Crimen

El "clic" que cambió la vida de Noelia de Mingo, la doctora que cometió dos brutales ataques en su hospital y un supermercado

La historia de la Noelia de Mingo, el nuevo capítulo de 'Personas, bestias'. Mediaset Infinity
Compartir

El primer episodio del videopodcast 'Personas, bestias', dirigido por Carmen Corazzini, arranca con una escena que todavía resulta difícil de procesar. El 3 de abril de 2003, la rutina de un hospital madrileño se quebró en cuestión de minutos cuando la entonces doctora Noelia de Mingo, una médica residente de Reumatología de 31 años, recorrió los pasillos de la Fundación Jiménez Díaz armada con un cuchillo de cocina y atacó a todo aquel que se encontraba a su paso. El resultado fue devastador: tres personas asesinadas y siete heridos de diversa gravedad.

PUEDE INTERESARTE

Más de dos décadas después, el nombre de aquella exdoctora madrileña mantiene preguntas que siguen sin encontrar respuestas sencillas. A través de testimonios forenses, jurídicos, periodísticos y clínicos, el relato reconstruye no solo qué ocurrió aquel día, sino también el complejo entramado de decisiones, señales previas y consecuencias que han mantenido el caso abierto en el debate público hasta la actualidad.

El primer ataque: tres muertes en la Fundación Jiménez Díaz

La mañana del 3 de abril transcurría con normalidad en la Fundación Jiménez Díaz. Noelia de Mingo estaba cerca de acabar su turno cuando, de repente, se produjo un "clic" en su cabeza que desató una agresión múltiple, como detalla la periodista Patricia Peiró. Todo fue "preciso y rápido". No hubo discusión previa ni detonante visible. La doctora acabó a puñaladas con la vida de tres personas; Leilah El-Ouaamari, su primera víctima mortal, una médica residente que trató de salvar a otras compañeras; Félix Vallés, un hombre que visitaba a su mujer ingresada y al que remató tras cruzarse de nuevo con él; y Jacinta Gómez de la Llave, una anciana que era paciente del hospital y que recibió hasta nueve cuchilladas mientras hablaba por teléfono con su hijo.

PUEDE INTERESARTE

Noelia hirió también a otras siete personas, incluidas compañeras de trabajo. Un celador trató de detenerla con un radiador, pero ella se levantó y siguió con su "furia homicida". Solo se detuvo cuando se interpusieron en su camino varios profesionales sanitarios con un perchero. En ese momento, tiró el cuchillo y se entregó. El impacto fue inmediato por la violencia empleada y por el perfil de la agresora, una médica joven formada dentro del propio sistema sanitario. Pero ¿de dónde sacó el cuchillo? Carlos Sardinero, abogado de la acusación, llegó a pensar en un primer momento que se trataba de un plan preconcebido. La mujer compró el arma un día antes en una ferretería y la ocultó en su bata durante toda la mañana, antes de desatar el pánico.

Sin embargo, la hipótesis de la premeditación perdió peso frente a las periciales psiquiátricas. Noelia de Mingo fue diagnosticada de esquizofrenia paranoide, un trastorno mental cuya gravedad puede variar notablemente según el caso y que, en el suyo, fue calificado de “extremo”, tal y como señala la psiquiatra forense Patricia Alcaraz. Según lo constatado, la agresora no tenía conciencia de padecer la enfermedad antes del ataque. Alcaraz subraya que se desconoce la magnitud de su trastorno y recuerda que solo un porcentaje muy reducido de pacientes presenta conductas violentas: "Llama la atención que parecía que lo tenía todo pensado, pero no deja de ser una enfermedad mental". Su formación médica explicaría también la elección de zonas vitales en las agresiones. Además, respecto a la compra previa del cuchillo, aparece un matiz clínico: "Hay planificación porque los brotes no duran una hora o un día, pueden prolongarse muchos días. La persona puede aparentar normalidad y, dentro del delirio, planificar que, si vuelve a sentirse amenazada y al límite, atacará". Los expertos dejan claro que no presentaba rasgos de psicopatía.

