia que, aunque "tiene un coste de unos 32.000 euros por paciente, es costo-efectiva". Se estima que cuanto antes se administre, mayor podrían ser las probabilidades de supervivencia. "Es una pena que no lo utilicen en primera línea cuando ya se sabe que el éxito es mucho más grande", subraya.

Siete años después, libre de enfermedad

Desde entonces han pasado siete años, Manuel sigue en remisión completa y no arrastra prácticamente secuelas. "Solo que cada vez que voy a las revisiones reaparece el miedo", confiesa. En este tipo de linfomas cuando se superan los cinco años libre de enfermedad las recaídas son muy improbables.

Lo que más ha cambiado ha sido su filosofía de vida. "Antes vivía para trabajar y cuando le ves las orejas al lobo, te das cuenta de lo efímera que es la vida y de lo que es realmente importante. Sigo trabajando, pero he cambiado mi manera de gestionarlo. Ahora intento tener tiempo para disfrutar y estar con mi familia y amigos". Y no se olvida de agradecer a todos los que durante este camino le han acompañado: "He tenido mucha suerte".

A otras personas que puedan estar pasando por una situación parecida aprovecha el Día Mundial del Linfoma, que se celebra cada 15 de septiembre, para mandarles un mensaje: "Confía en los profesionales médicos, son los que te pueden salvar la vida".