Aficionados españoles en el Mundial de Catar cuentan su experiencia: "Temían que se llenara de borrachos y esto se desmadrara"

  • Un reducido número de españoles acude a los partidos de La Roja en el pequeño país del golfo Pérsico

  • La venta de cerveza está prohibida en estadios y alrededores y solo se permite en hoteles y 'fan zones'

  • Seguidores españoles cuentan a NIUS cómo viven el ambiente y las restricciones en el gran evento del fútbol

"No me gusta lanzar las campanas al vuelo. Creo que pasaremos la fase de grupos y hasta cuartos de final llegaremos bien… luego dependerá mucho de todos los factores", dice Javier desde Doha con una prudencia que trata de moderar el entusiasmo. Este aficionado de Almería, de 42 años, forma parte de ese reducido número de españoles que ha viajado a Catar para animar a la selección en la Copa del Mundo de fútbol. Estará este jueves en el Estadio Internacional Jalifa para ver in situ a los de Luis Enrique contra Japón. También presenció el partido que disputaron contra Alemania el pasado domingo y al que solo asistieron unos 2.000 españoles en un estadio -el de Al Bayt- con una capacidad para casi 70.000 personas

¿Cómo es la experiencia de un aficionado español en el atípico Mundial de Catar, el primero que se celebra en otoño y en un país de Oriente Medio? Javier ha viajado hasta allí con Manuel, Miguel y Gonzalo; un grupo de cuatro amigos que ha ahorrado para la ocasión. Se estima que el país del golfo Pérsico, con menos de tres millones de habitantes y una extensión que supera levemente a la región de Murcia, recibe a un millón y medio de visitantes durante el gran evento futbolístico.

Con solo 300 hoteles, los precios se disparan. Algunos aficionados se alojan en barracones instalados a las afueras de Doha que rondan entre los 160 y los 200 euros la noche. No es el caso de este grupo de cuatro amigos. Ellos consiguieron un apartamento en un edificio de siete plantas en el centro de la ciudad por el que cada uno paga 80 euros por noche. Lo reservaron ocho meses antes, en marzo. Optaron a ese alojamiento tras sacar entradas en el sorteo de la FIFA en febrero. "Con la solicitud de entrada aprobada podías acceder a la página de reservas de alojamiento de FIFA", explica Javier.

Cervezas que cuestan lo mismo que un menú

En este país musulmán, la venta de cerveza no está permitida en estadios y alrededores (una decisión controvertida porque se anunció solo dos días antes del inicio del Mundial ante el estupor de Budweiser, marca patrocinadora del evento). Su consumo solo es posible en hoteles y fan zones; un botellín o una pinta pueden costar entre 12 y 16 euros. "La postura aquí es que el alcohol es malo. Las personas con las que hemos hablado estaban asustadas de que esto se llenara de borrachos y la situación se desmadrara", cuenta Javier.

La comida es más barata. "Hemos comido fenomenal en un restaurante árabe en el que cuatro menús nos han costado 250 reales (62 euros); es decir, 15 euros por menú. Cuatro menús pueden costarte lo mismo que cuatro o cinco cervezas".

Un Mundial controvertido

¿Cómo es el ambiente de esta Copa del Mundo en un país anfitrión sin tradición futbolística? "Esta es una ciudad grande, al final la gente se concentra en lugares específicos para ver y celebrar los partidos", explica Javier, que tiene experiencia en este tipo de eventos (estuvo en la Copa del Mundo de Rusia 2018 y en la de Brasil 2014). En este país solo el 12% de la población es de nacionalidad catarí y eso forma parte de su idiosincrasia. "Aquí gran parte de la población no es catarí, entonces hay indios, paquistaníes, bangladesíes, nepalíes... que como no tienen un equipo al que animar porque sus selecciones no son potencias del fútbol pues se suman a otras selecciones", dice Javier.

En redes sociales se ha acusado a las autoridades de "colocar falsos aficionados". Este español no lo percibe así. En el último partido estaba sentado junto a un espectador de Bangladesh y otro de Sudán que se volcaron con la selección; uno de ellos era, incluso, gran seguidor del futbolista Pedri. También se ha encontrado a extranjeros trabajando en los estadios, en la policía catarí, en discotecas o en los medios de transporte (como un taxista nepalí que le contó que lleva 19 años en Catar y paga con su sueldo los estudios de sus cuatro hijos en Nepal).

El Mundial de Catar está en el centro de la controversia por las denuncias de vulneración de derechos de mujeres u homosexuales, entre otros motivos. La FIFA ha prohibido en el campo los brazaletes arcoíris con los que algunos equipos querían solidarizarse con la comunidad LGTBI. Como protesta, la selección alemana se fotografió con la boca tapada. Y eso es algo que no gustó a algunos locales. "Nos han dicho que lo que hicieron es una falta de respeto, que son sus invitados y que teníamos que haberlos eliminado", explica Javier.

Este grupo de amigos no ha presenciado problemas en las entradas de los estadios, aunque sí el momento en el que un espontáneo saltó al campo con una bandera arcoíris en el Portugal-Uruguay que se celebró el pasado lunes. El hombre, de nacionalidad italiana, llevaba además una camiseta con lemas de apoyo a las mujeres iraníes y a Ucrania. Fue detenido y liberado posteriormente "sin consecuencias", según informó el Ministerio de Exteriores de su país.

"Creo que muchas de las restricciones se han impuesto por el temor al occidental... Y se están dando cuenta de que no hay problema, que la gente se comporta, sigue las reglas... Si quieren diversificar su economía, abrirse al turismo, pues seguramente poco a poco vayan aceptando nuevos cambios", explica Javier mientras camina a 30 grados de temperatura.

La "hermandad cultural" del fútbol

La gente en la calle les ha tratado bien. "El otro día, esperábamos al autobús con la camiseta de La Roja cuando un señor se paró con el coche y nos llevó a nuestro destino. Había nacido aquí, pero era de origen palestino". También han hablado con españoles residentes en Catar, algunos de los cuales les han mostrado su malestar por la imagen negativa que los medios internacionales ofrecen del país.

Este el primer Mundial que se celebra en una única ciudad, por lo que en Doha se concentran todos los seguidores. Durante estos días se han cruzado con aficionados mexicanos, argentinos, brasileños, saudíes, ingleses, tunecinos, coreanos o japoneses. Esa "hermandad cultural es lo mejor", dice Gonzalo. A este grupo de amigos les sirve además para hacer turismo. "El fútbol también es cultura. Te abre la mente", afirma Javier. Es "la fraternidad entre los pueblos". Y para integrarse en el país al que viajan, en la maleta han metido la camiseta de la selección de Catar, con sus nombres en español, que se ponen algunos días. Este jueves toca la roja, la de la selección española, en la que han escrito a su espalda sus nombres en árabe. Es otra de las caras del fútbol.

Temas