Meses previos: señales de alarma y delirios persecutorios

Los meses anteriores al crimen fueron alarmantes. Comenzaron a aflorar conductas en Noelia que, vistas en retrospectiva, resultaban profundamente inquietantes. Compañeros de trabajo describieron un cambio progresivo en la personalidad de la joven. "Solía comer sola y no iba de cañas" en grupo. Era poco social y tímida, pero su comportamiento iba más allá. Escribía en el ordenador con la pantalla apagada, mantenía miradas fijas durante minutos que generaban miedo en otras trabajadoras o realizaba gestos extraños, como extender los pies para impedir el paso de su superior en los pasillos. Según Carlos Sardinero, un año antes del ataque "había sido tratada con un antipsicótico, Risperdal, y lo dejó porque engordaba", cuando la adherencia al tratamiento es vital. Es decir, "en su entorno se sabía que podía estar sufriendo una enfermedad de tipo paranoide", aunque puede que no a qué nivel. El personal sanitario advirtió a la dirección sobre la situación y presentó quejas, pero todas fueron omitidas.

Noelia pudo ejercer como doctora porque, aunque conociera antes su diagnóstico, el historial clínico es confidencial y existe el secreto profesional. Además, durante su formación, pudo pensar que no la contratarían si lo contaba. En cualquier caso, el cuadro delirante fue cada vez más estructurado. Uno de los episodios más llamativos fue el de los hombres vestidos con "camisas de Superman". Ella creía y sentía que la perseguían en el metro, en la calle y dentro del hospital. Según su testimonio posterior, llegó a pensar que los pacientes no eran pacientes reales, sino actores, y que adjuntos y residentes formaban parte de una escenificación montada a su alrededor. "Era como un teatro que se montaba a mi alrededor", indicó. Ir a trabajar "era como ir a actuar, como formar parte de un circo", añadió. Las voces también formaban parte del cuadro: relató que escuchaba comentarios sobre episodios íntimos de su infancia, insultos y descalificaciones constantes. La sensación de amenaza se amplió hasta incluir a los cinco miembros de su familia. Temía que los sacaran a la plaza del pueblo para quemarlos.

Su perfil fue analizado por la psicóloga forense María Paz Ruiz, autora de una de las periciales, que acudió al Hospital Gregorio Marañón de inmediato para evitar que "pudieran remitir la posible ideación delirante". Cuando la evaluó tras los hechos, observó frialdad emocional, pero no desde la ausencia de empatía, sino desde la falta de conciencia delictiva. Noelia no percibía sus actos como un crimen, sino como una reacción lógica ante una persecución que consideraba real. Según explicó, llegó incluso a acudir a comisaría antes del ataque para denunciar a compañeros porque se sentía amenazada. En ese marco mental compró el cuchillo: no como un arma homicida planificada, sino, según su relato, para defenderse o intimidar, aunque luego admitió que, llegado el momento, empezó a "clavárselo a todo el mundo".

Las víctimas conviven con secuelas

El paso de los años no ha borrado el impacto del crimen en las vidas de quienes lo sufrieron. Muchos supervivientes han convivido con secuelas físicas y psicológicas que, en muchos casos, permanecen hasta la actualidad. Algunas de las heridas graves requirieron operaciones complejas y dejaron daños permanentes, mientras que otras víctimas nunca pudieron retomar su actividad profesional, especialmente dos enfermeras que resultaron gravemente heridas.

Los familiares de las víctimas mortales también arrastran el trauma. El hijo de Jacinta Gómez de la Llave, que escuchó por teléfono cómo fallecía su madre, sigue padeciendo estrés postraumático y depresión crónica. Para ellos, cada noticia sobre permisos, informes clínicos o recuerdos del caso reactiva el dolor.

Los seres queridos de las víctimas no culparon a Noelia, asumieron que estaba enferma. No obstante, como destaca Carlos Sardinero, la memoria de quienes murieron debe permanecer en el centro del relato para evitar que se repita un caso de este tipo.

Juicio y sentencia: inimputabilidad y sistema psiquiátrico penitenciario

El juicio oral se celebró en 2006. Noelia se negó a declarar. No quiso responder ni a las preguntas de su abogado. De hecho, solicitó el permiso de la sala para no estar en el juicio y se consideró que era lo más adecuado para ella. Una vez acabado el proceso, la Audiencia Provincial de Madrid la absolvió penalmente al estimar la eximente completa de enajenación mental.

