Embarazo

Iris perdió a su hijo Hodei en la semana 16 de gestación: "Que me lo trajeran abrigadito en ese arrullo para despedirme fue el único momento feliz"

Los arrullitos se confeccionan en cuatro tallas
Maribel, una de las costureras voluntarias, ha "perdido la cuenta" de los saquitos, gorritos, mantitas y arrullos que ha tejido desde 2022.. Redacción Euskadi
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BilbaoMaribel Fontenla Vela lleva 55 años colocando la canilla en la misma máquina de coser que le regalaron cuando se casó y que, hoy en día, "echa humo" desde el lugar preferente que ocupa en el comedor de esta bilbaína, de 75 años. No es que a esta jubilada le sobre el tiempo para la costura, porque cuando no está visitando a su madre nonagenaria en la residencia, le echa una mano a su hija cuidando de su nieto pequeño, pero desde hace cuatro años, rasca horas al día para tejer los arrullitos que la asociación Esku Hutsik entrega a las familias que afrontan un duelo por la muerte gestacional, perinatal o neonatal de un hijo o una hija.

Cortar la tela, hilvanarla con alfileres, sobrehilar y pasar por la máquina. Así, una y otra vez, con las manos ocupadas y la mente puesta en esas madres y padres a los que les toca, demasiado pronto, tener que despedirse de su bebé. “Es una manera de generar recuerdos y de poder despedirse de una forma bonita”, explica María González Gómez, presidenta de la asociación Esku Hutsik.

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Los Saquitos Jizō son una iniciativa de acompañamiento y duelo perinatal impulsada por la asociación A Contracor y a se sumó la vasca Esku Hutsik. En cuatro años, esta asociación ha entregado unos 800 saquitos en Euskadi y trabaja para que el duelo de estas familias deje de ser “un tabú”, “un sufrimiento invisibilizado”, porque “tener recuerdos ayuda”, desde el arrullo, a las huellitas, el cordón umbilical o unas fotos.

"Qué diferente hubiera sido"

La propia Maribel tenía 32 años cuando sufrió un aborto y perdió a su quinto hijo, admite que lo pasó “muy mal” y que tuvo que escuchar más de un: “Ya tendrás otro, eres joven” o “bueno, pero ya tienes cuatro hijos”. Eran otros tiempos, unos en los que otras madres, que habían pasado por lo mismo, compartieron con ella “relatos terribles" como "tener que ver al bebé en una escupidera o sobre una fría bandeja de acero inoxidable”. Maribel no tuvo oportunidad de contar con un saquito, un arrullo o un recuerdo bonito, “qué diferente hubiera sido”, dice. 38 años después de la muerte de su bebé, Maribel confiesa que “muchas veces pienso en cómo hubiera sido mi hijo, en que ahora estaría en la universidad o que tal vez tendría sus propios hijos”.

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Algunas de las piezas confeccionadas por Maribel en su casa de Bilbao

Como Maribel, otras mujeres, “muchas de ellas, amamas que han sufrido la pérdida de un nieto”, pero también asociaciones como el Grupo de Costura Solidaria de Getxo o colectivos de mujeres migradas ayudan a coser los arrullitos, en cuatro tallas diferentes, desde la más pequeña de 8 semanas a la más grande a partir de la semana 40 de gestación, van dentro de un saquito junto a un detalle tejido e información sobre la asociación. Algo a lo que aferrarse, como un recuerdo bonito. Hace ahora dos años, Iris Álamo recibió uno de ellos.

"Me ayudó a hacer un duelo sano"

Se puso de parto en la semana 16 de gestación, cuando lo recuerda se visualiza a sí misma “chillando como una loca” y a su marido desmayado, "porque no piensas que te pueda pasar a ti, ya tienes otra hija, estás sana...". Se acuerda del traslado del hospital de Galdakao al de Cruces, del dolor brutal que le hizo perder la visión y de como bloqueó la idea de que iba a parir “a un hijo muerto y que me negaba a tumbarme, lo tuve de cuclillas y solo quería poder agarrarlo”. En medio de un dolor, “que no sabía que se podía llegar a experimentar”, Iris recuerda el “único momento feliz”, el instante en el que los sanitarios le dejaron a su hijo Hodei en brazos, metido en ese arrullo, “abrigadito”.

Durante 20 minutos, el margen de tiempo que le dio su cuerpo antes de empezar a experimentar fuertes dolores durante la expulsión de la placenta, Iris pudo despedirse de su bebé y sentir que formaba parte, desde ese instante, de una red invisible de mujeres que habían pasado por una experiencia similar y cuyas manos habían tejido aquel arrullo que arropó a su pequeño. El mismo que, cuando salió del quirófano, le entregaron ya vacío. Hoy, dos años después, lo guarda con mimo en casa, porque “me ayudó a hacer un duelo sano, a aceptar lo ocurrido”.

A ese proceso contribuyó su hija, de 5 años en aquel momento, que vivió su propio duelo aprendió de golpe la irreversibilidad de la muerte, “ella nos enseñó otra forma de gestionarlo y de ver la vida”, señala esta madre, que cree que, sin embargo, aun queda mucho camino por recorrer. “En nuestro caso, gente muy cercana, de la propia familia, trataba de ocultar el dolor siempre con una sonrisa, pero eso es surrealista, si un ser querido muere hay que poder exteriorizar el dolor y no sonreír como si no pasara nada", lamenta.

Iris confiesa que le costó un año poder retomar su vida, “dormida era revivirlo y despierta recordarlo”, sin embargo hoy, “vivo feliz”. Su hijo Hodei, eso sí, le ha cambiado la perspectiva desde la que vive, su escala de valores. Embarazada de nuevo, en la semana 32 de gestación, se emociona hasta las lágrimas al verbalizar su historia. Esa en la que un saquito tejido con amor envolvió el cuerpo de su pequeño, mientras ella lo abrazaba y se despedía de él. Esa en la que ella misma ahora, como un eslabón más de una cadena de favores, prepara junto a María de Esku Hutsik, los saquitos, que contienen el arrullo y el gorro, y que llevan a los hospitales vascos, “para devolver el favor”, a otras familias en duelo.