Motor

Un gesto muy habitual al arrancar el coche puede acortar la vida útil del motor, según los mecánicos

Arrancando el coche. Telecinco.es
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Hay un momento en la vida de casi todos los conductores españoles que decide, en apenas sesenta segundos, una parte notable del posterior envejecimiento de su vehículo. Es el instante justo después de girar la llave o pulsar el botón de arranque, cuando el motor acaba de despertar de la parada nocturna. En ese primer minuto se produce entre el 60 y 80% del desgaste interno total que un motor sufre a lo largo de toda su vida útil. Y el gesto que multiplica ese desgaste es tan habitual que la mayoría de los conductores ni siquiera lo identifica como error.

La DGT lo cifra en 7 de cada 10 conductores españoles que lo cometen habitualmente. Los mecánicos coinciden. Es probablemente el hábito que más años de vida útil resta al motor de un turismo doméstico, y lo hace sin producir ningún síntoma inmediato, motivo por el cual pasa desapercibido durante toda la vida del coche hasta el momento en que aparecen una serie de consecuencias tardías que ya no admiten reparación puntual.

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Por qué el primer minuto es tan crítico

La razón mecánica es concreta. Cuando el motor lleva horas o días parado, el aceite se ha ido drenando por gravedad hacia el cárter, la zona más baja del bloque. Al arrancar, la bomba de aceite tarda entre unos segundos y algo menos de un minuto en volver a bombear el lubricante hasta las partes altas del motor. Durante ese intervalo, los pistones, los anillos y las bielas se mueven a miles de revoluciones por minuto prácticamente en seco. La fricción metálica es enorme, y cada segundo que se acelera el motor multiplica el desgaste de un modo que ninguna otra circunstancia posterior de la vida del vehículo llega a igualar.

Los componentes más vulnerables son los que necesitan presión de aceite constante para funcionar con precisión. Los turbocompresores giran a regímenes extremadamente altos y dependen del flujo continuo de lubricante para evitar el contacto directo entre los cojinetes y el eje. Los sistemas de distribución variable y los tensores hidráulicos también necesitan presión adecuada desde el primer instante para no forzar sus juntas y elementos móviles. Someter cualquiera de esos componentes a carga elevada antes de que el aceite haya alcanzado su régimen normal de circulación es la fórmula más eficaz para acortar su vida útil.

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Qué hacer al arrancar y qué evitar

El protocolo correcto es sencillo y varía ligeramente según el tipo de motor. En los motores de gasolina se recomienda arrancar, esperar unos segundos y comenzar la marcha con suavidad, sin superar en ningún momento las dos mil o dos mil quinientas revoluciones por minuto hasta que el indicador de temperatura empiece a alejarse de la zona fría. 

En los motores diésel, el protocolo añade un paso previo: esperar a que el testigo de los calentadores se apague antes de arrancar. En días particularmente fríos lo mejor sería esperar y repetir el ciclo del calentamiento una o dos veces antes del arranque definitivo.

Hay un segundo error habitual que conviene desactivar simultáneamente y que muchos conductores practican convencidos de estar haciendo lo correcto: dejar el motor al ralentí durante varios minutos antes de salir, con la idea de que el vehículo "se caliente en parado". No lo hace. El calentamiento efectivo del motor ocurre en circulación, no al ralentí. Mantener el motor arrancado sin movimiento tarda más en alcanzar la temperatura óptima que si se conduce suavemente, consume más combustible sin beneficio mecánico y, en los motores diésel, favorece la formación de depósitos de hollín en el sistema de escape que a la larga afectan al catalizador y al filtro de partículas.

Un gesto sencillo con impacto acumulado

Se debe esperar unos segundos tras arrancar, salir con suavidad y respetar un régimen moderado durante los primeros minutos de circulación. En un uso urbano típico, la práctica añade quince o veinte segundos a la salida diaria del garaje. Cada segundo de esa espera, sin embargo, retrasa el reloj del envejecimiento del motor de una forma que ninguna operación de mantenimiento posterior puede igualar. Es probablemente el gesto de conducción con la mejor relación entre esfuerzo requerido y beneficio acumulado que un propietario puede incorporar a su rutina diaria sin que su vida al volante cambie en absoluto.