La Sección 16 dictó que era inimputable, ya que es "víctima de su propia patología". No obstante, para la psiquiatra Patricia Alcaraz hay un dato llamativo. Una vez fue consciente de lo que había pasado, nunca pidió "perdón" ni mostró arrepentimiento o habló con las familias. Esto despertó dudas sobre si, además de la enfermedad, había otro componente relacionado con su personalidad.

El tribunal acordó para Noelia una medida de seguridad de internamiento psiquiátrico con un límite máximo de 25 años, un veredicto que dejó satisfechas a las familias de las víctimas, y fue ingresada en el Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Fontcalent, en Alicante, uno de los dos únicos centros psiquiátricos penitenciarios de España. En este punto, Carmen Corazzini se muestra "indignada" con que solo existan esos centros y que estén a "rebosar", lo que puede provocar que muchos reclusos con enfermedades mentales graves estén en centros ordinarios.

Libertad antes de tiempo, en 2017, y segundo ataque en un supermercado

Tras 14 años de internamiento, los informes periciales destacaron una evolución clínica favorable. En octubre de 2017, Noelia fue puesta en libertad bajo custodia familiar, con supervisión médica y tratamiento ambulatorio, al considerarse que su esquizofrenia paranoide estaba estabilizada. La custodia quedó en manos de su madre, octogenaria, quien debía estar al corriente de la administración del tratamiento. Sin embargo, las familias de las víctimas manifestaron su preocupación por la adherencia al tratamiento y solicitaron que le aplicasen inyecciones antipsicóticas, una medida que fue aceptada para garantizar la estabilidad clínica. Aunque todo parecía bajo control, diversos expertos señalan que el riesgo nunca puede ser cero, especialmente teniendo en cuenta la extrema violencia del primer episodio, un factor que predispone a la reincidencia.

Durante los cuatro años posteriores, la vida de Noelia transcurrió de manera aparentemente normal en El Molar. Mantuvo un perfil bajo, con rutinas familiares discretas y escasa vida social. Pero todo se truncó de nuevo en septiembre de 2021.

Tras un desencuentro en un supermercado, interpretado desde su delirio persecutorio, atacó con un cuchillo a dos empleadas, causándoles heridas graves. La gravedad del episodio se acentuó porque apenas seis días antes había recibido la medicación intravenosa solicitada por las familias, diseñada precisamente para estabilizarla y prevenir brotes. A pesar de ello, se produjo la agresión, evidenciando la imprevisibilidad de los episodios psicóticos graves. Vecinos intervinieron y la grabaron, y la policía logró reducirla sin utilizar armas.

Más allá de la enfermedad

Noelia fue sentenciada a 33 años de internamiento por el ataque en el supermercado y regresó a Fontcalent, lo que la mantendría privada de libertad hasta cumplir 84 años. Teóricamente, si algún día apareciera una cura para la esquizofrenia, podría ser liberada antes, aunque hoy esa posibilidad no existe. La sentencia refleja la gravedad de sus actos y la necesidad de proteger a la sociedad.

La esquizofrenia no convierte automáticamente a quien la padece en alguien peligroso. La mayoría de las personas con este diagnóstico jamás cometen delitos. Además, el caso de Noelia introduce un matiz incómodo: la posible coexistencia entre un trastorno psicótico severo y ciertos rasgos de personalidad disfuncionales. "Se puede ser malísimo y tener además una esquizofrenia paranoide", comenta Carlos Sardinero. Cuando ambas dimensiones se entrelazan, el riesgo de violencia puede aumentar, aunque no se trata de una consecuencia inevitable ni uniforme en todos los pacientes.

El segundo ataque puso de manifiesto que la medicación periódica no tenía el mismo efecto que la que recibía a diario en un centro especializado, controlada por profesionales. Sardinero insiste en que se opondrá “siempre” a su salida en libertad, ya que considera que "el tipo de esquizofrenia y cómo le afecta es singular". "Conserva su inteligencia dentro del delirio. Eso le hace ser una persona sumamente peligrosa", concluye. El caso de Noelia de Mingo subraya la complejidad de equilibrar derechos, seguridad y cuidados, y mantiene abierto el debate sobre cómo proteger a la sociedad mientras se respetan los derechos de personas con trastornos graves.